IdIA

Manuel Curruca. Uno de los últimos de la historia viva de Andalucía. Part. 1ª

Artículo de opinión

 Parte 1ª Los primeros años de la vida de Manuel “Curruca”

 Autor: Julio Jiménez Cordobés

Me llamo Manuel Peña Conde, en mi pueblo me llaman “Manuel el Curruca”.

Nací en La Luisiana, Sevilla, una fría mañana de febrero de 1924, aunque me inscribieron en el registro civil el 9 de junio. ¡Sí, has leído bien, 1924!  Tengo 99 años.

Mi padre se llamaba Manuel Peña López, trabajaba en una fábrica de jabones que existía en el pueblo. Mi madre, Antonia Conde Sojo se encargaba de sus hijos, de nuestro hogar, también se ocupaba de limpiar en viviendas o en cortijos cercanos a La Luisiana.

Eran tiempos de hambruna, muchas bocas para tan poca comida. En innumerables ocasiones me marchaba con ella a los olivos del Molino Cullera a coger espárragos y tagarninas, me enseñó a prepararlas, las colocaba en unas bandejas de mimbres para que mis hermanas fueran de casa en casa vendiéndolas; necesitábamos ese dinero con el fin de comprar comida en la tienda de “Pepa Rodríguez”; fui su recadero, siempre entraba diciendo:

– ¿Pepa? ¡quiero una chica de vinagre y una gorda de aceite!

Éramos siete hermanos, Gracia, Carmen, María, Dolores, Rafael y mi Margarita que aún vive. Mis abuelos residían en lo que hoy es la Avda. de Andalucía (nosotros le llamamos la calle de la carretera, hace años por el centro del pueblo pasaba la Nacional IV, Sevilla, Madrid). Vivíamos muy cerca de ellos en un chozo de su propiedad en el barrio bajo del pueblo, en la calle Dr. Fleming.

 ¿Conocéis lo que era un chozo? Fue nuestro hogar durante muchos años.

De planta cuadrada estaba dividido en dos partes. Si trazamos una línea recta de lado a lado del cuadrado obtenemos dos rectángulos, el primero de ellos se dedicaba a vivienda, estaba techado. El segundo, sin cubrir, destinado a guardar los animales, cocina y baño. Le llamamos:  Corral.

Las paredes principales se levantaban desde el suelo, no había cimentación, estaban construidas de una masa de tierra mojada, paja y cal prensada con un pisón1, un muro de medio metro de anchura, una vez secas, se blanqueaban con cal.

El techo, a dos aguas con unas vigas de madera donde se colocan baretas de olivos trenzadas con palmas, las hojas del palmito (única palmera autóctona de la península Ibérica).

En su interior, se distribuían dos habitaciones situadas en la parte derecha e izquierda, dejando la zona central como comedor o sala donde convivíamos. Los tabiques de separación de los dos dormitorios estaban hechos con cañas dispuestas una encima de otras fijadas con cuerdas de pleitas2. Una vez terminadas, las cubríamos con barro y paja, para completar el proceso, se encalaban. Una cortina cosida de telas de saco hacía el papel de puerta, separando los dormitorios del salón. En su interior un catre con un colchón de saco de arpillera relleno de zayos3. En una de las habitaciones dormían mis hermanas junto con mis padres, en la otra mi hermano y yo. No teníamos sábanas, sólo el colchón y una manta para protegernos del frio. Tampoco había solerías, nuestro “Gress”, ¡la tierra! Ni ventanas, ni luz eléctrica, nos apañábamos con un candil de aceite.  

Dos portones enfrente uno del otro nos permitía el acceso a la calle y al Corral, éstos estaban realizados de maderas de las cajas del tabaco o del pescado. Debajo de estas dos puertas atravesando el comedor existía un canalillo o surco cubierto por tablas, actuaba como desagüe permitiendo que el agua de lluvia acumulada en la corraliza pudiera salir a la calle.

En el redil estaban las bestias, gallinas, cerdos, perros etc. junto a ellos un pequeño cobertizo, ¡la cocina! Utilizábamos leña, encima de ella una estrebe de hierro donde disponíamos la olla para guisar.

¿El baño? Teníamos todo el patio a nuestra disposición; hacíamos nuestras necesidades menores y mayores acompañados de nuestros animales. A mí no me gustaba ese lugar porque era poco íntimo así que recuerdo que me iba fuera. Cerca de mi hogar en lo que hoy está la gasolinera se encontraba un olivar, junto a él estaba el “Estiércol de Pepa Rodríguez”, ¡ese fue mi baño durante los primeros años de mi vida!

El aseo personal consistía en ir por varios cubos de agua a la “Fuente de los borricos4”, mi madre nos lavaba en el corral o en el salón, dependiendo de la estación del año. Teníamos un pozo, sin embargo, el agua no era buena sólo la usábamos para el ganado.

Se pasaba mucha hambre, recuerdo que un día acompañé a mi primo Antonio “El Terrible” en busca de conejos, por más que andamos no encontramos ninguno, los recursos que nos ofrecía el campo estaban agotados, todos en el pueblo estábamos igual.  ¡No hubo suerte! Se nos puso a tiro un gato enorme, mi primo lo mató con la escopeta, allí mismo le quitó la piel y la cabeza, lo llevamos para el chozo como si fuera un conejo dejándolo orear toda la noche en el corral, al día siguiente mi madre nos lo preparó con tomate. ¡No quedó nada! ¡Los huesos limpios de tanto chupetearlos! Al final del banquete, desvelamos que lo que habíamos comido con tanta voracidad fue un gato. ¡Se enfadaron, aunque ese día saciamos nuestra hambruna!

Mi madre criaba unos lechones en el redil, eran pequeños, todavía lactantes pero no teníamos leche de ningún tipo así que los sacó adelante con las ubres de una de nuestras perras recién parida. Cuando crecieron se vendieron para la tienda de Pepa Rodríguez.

¡La gente del pueblo empezó a comentar que esos cochinos estaban malos porque habían sido amamantados con leche de perra!

Era el tiempo de la segunda república. Recuerdo que iba a la escuela situada en la segunda planta de la “Casa del Pueblo”, donde ahora está la Casa de la Cultura en la actual Plaza Pablo de Olavide; el maestro se llamaba “Juan el Tonto la Mora”, no estaba titulado, pero si fue una persona instruida del pueblo. Para aprender no faltaba de nada, teníamos tinta, libros, papel para escribir. El maestro nos daba descansos para jugar en la plazoleta o para ir a orinar, ¡lo hacíamos en la misma plaza!, algunas veces si veíamos que disponíamos de tiempo suficiente nos marchábamos a la fábrica de anís que estaba en el domicilio de Juanito Parra muy cerca de los baños romanos, en la alberca donde echaban los desechos de fabricación nos aliviábamos.

En una de esas ocasiones me oriné en los pantalones, al volver a la escuela el maestro me dice:                    

– ¿Manuel? ¡Te has meado en tu compañero “Juan Patas”.  Con cara de asustado le comento: 

– ¿Quién yo?, ¡No maestro! ¡No he sido yo!

Juan “el Tonto la Mora” mira a mi amigo, éste le hace el gesto de mover la cabeza diciendo que sí. ¡No sé lo que me entró! ¡Estaba mintiendo! ¡Me castigó!

Me hizo poner en dos bolsas de pleitas, garbanzos en una y trigo en la otra, me postré colocando bajo cada rodilla una de ellas. El dolor al clavarme los garbanzos era tremendo, intentaba apoyar todo mi cuerpo donde tenía el trigo, ¡me hacía menos daño! Aguanté una media hora, cuando me levanté mis articulaciones tenían marcadas el contenido de las pleitas. ¡¡¡Uffff que dolor, no se me olvida!!! Al llegar a casa, mi padre al ver las marcas me preguntó, al contarle lo sucedido ¡me volvió a castigar!

Cuando regresé al colegio, en el momento que tuve oportunidad, al salir de clase le pegué un guantazo al “Juan Pata” seguida de una buena paliza por mentir. Volví a jugármela, esta vez fue a la salida de la escuela así que me libré del segundo arresto.

Estuve en el Colegio hasta los 6/7 años, justo antes de marcharme al Molino de Cullera.

Vocabulario:

1.- Pisón: herramienta de madera que sirve para apretar la tierra, piedras etc.

2.- Pleita: tira o faja de esparto trenzado, usada para la fabricación de artesanías como sombreros, cinturones, cestos y esteras.

3.- Zayos: hojas de la mazorca de maíz.

4.- Fuente de los borricos: situada al lado de los “Baños Romanos” con los que compartía el mismo manantial de aguas, debe su nombre a su uso como abrevadero.

Julio Jiménez Cordobés. Febrero 2024. La Luisiana. Sevilla.