Comunicado de la Fundación Blas Infante


La Fundación Blas Infante, ante los insultos y despropósitos que están siendo vertidos estos días en medios de prensa y redes sociales contra quien ostenta el título de “Padre de la Patria Andaluza” –como figura en el preámbulo del vigente Estatuto de Autonomía-, considera un deber salir al paso de estos desmanes y de algunas informaciones publicadas sobre el acto de homenaje a su memoria celebrado el pasado día 10 en el lugar de su asesinato, al cumplirse el 83 aniversario de este. Sin pretender entrar en polémica alguna, la Fundación quiere comunicar a las andaluzas y andaluces lo siguiente:


1º) Que reflejan una bajeza moral incalificable los adjetivos con los que ciertos personajes de la ultraderecha, algunos de ellos en puestos institucionales, están intentando descalificar la figura de quien durante toda su vida luchó por medios democráticos y pacíficos por activar la conciencia del pueblo andaluz y conseguir que este “se redimiera por sí mismo”, La ignorancia, sobre la vida y el pensamiento de Infante y el odio hacia lo que él simboliza -Andalucía como Pueblo- se traducen en
exabruptos que no merecerían consideración alguna si no fuera por la publicidad mediática que se les está dando. Nos indigna, aunque no nos sorprende, que quienes se sienten herederos político-ideológicos de quienes asesinaron a don Blas y dictaron condena contra él cuatro años después de su asesinato quieran enterrar el pensamiento de este –cuando su cuerpo aun no ha sido desenterrado- mediante la mentira, el desprecio y las descalificaciones sobre su vida y su obra.


2º) Como todos los años, el 10 de agosto, la Fundación convocó un acto público, abierto, plural, no partidista ni sujeto al control de ninguna institución, para homenajear a Infante en el lugar de su asesinato. Se realizó la invitación a participar en la ofrenda floral a un abanico muy amplio de organizaciones sociales, culturales y políticas, excluidas, lógicamente, las declaradamente ultraderechistas. Más de cincuenta entidades estuvieron presentes y otras enviaron mensajes de adhesión. Las intervenciones corrieron a cargo de tres miembros del patronato de la propia Fundación, ninguno de los cuales pertenece a partido político alguno, los cuales subrayaron la vigencia de lo esencial del pensamiento blasinfantiano y recordaron también a dos andaluces del mundo de la cultura recientemente fallecidos: Salvador Távora y Juan Carlos Aragón.
Hemos de lamentar que en no pocas “informaciones” sobre el acto parecería que este hubiera sido protagonizado por partidos políticos cuando los que acudieron se limitaron –como no podía ser de otra manera- a depositar un ramo de flores, sin intervención alguna en otras secuencias del acto.


3º) La Fundación Blas Infante quiere reiterar su firme compromiso con sus
objetivos estatutarios, que son velar por la difusión y profundización en el pensamiento de Blas Infante y en la evolución del andalucismo, así como promover el estudio de la cultura y la sociedad andaluzas y de la solución de sus problemas, en todas sus dimensiones. Y ello desde la independencia respecto a partidos e instituciones aunque siempre abiertos a las colaboraciones que puedan facilitar el cumplimiento de sus fines.


Andalucía, 14 de agosto de 2019.
Contacto: Javier Delmás Infante, Vicepresidente Fundación Blas
Infante

Manifiesto leído en el acto en memoria del asesinato de Blas Infante. 2019

 

Ya llegan los recuerdos de una tarde,
los cuatros rumbos y gritos de un fusil cobarde
Llegan camino de Sevilla a Carmona
en una madrugada cargada de angustias,
con un cansancio de polvo asfixiante,
un sol que arde en los caminos,
y que cuando se va ocultando tras el monte
parece que arde
y arden los ríos, los ríos de mi sangre
y que sabe nadie y que sabe nadie…

En la fragua, las chicharras machacan sobre el yunque su cante
y van rompiendo pedazos de la tarde
y salpican cantos puntiagudos de carne
y yo aquí quieto y exhausto en una madrugada
que tomó un rumbo cobarde,
quieto pero lleno de blanco
quieto con mi puño en verde
quieto sobre mi sombra y con las alas de quien sabe nadie,
con los brazos extendidos,
el puño de mazo, el pecho desnudo
y las venas abiertas al aire.

 

Llegan los recuerdos con los cuatro rumbos de la tarde,
salpicando lágrimas, sobre el mar,
el monte y el valle.
¡Viva Andalucía Libre!
y asesinaron a Blas Infante.

Antonio Llamas (Poeta, Priego de Córdoba)

Hermanas y hermanos andaluces:

Aquí asesinaron a Blas Infante. Justo debajo de vuestros pies, declarado lugar de la memoria democrática de Andalucía por acuerdo del Consejo de Gobierno de 30 de diciembre de 2011. Aquí asesinaron a Blas Infante. Reconocido por unanimidad como Presidente de Honor del Parlamento de Andalucía en el pleno celebrado el 12 de mayo de 2010. Aquí asesinaron a Blas Infante. A quien todos los grupos parlamentarios declararon Padre de la Patria Andaluza el 14 de abril de 1983, y así consta en el preámbulo de nuestro Estatuto de autonomía, aprobado por el Parlamento de Andalucía, las Cortes Generales y refrendado por el pueblo andaluz. Aquí asesinaron a Blas Infante. A quien debemos nuestro himno, nuestro escudo, nuestro lema, y nuestra bandera que ondea en todas las instituciones públicas de Andalucía. Aquí asesinaron a Blas Infante. Hace 83 años.

Pero sus huesos no están aquí, ni enterrados con la dignidad que todo ser humano merece. Quizá se hallen en la fosa común de Pico Reja en Sevilla, junto con los de miles de víctimas de la represión franquista, cuya exhumación será posible gracias a una tardía, insuficiente pero necesaria ley de memoria democrática, aprobada sin oposición de ningún grupo político en el Parlamento de Andalucía. Mientras en el panteón de París descansan las personas más ilustres de Francia, Blas Infante, García Lorca y tantos otros hombres y mujeres de luz lo hacen en las cunetas más oscuras de Andalucía. Aquí asesinaron a Blas Infante. Y todavía seguimos esperando que se restituya su honor y se declare nula la sentencia infame que lo condenó a muerte el 4 de mayo de 1940, dictada por el Tribunal de Responsabilidades Políticas, cuatro años después de su asesinato.

Porque nos duele que cortaran las alas a un hombre bueno e inocente que abría las jaulas para liberar a los pájaros, desde la Fundación Blas Infante, exigimos que este acto en su memoria, ciudadano, plural, abierto y sobrio, no tenga más protocolo que la libertad y el respeto hacia sus familiares presentes y no presentes (en especial, su hija y presidenta de nuestra Fundación, María de los Ángeles Infante y a nuestro Vicepresidente de Honor, Pedro Ruiz-Berdejo), así como hacia los familiares de quienes fueron asesinados junto a él en este mismo sitio. No podemos pedir respeto intelectual hacia quienes, desde su fundamentalismo ignorante, desprecian a Blas Infante, al pueblo andaluz, a nuestras instituciones y a nuestras normas fundamentales. Pero sí que os rogamos silencio e indiferencia para no caer en su provocación insolente. No es el lugar ni el día. No es su lugar ni su día. Pero sí son los nuestros.

Porque hoy y aquí, como llevamos haciendo más de 30 años, reivindicaremos su legado y su actitud vital como el más luminoso y vanguardista de sus manifiestos. Volveremos a pedir paz y esperanza. Tierra y libertad. Todas ellas con nombre de mujer. Como Andalucía. Y lo firmaremos con flores al pie de la metáfora en bronce que mejor define a Blas Infante y su ideal: un hombre pájaro, con los pies arraigados en su tierra andaluza, y la mirada clavada en el cielo sin fronteras ni alambradas.

Quien deposite un ramo de flores también suscribe la conmemoración del centenario de tres hechos ocurridos en Córdoba, con Blas Infante como protagonista, determinantes en el devenir de nuestra historia social y política: el Manifiesto de la Nacionalidad que hoy forma parte de nuestro Estatuto y que nos reconoce como “realidad nacional”; la manifestación obrera que abarrotó las calles cordobesas presidida por primera vez con el lema “Viva Andalucía Libre”; y la Asamblea de Córdoba que dio carta de naturaleza a nuestra bandera y lema aprobados en Ronda, y marcó las directrices de los futuros proyectos estatutarios y reivindicaciones sociales y políticas para Andalucía: “ejército de maestros y profesores, de médicos e higienistas, la independencia civil y social de la mujer, el laicismo como garantía de la libertad de creencias y no creencias, una revolución agraria para acabar con el hambre, y todo ello desde la facultad de constituir Andalucía en Democracia Autónoma en aras de una República federal frente a la insolidaridad del centralismo”. Eso es lo que conmemoramos esta mañana: que su asesinato no fue capaz de asesinar su ideal para Andalucía. Y que se contiene en tres palabras: Viva Andalucía Libre.

¡Viva Andalucía libre!

Antonio Manuel, Patrono de la Fundación.

LAS AVENTURAS DE TELÉMACO. LIBRO VIII. (Pág. 206… final capítulo)

Las ideas de libertad, igualdad y fraternidad, íntimamente asociadas a la Revolución Francesa, aparecen por vez primera en el Libro VIII de Las Aventuras de Telémaco (1699) de  François Fénelon, obra que se inscribe en el género de literatura política crítica hacia el absolutismo en la etapa final del reinado de Luis XIV. Fenelón sitúa el origen de esos términos en nuestro pueblo Andalúz:

                       “LAS AVENTURAS DE TELEMACO. LIBRO VIII. (1699)

                                        Autor.-   François Fenelón

Empezó así: (Pág. 206 al final libro VIII).

Atraviesa el río Betis un país fértil, bajo un cielo siempre apacible, sereno siempre; y el país mismo ha tomado el nombre del río, que desemboca en el Océano, muy cerca de las columnas de Hércules, y de aquella parte en donde, rompiendo sus diques el furioso mar, separó en otro tiempo la tierra de Tarsis de la grande África. En la Bética, pues, parecen haberse conservado las delicias del siglo de oro.

 Los inviernos son allí templados, y los rigurosos aquilones desconocidos. Los ardores del estío se mitigan con los frescos céfiros, que en lo más caluroso del día vienen a suavizar el aire: de modo que todo el año se compone de solas dos estaciones, que al parecer se están dando la mano, esto es, la primavera y el otoño. Las vegas y los valles producen cada año duplicada cosecha. Los caminos son verdaderas calles de jazmines, laureles, granados, y otros árboles siempre verdes, siempre floridos. Las montañas están cubiertas de rebaños cuyas finísimas lanas son tan buscadas de todas las naciones conocidas. Abunda este país en minas de oro y plata; pero los habitantes sencillos, y felices en su sencillez, no se dignan de incluir la plata ni el oro en el número de sus riquezas, sólo aprecian lo que verdaderamente sirve a las necesidades del hombre. Cuando empezamos a comerciar con ellos, vimos, no sin admiración, que hacían el mismo uso del oro y de la plata que del hierro: empleábanle hasta en las rejas de los arados. Como no hacían ningún comercio exterior no necesitaban de moneda alguna: casi todos son pastores o labradores, y hay pocos artesanos, porque no permiten más artes que las realmente necesarias. Además, aunque la mayor parte de los hombres se dedican a la agricultura, o a la cría de ganados, no dejan por eso de ejercer las artes necesarias a su vida sencilla y frugal. Las mujeres hilan aquella bellísima lana, y hacen de ella paños finos de extraordinaria blancura; amasan el pan, y componen la comida; pero esto les es fácil, porque allí más se vive de frutas y de leches que de carnes. Sírvense de las pieles de los carneros para calzarse a sí, a sus maridos y a sus hijos, empléanse además en hacer tiendas de pieles enceradas y de corteza de árboles; en hacer y lavar la ropa de la familia, y tener las casas en un orden y con una admirable limpieza. Sus vestidos son fáciles de hacer, porque en un país tan templado basta para la decencia una tela fina y ligera, que acomodan a su talle en largos pliegues, dándole cada una el corte y forma que más le agrada. Las artes que allí se conocen, si se exceptúa la agricultura y la pastoría, quedan reducidas a labrar la madera y el hierro; y aun de éste apenas se sirven mas que para hacer los instrumentos indispensables a las labores del campo. Todas las artes que tienen por objeto la arquitectura les son inútiles, porque nunca construyen casa alguna: según ellos es demasiado apegarse a la tierra hacer una habitación que dure más que su dueño; y por eso se contentan con la que baste a defenderlos de las intemperies.

 Las otras artes que tan estimadas son de los Griegos, de los Egipcios, y de las demás naciones cultas, las detestan como invenciones de la vanidad y de la molicie. Cuando se les habla de los pueblos que poseen el arte de construir soberbios edificios, mubles de oro y plata, telas guarnecidas de bordados y de preciosas pedrerías; exquisitos perfumes, delicados manjares, e instrumentos que encantan con su armonía, contestan así ¡Harto infelices son en haber empleado tanto trabajo e industria en corromperse! Lo superfluo afemina, embriaga y atormenta a los que lo tienen; provoca a los que de ello carecen a que lo adquieran aunque sea con violencia e injusticia. ¿ Y podrá darse el nombre de bienes a una superfluidad que sólo produce males? ¿Los habitantes de esos países son por ventura más sanos y robustos que nosotros? viven más largo tiempo? ¿están mas unidos entre sí? ¿tienen una vida mas libre, mas tranquila, ni mas alegre? Antes por el contrario deben estar celosos unos de otros, corroídos de vil y negra envidia, siempre agitados de la ambición, del miedo y de la avaricia, incapaces de gozar de los placeres puros e inocentes, viles esclavos de tantas falsas necesidades de las cuales hacen depender su felicidad.

Así hablan continuó Adoam, esos hombres a quienes ha hecho tan cuerdos el solo estudio de la sencilla naturaleza: miran con horror nuestra civilización; y es preciso convenir en que es muy grande la suya en su amable sencillez. Todos viven juntos sin repartir las tierras; y cada familia esta gobernada por su jefe, que es de ella verdadero rey. El padre de familias tiene derecho de castigar las malas acciones de sus hijos o nietos; mas antes de imponer el castigo, toma el dictamen del resto de la familia. Es verdad que allí son muy raros tales castigos, porque la inocencia de costumbres, la buena fe, la obediencia y el horror al vicio habitan en aquella afortunada tierra.

 No parece sino que Astrea, que dicen se retiró al cielo, sin duda porque en ninguna parte se la halla, vive oculta entre aquellos hombres. Ellos no necesitan jueces, porque su propia conciencia los juzga. Todos los bienes son comunes; y las frutas, las legumbres y la leche son riquezas tan abundantes que unos pueblos tan sobrios y moderados no necesitan dividirlas. Cuando una familia ha consumido los frutos y los pastos del paraje en que se ha establecido, se muda con sus tiendas a otro: así es como no teniendo interés que sostener unos contra otros, se aman con un amor puro, fraternal, inalterable; y esta paz, esta unión, esta libertad se deben a la privación de las vanas riquezas y de los engañosos placeres todos son libres, iguales todos.

No se nota entre ellos más distinción que la procedente de la experiencia de los sabios ancianos, o de la extraordinaria sabiduría de algunos jóvenes que se igualan a los ancianos más consumados en la virtud. En una tierra tan favorecida de los dioses jamás se oye la cruel y pestilente voz del fraude, la violencia, el perjurio, los procesos, ni las guerras; jamás se vio teñida de sangre humana, y muy pocas veces de la de los animales.

Cuando se les habla de las sangrientas batallas, de las rápidas conquistas, de las ruinas de los estados que se ven en otras naciones, apenas saben como explicar su admiración. ¡Qué, dicen absortos, no son por naturaleza bastante perecederos los hombres, sin que los unos anticipen la muerte a los otros, les parece demasiado larga una vida tan corta, o viven sólo para despedazarse mutuamente, y mutuamente hacerse infelices!

 Tampoco comprenden por que se admira tanto a los conquistadores que subyugan los grandes imperios. ¡Que locura! ¡Hacer consistir su felicidad en gobernar a otros hombres, cuyo gobierno, si ha de ser según las leyes de la razón y de la justicia, cuesta tantos cuidados y fatigas! Mas ¿quien gusta de gobernarlos a su pesar, cuando es el mayor esfuerzo de la sabiduría y de la virtud de un hombre sujetarse a gobernar un pueblo dócil que los dioses pongan a su cuidado, o un pueblo que le ruega le sirva de padre y de pastor?

 Gobernar a los pueblos contra su voluntad, es hacerse miserable por gozar la aparente gloria de tenerlos esclavos. Un conquistador es un hombre que los dioses, irritados contra el género humano, lanzan su cólera a la tierra para destruir reinos, difundir por todas partes el espanto, la Miseria y la desesperación, y hacer tantos esclavos como hombres libres hay.

El que busca la gloria, ¿no encuentra la más sólida en gobernar dignamente el pueblo que los dioses han puesto a su cuidado? ¿o cree no ser digno de elogio sino haciéndose violento, injusto, altivo usurpador y tirano de sus vecinos? Nunca es lícita la guerra sino en defensa de la libertad. ¡Dichoso aquel que, no siendo esclavo de nadie, no tiene la necia ambición de esclavizar a nadie! Esos grandes conquistadores que tan gloriosos nos representan, son semejantes a los ríos que, saliendo de madre parecen tan majestuosos, pero que inundan, arrollan y destruyen las fértiles campiñas que debían sólo regar.

Encantado Telémaco de las costumbres de la Bética que tan bien acababa de describir Adoam, le hizo varias preguntas curiosas. Fue la primera, si bebían vino sus habitantes. Ni lo beben, ni lo han bebido nunca, le respondió Adoam no porque les falten uvas, que en ninguna parte se crían más dulces, sino porque se las comen como las demás frutas, temiendo al vino como a un corruptor de los hombres. Éste, dicen, es un veneno que pone al hombre furioso, y si bien no le mata, le embrutece. Sin su uso pueden conservarse la salud y las fuerzas, y usando de él, se está muy a pique de arruinar la salud y las buenas costumbres.

Quisiera saber, siguió Telémaco preguntando que leyes siguen en sus matrimonios. A nadie, le respondió Adoam, se le permite más de una mujer, que se obliga conservar mientras le dure la vida. Allí tanto depende el honor de los hombres de su fidelidad respecto de las mujeres, como en otras naciones depende el honor de las mujeres de ser fieles a sus maridos. Jamás hubo pueblo tan honesto ni tan celoso de la pureza. Las mujeres son hermosas y agraciadas, pero sencillas, modestas y laboriosas. Los consorcios son pacíficos, fecundos, e inmaculados; una alma sola parece que anima ambos cuerpos: reparten entre sí los cuidados domésticos; encargase el marido de los de los de fuera y la mujer cuida de los de la casa, alivia a su marido, y parece que sólo ha nacido para agradarle; merece su confianza, y le embelesa menos con su hermosura que con su virtud; haciendo que dure tanto el contento de su unión como la vida, que siempre es allí larga a beneficio de la sobriedad, la moderación y las costumbres puras, que les precaven de enfermedades. Vense ancianos de ciento y de ciento y veinte años que todavía respiran alegría y vigor.

 Réstame aún saber, añadió Telémaco, de que modo evitan la guerra con sus vecinos. La naturaleza, respondió Adoam, les ha separado de los otros pueblos, por una parte con el mar, y por la otra con altas montañas. Además, las otras naciones les respetan a causa de su virtud. Muchas veces, cuando ellas no se convienen en sus diferencias, les eligen por árbitros, y les confían las tierras y las ciudades, cuya posesión disputan: y, como jamás han hecho violencia nadie, nadie desconfía de ellos. Ríense cuando se les habla de aquellos reyes que no pueden arreglar entre sí los límites de sus estados. ¿Temen por ventura, dicen, que falte tierra a los hombres? Siempre tendrán de sobra más de la que puedan cultivar. Mientras hubiese en el mundo tierras libres e incultas, no defenderíamos nosotros las nuestras contra cualquiera que viniese a ocuparlas. No tiene la Bética orgullo, altanería, mala fe, ni codicia en extender su dominio; y por consiguiente, como ni sus vecinos tienen que temer de ella, ni ellos tienen para que hacerse temer, la dejan vivir en paz y tranquilidad.

Es este un pueblo que abandonaría su país y se entregaría a la muerte antes que rendirse a la esclavitud: tan difícil es subyugarle, como que él piense en subyugar; y este sistema es el que constituye una paz inalterable entre él y sus vecinos. Concluyó Adoam refiriendo el modo con que hacían los Fenicios su comercio en la Bética. Admiráronse, dijo, estos pueblos al vernos venir de tan lejos atravesando mares dejáronnos fundar una ciudad en la isla de Gades, nos recibieron con la mayor bondad, y aún nos dieron generosamente parte de cuanto tenían. Ofreciéronnos además todas las lanas que les sobrasen, después que habrían acopiado las necesarias para su uso; y con efecto nos hicieron de ellas un rico presente, porque es mucho el placer que tienen en dar a los extranjeros lo que les sobra.

 Sus minas, nos las cedieron sin dificultad, porque a ellos les eran inútiles. Parecíales poco cuerdo que los hombres, por entre tantos trabajo, fuesen desde tan lejos a buscar en las entrañas de la tierra lo que ni puede hacerles felices, ni satisfacer ninguna de sus verdaderas necesidades. No cavéis, nos decían, tan profundamente la tierra, contentaos con labrarla, y ella os dará verdaderos bienes que os alimenten; de ella sacaréis frutos que valen mas que el oro y la plata, pues que el hombre no busca estos metales mas que para comprar con ellos los alimentos que sustentan la vida.

Muchas veces quisimos enseñarles el arte de la navegación, y llevar algunos jóvenes a Fenicia; pero jamás permitieron que sus hijos aprendiesen a vivir como nosotros. Así fuera, nos decían, como se acostumbrarían a tener por precisas esas cosas que ya se os han hecho necesarias: quisieran adquirirlas; y si no hubiera otro medio de obtenerlas, a despecho de la virtud, se valdrían de la violencia. Vendrían a ser como el que, teniendo buenas las piernas, por no andar ha perdido el uso de ellas, y tiene en fin que acostumbrarse a la necesidad de que otro le lleve como a un enfermo. Miran la navegación como un arte admirable por su ingenio; sin embargo le miran como pernicioso. Si estas gentes, dicen, tienen en su tierra con abundancia lo que es necesario para la vida, ¿qué van a buscar en las extrañas? ¿Acaso lo que basta a satisfacer las verdaderas necesidades no les es a ellos suficiente? En verdad que merecen naufragar los que así exponen la vida a rigor de las borrascas por saciar la codicia de los traficantes, y lisonjear las pasiones de los demás hombres.

Fuera de sí Telémaco del regocijo que le causaba la noticia de que aun hubiese en el mundo una nación que, gobernada por las leyes de la sencilla naturaleza, fuese a un mismo tiempo tan sabia y tan dichosa, exclamó: ¡Oh! ¡cuánto se asemejan sus costumbres de las de los pueblos que tenemos por los más sabios! Estamos tan viciados, que apenas podemos persuadirnos que subsista una sencillez tan natural. Nosotros miramos las costumbres de ese pueblo como una hermosa fábula, y él debe mirar las nuestras como un sueño monstruoso.

¿Por qué la fiesta de la Toma de Granada es una fabulación histórica?

-He utilizado el concepto del historiador social británico Eric Hobsbawm de invención de la tradición. Esto no es exclusivo del 2 de enero en Granada, es bastante general que desde los poderes políticos establecidos se inventen tradiciones. Se toma la excusa de algún hecho histórico para cargarlo de significados que no son reales, no con el objetivo de legitimar lo que ocurrió, sino para legitimar el presente.

La fiesta del 2 de enero en Granada parte de la idea de que aquí en esa fecha se terminó aquello que denominan Reconquista, como el final de un enorme paréntesis, en que la Península Ibérica estuvo ocupada por extranjeros. Y se dice a su vez que ello significó que se volviera a la unidad de España.

Bueno, esto es un montón de falsedades. En realidad fue una conquista del final del Medievo, la incorporación de Granada a un reino concreto, Castilla, porque España no existía. Y claro, la lectura que se hace es una lectura inadecuada, porque se relaciona el 2 de enero con el 12 de octubre. Digamos, es una especie de celebración orgásmica del nacionalismo del Estado español.

Supuestamente Isabel y Fernando eran los Reyes de España, de Aragón uno y de Castilla la otra, como si ya estuvieran unidos, pero eso es una mentira. Cuando muere la reina Isabel, Fernando se vuelve a su estado de Aragón y solamente durante una pequeña época es regente.

No es verdad que hubiera ninguna unificación. No es verdad que con la conquista de Granada se unificara todo. Y después, por otra parte, hay una falsedad histórica en el sentido de considerar que con la entrada de las tropas castellanas en la ciudad se borró toda una cultura. Esto no es cierto.

Hubo una expulsión y pocos años después se violaron las condiciones de la rendición, las llamadas Capitulaciones, en las que a cambio de la incorporación política del Reino Nazarí a Castilla, se garantizaban las propiedades, la lengua, las costumbres y la religión de los granadinos. Y eso se violó.

Fue un proceso de etnocidio histórico que en gran medida presagió lo que los europeos hicieron en el Continente americano después. Pero Al-Ándalus no acabó y sigue siendo un componente fundamental de la identidad andaluza.

Fuente:  El independiente de Granada.

Artículo:  «La Toma, tal y como está concebida es una bufonada y una falsificación histórica»

Entrevista a D. Isidoro Moreno.

Granada, 5 enero 2018.

Isidoro Moreno.

ORIGEN DEL TÉRMINO  “AL- ANDALUS”

 

          Descubrir la etimología de un nombre, tiene más valor que el de ayudarnos a conocer su origen. Y el no despreciable de descubrir claves fundamentales sobre el lugar a que se refiere, en el caso que nos ocupa. Varias teorías intentan explicar la palabra al Andalus, que da origen al actual nombre de Andalucía, pese a lo cual se le aplica un erróneo origen vándalo.  Aunque se preste a la formación gramatical “Vandalucía”, no puede proceder de ahí por el escaso tiempo que este grupo étnico estuvo en nuestra tierra y porque su nulo nivel intelectual imposibilitaría la adopción de ningún nombre propio.

            La “teoría germánica” defiende un origen visigodo –el más peregrino- procedente de la voz “Landahlauts”. Vendría a significar una supuesta adjudicación del territorio a los godos por sorteo. Los godos –que, por cierto, no eran germánicos, sino nórdicos- no recibieron por sorteo ninguna tierra. El imperio les instaló en la Narbonense, con el compromiso de defenderles de los ataques de los francos y otros pueblos germánicos. Sin embargo, empujados por estos, acabaron por entrar en la península ibérica, que dominaron, pero al cabo de casi trescientos años. La última zona conquistada fue la actual Andalucía, que sólo poseyeron treinta y nueve años. Contradictorio con la asignación de la provincia bética.

            El territorio que hoy ocupa Andalucía, de límites similares a los que tuvo la provincia Bética y, antes que ella, el reino o ciudades-estado de Tartessos, tuvo siempre un interés especial para los griegos. Gracias a ellos podemos saber muchos detalles de nuestra historia. Pero los griegos fueron muy aficionados a dramatizar, novelar sus relatos, que, salvo Heródoto, tienen más forma de teatro que de crónica.

            Por ellos conocemos la existencia de leyes tartesias y del recorrido de sus barcos, entre otros del máximo interés. Y por ellos se conoce, también, la unción de Andalucía con el agua. Tanto, que el llamado por los griegos  “país de occidente”, también es conocido como “Lugar del agua”. En el idioma local de entonces es el significado de la raíz “Atl”, de donde procede la voz “Atlántida”. La raíz Talt –de donde procede el nombre de Tartessos- es una deformación fonética de la primera. En sus diálogos, Platón da referencias sobre el “País de Occidente”, por boca de Critias. Sin embargo, la infructuosa e innecesaria búsqueda de un “continente perdido” en el Océano, ha retrasado considerablemente el conocimiento de esta realidad. Porque es el océano atlántico el que recibe el nombre por suponerse que en él estuvo la Atlántida, y no al revés.

            Cuando se produce la caída del reino visigodo, con la destrucción de su ejército ante la laguna de La Janda, y  se instaura un nuevo orden, más acorde con la mentalidad y la cultura del pueblo tartesio-bético, los nuevos dirigentes hispano-árabes, no se dedican a hacer “tabla rasa”, sino que, por el contrario, adoptan los nombres antiguos sólo actualizados, consecuencia lógica del idioma y de su evolución natural. Así, “al Andalus” no viene a ser más que una actualización de la voz anterior, dado que la raíz fonética And, tiene el mismo significado que las anteriores Atl y Talt: Lugar del Agua. Durante el período andalusí, las distintas zonas del reino reciben nombres propios del lugar, a los que se antepone el artículo árabe; por ejemplo: al Musata  (La Meseta), al Garb (El Algarbe), ó al Xarq, (Levante).

            Como queda demostrado, la única teoría que resiste un análisis, la única que no parece una teoría, sino una realidad tangible, es la que, desde la “reforma” andalusí, nos emparenta con Grecia. Una similitud, un entendimiento que ha sido una constante durante toda la historia antigua y media, hasta el punto que un historiador belga, Jacques Pirenne, afirma que, durante toda la Edad Media:

                                   “Sólo quedan dos focos de cultura en Europa:

                                   Uno es Bizancio.

                                   El otro al Andalus

 

Rafael Sanmartín.

Negar Andalucía

Cuando el profesor Juan de Mata Carriazo tuvo en sus manos el recién descubierto tesoro hallado en el cerro de El Carambolo, exclamó: “un tesoro digno de Argantonio”. Argantonio y su fabuloso reino de los diez reinos no acababa de nacer allí; aquello confirmaba una existencia conocida y unas costumbres, una forma de vivir. Si el catetismo depredador del Ayuntamiento de Sevilla, bajo el mando del nefasto Monteseirín, arropado en el pacto con I.U., no hubiera destruido los restos de la cimentación y arranque de estructura de un amplio espacio de población tartesia, tendríamos una muestra descriptiva y pedagógica de aquel pueblo y otra prueba de su existencia. Pero aquí la arqueología actuó sin escrúpulos, al servicio de la opción política más inculta.

            ¿O se deshizo la prueba para poder negar el hecho?

            La arqueología es ciencia complementaria de la historia, por más que muchos arqueólogos pretendan erigirse en determinantes de la historia. El arqueólogo es notario y el notario se limita a levantar acta, pero no crea el hecho, simplemente porque el hecho no se puede crear. Las cosas son, independientemente del momento en que puedan ser confirmadas.

            Negar naturaleza a los hechos históricos cuando no están respaldados por un hallazgo arqueológico, sería como negar la existencia de una persona nacida antes del matrimonio de sus padres.

            Negar la existencia de un dato histórico o de una población o civilización, simplemente “porque la arqueología no lo ha confirmado”, es un absurdo despropósito absolutamente acientífico. Por esa regla debería dudarse de la existencia del reino visigodo, de las invasiones mogoles, y de mil hechos más.

            Peor es interpretar los restos arqueológicos según cánones previamente elaborados.

            La arqueología es importantísima, tremendamente útil, en tanto sus descubrimientos confirman, amplían, aportan nuevos datos. Pero el hecho histórico ya existía, con y sin la confirmación arqueológica. Cuando Schulten descubrió la ciudad de Troya, confirmó que Troya había existido, pero no la creó su descubrimiento. Si no hubiera existido no habría podido hallarse.

            Sin embargo en el caso de Andalucía una determinada clase de historiadores y arqueólogos niegan partes importantes de nuestro pasado, basándose en la falta de pruebas arqueológicas. Un comportamiento dual mezquino, pues sólo se da en nuestro caso.

            ¿Cual será el móvil de tamaña manipulación?

            En el caso de Andalucía cada cierto tiempo, de forma cíclica y obstinada, algún arqueólogo ansioso de titulares, niega la existencia de Tartessos y aplica las ciudades, las costumbres, el trabajo, los dioses y los restos arqueológicos a los fenicios. Los mantenedores de la versión histórica oficialista mantienen el mismo débil argumento: “la supuesta falta de restos arqueológicos demuestran la inexistencia de Tartessos”. Aunque, para que falten, se niegan cuando aparecen. Así el tesoro de El Carambolo entra en la megalómana chistera, para salir fenicio.

            La importancia de El Carambolo superó incluso la deducción  de Mata Carriazo: hasta 1958 había varios yacimientos arqueológicos de difícil catalogación: no había dónde, en qué grupo humano o civilización encuadrar, entre otros, Cabezo de San Pedro, Cancho Roano, Carmona, Cerro de San Juan, Colina de los Quemados, El Gandul, La Joya, Mesas de Asta, Munigua, o ya, algo más lejos, Prosérpina -en las inmediaciones de Azuaga- La Aliseda -cerca de Cáceres- de tanto valor como el de El Carambolo; o el de Alcárcel do Sal, en la actual Portugal. El descubrimiento del Tiro de Pichón sevillano permitió dar hilación a estos otros, se constató la relación entre todos ellos y se pudo deducir un origen común.

            Buscar ahora la “orientalización” del tesoro andaluz, es un desatino, o, mucho más grave aún, una gravísima manipulación histórica. Andalucía tiene rasgos orientales, por supuesto; y en Oriente hay rasgos andaluces. Quizá los fenicios tengan algo que ver con esto. Quizá. Por algo se les ha llamado “buhoneros del Mediterráneo”. No eran colonizadores como los griegos; de sus asentamientos, escasos y espaciados, sólo destaca Gadir. Los demás nunca perdieron el apelativo de factorías. En sus recorridos comerciales ponían en contacto ambos extremos del Mediterráneo. Encontrar en Andalucía un objeto hitita o uno andaluz en Asia Menor, no tendría mayor trascendencia, porque podía haber sido llevado de un sitio a otro. Simplemente.

Rafael Sanmartín.

Territorios y Pueblos

De forma recurrente, en las palabras de la mayoría de los políticos y en casi todos los debates en prensa, radio y televisión, se habla a favor o, sobre todo, en contra de los derechos de los territorios, contraponiendo la defensa de estas a la defensa de la igualdad de derechos de las personas. Se trata de una trampa. Como tantas otras veces, las palabras no son inocentes y se utilizan unas u otras según los sentimientos que se quiera alimentar. Lo peor es que en esta trampa caen muchos ingenuos de todos los colores políticos.

Definir a Andalucía, a Cataluña, a Escocia, a Córcega…. como «territorios» es una definición inadecuada y reduccionista que lleva, objetivamente, a negar los derechos que, como Pueblos, tienen los andaluces, los catalanes, los escoceses, los corsos y tantos otros colectivos humanos que no poseen un Estado propio pero que tienen una indudable identidad histórica, una específica identidad cultural y una identidad política que se refleja en la reivindicación de autogobierno.

Es necesario afirmar que, ciertamente, los territorios, por sí mismos, no son sujetos de derechos. Aún más, los territorios no existen, mas allá de sus componentes físicos, separados de su significación cultural e identitaria, si no constituyen un referente identitario de un Pueblo. Otra cosa sería que habláramos de los «derechos de la naturaleza», que sí empiezan a reconocerse aunque ello escandalice a quienes están anclados en la visión clásica judeo-cristiana de «el hombre -en masculino- como rey de la naturaleza».

Los territorios tienen una base material pero han sido modelados por la interacción de las poblaciones que en ellos han desarrollado su existencia a través de siglos. Llegan a ser territorios, y no simples espacios materiales, cuando son dotados de significado identitario; cuando los paisajes, naturales o transformados por el trabajo de generaciones, no son vividos como simples objetos de contemplación o escenarios de actividades sino que forman parte de los sentimientos y del imaginario colectivo.

Así, cuando los andaluces nos referimos, sea con nostalgia, rabia o esperanza, a «nuestra tierra» no lo hacemos simplemente para señalar el lugar físico donde tenemos nuestra vivienda o desarrollamos nuestra actividad, sino que lo hacemos con una fuerte carga identitaria colectiva. Decir «nuestra tierra» equivale a nombrar nuestro hogar como Pueblo: como comunidad histórica y cultural y como sujeto político. Nombrar a «nuestra tierra» es nombrarnos a nosotros mismos, en lo positivo que es preciso defender y en lo negativo que habría que transformar. Así, el espacio físico se convierte en territorio y este en «nuestra tierra» no por virtud de los elementos componentes de ese espacio sino por su conversión en algo emocional, que nos identifica colectivamente.

Por eso  Doñana, o la agreste Sierra Morena, o los olivares de Jaén, o la vega granadina, la Alpujarra o las campiñas, como tantos otros territorios y regiones de Andalucía, son algo emocionalmente «nuestro», mas allá de sus posibles utilidades económicas. Forman parte de nuestro imaginario colectivo como Pueblo.

La «matria» andaluza -algunos preferimos utilizar esta palabra, en femenino, mejor que la de «patria», en masculino, porque esta posee fuertes connotaciones de poder y violencia- tiene a «nuestra tierra» o, si se prefiera, a nuestro territorio como una de sus principales referencias. Pero debe quedar claro que incluso la singularidad del territorio no es explicable solo, ni atribuible sin más, a la orografía, la climatología y otros elementos que componen lo que antes se llamaba «geografía física». El territorio está constituido por la interacción de esos elementos con las culturas que se han desarrollado en su ámbito; en nuestro caso, al menos desde Tartessos y El Algar hasta hoy, que han dado lugar a la cultura andaluza actual, mestiza y singular, que nos define como Pueblo.

Tengo esto en cuenta Susana Días y todos quienes pretendan negar los derechos colectivos de los pueblos (del andaluz, del catalán o de cualquier otro) aduciendo que «las personas deben estar por delante de los territorios» y que estos no pueden ser sujetos de derechos. La utilización del término «territorios» está ocultando la existencia de Pueblos. Y los Pueblos son sujetos colectivos de derechos al mismo nivel que las personas individuales. Es, o debería ser, indisoluble la defensa de la soberanía personal (el derecho de cada persona de poder construir su vida en libertad) con la defensa de la soberanía de los pueblos (el derecho equivalente de los pueblos – naciones).

La sustitución de «pueblos» por «territorios» no es otra cosa que una práctica política perversa con el objetivo de confundir a la gente.

ISIDORO MORENO-

Catedrático Antropología Social.

Publicado en «La Tribuna» de Diario de Sevilla y otros diarios andaluces el 18.08.2017

El ‘SABER VIVIR’ andaluz: Una cultura para la vida

Manuel Delgado

Aunque todavía algunos recalcitrantes pongan en duda su existencia, y aunque otros adopten ahora posiciones revisionistas en cuanto a sus contenidos y significación, es hoy de aceptación generalizada que existe una cultura andaluza que nos diferencia de otros pueblos: que no somos simplemente una variante o apéndice de la cultura castellana.. Otra cosa es que muchos de los contenidos de nuestra cultura sean o no percibidos y valorados adecuadamente que un número muy alto de andaluces puedan estar alienados respecto a ella, o que algunas (o muchas) de sus expresiones nos sean presentadas como rémoras por algunos que se autodefinen como “modernos” o “progresistas”….

Sin duda, algo hemos avanzado desde los tiempos en que Blas Infante se vió obligado a fundamentar Andalucía como realidad histórica y cultural para demostrar que esta existe como pueblo (como nación en términos de la teoría política) [1], o desde  otras épocas, más cercanas, en que algunos intelectuales de izquierda no tuvieron inconveniente en titular algunas de sus reflexiones con la afirmación de que “Andalucía no existe”, en flagrante ejercicio de reduccionismo economicista [2]. Hoy, los negacionistas declarados ya no exhiben su ignorancia o su sectarismo de manera tan abierta: quienes tratan de impedir (hasta ahora con bastante éxito) que los andaluces poseamos la necesaria conciencia cultural y política de ser tales actúan de manera más sofisticada. Ya no niegan frontalmente la existencia de “rasgos culturales diferenciadores” en Andalucía sino que cuestionan su especificidad,  bien aduciendo que Andalucía respecto a otros territorios y poblaciones de la península y de Europa sólo ha tenido un problema de retraso en adquirir las características generales de ellos, habiéndose ya alcanzado una situación normalizada, bien argumentando la necesidad de suprimir o transformar la mayor parte de dichos rasgos al considerarlos negativos para la plena incorporación a la modernidad [3]….

Contrariamente a todas estas posiciones, defiendo que es reafirmándonos en nuestra identidad cultural y desplegando las potencialidades cohesionadoras y emancipatorias de la cultura andaluza como mejor podemos oponernos al avance totalitario y destructor de la globalización capitalista y del pensamiento único neoliberal y cooperar, desde Andalucía, al proyecto de construir un mundo diferente, más justo e igualitario: un mundo sin pensamiento único en el que quepan mil mundos….

En un pequeño libro de síntesis, publicado recientemente, del que somos coautores el profesor Manuel Delgado Cabeza y yo mismo [4], concluíamos, tras exponer las bases de la identidad histórica, la identidad cultural y la identidad política de Andalucía y la triste situación actual periférica y subalterna en lo económico y lo político, que la lógica cultural andaluza y los valores comunitaristas, igualitaristas, solidarios y creativos existentes  en sus valores profundos y en muchas de sus expresiones podrían ser las más eficaces herramientas para avanzar en la construcción de una sociedad estructuralmente diferente a la actual, basada en una economía y un ordenamiento social que estuvieran al servicio de la vida y no del beneficio de una minoría, subalterna de los poderes trasnacionales, a costa de nuestro patrimonio natural y cultural, de los lazos de sociabilidad existentes en nuestra sociedad y de la propia Andalucía como pueblo, sacrificados a los valores hoy sacralizados de la competitividad y de la productividad que están encaminados a la destrucción de cuanto está vivo en la naturaleza y en la cultura….

Es evidente que nos encontramos hoy en Andalucía y en el Estado Español en una profunda crisis que no es sólo económica y política, ni se limita a nuestro ámbito, sino que es parte de una crisis general sistémica a escala planetaria.  En lo que nos afecta más directamente, la “autonomía” creada supuestamente como resultado de la lucha del pueblo andaluz en la calle y en las urnas, desde el 4 de diciembre de 1977 al 28 de febrero de 1980, se ha demostrado una estafa a los objetivos de aquella lucha, que no eran otros que conseguir los instrumentos suficientes de autogobierrno para encarar los muy graves problemas de nuestro pueblo liberando a este de la dependencia económica,  la subalternidad política y la alienación cultural a las que había sido llevado como consecuencia de la organización territorial, económica y política que se nos impuso con la consolidación y desarrollo del sistema capitalista en el estado español a lo largo de los siglos XIX y XX. .  Ninguno de esos gravísimos problemas ha sido resuelto ni se ha dado avance alguno en la “confluencia” con otros territorios, Andalucía apenas si tiene relevancia política en el Estado y su cultura se ha deteriorado de forma importante por los embates tanto de la ideología del nacionalismo españolista (que la niega, descalifica, folkloriza o vampiriza) como de la ideología del globalismo neoliberal (con su pseudocosmopolitismo que aquí es más bien cosmopaletismo).  Desde las propias instituciones de la Junta de Andalucía se procedió a una dinamitación planificada de cuanto habría podido cooperar al avance de la conciencia sobre nuestra identidad cultural y  política: muy pocas veces se alude a Andalucía como pueblo o país, nunca como nación y sí de forma sistemática como región, nuestra historia y nuestra cultura continuó prácticamente fuera del curriculum escolar y universitario para que siguieran siendo  desconocidas por las nuevas generaciones, y los propios medios de información “autonómicos”, como la TV (que ni siquiera tiene en su nombre el de Andalucía) fue utilizada como instrumento de alienación cultural y de publicidad partidista por quienes la tienen a su servicio desde su creación. El diferencial con la media española de nuestra tasa de desempleo, la proporción de familias bajo el nivel de la pobreza y la nueva emigración ahora de jóvenes profesionales, la mayoría de ellos con alta cualificación, son tres indicadores que bastarían para desmentir de forma demoledora, e incluso para ridiculizar, las afirmaciones de que aquí se han producido cambios trascendentales desde principios de los años ochenta hasta hoy. Tenemos la misma, si no mayor, dependencia, subalternidad y alienación y un grado mucho más alto de destrucción de nuestro medio físico, social y cultural que al comienzo del periodo.

Antes de nada, hay que definir con precisión los dos grandes enemigos de Andalucía como pueblo: el nacionalismo de estado español y el capitalismo hoy en su fase de globalización neoliberal. Dos enemigos que están estrechamente aliados como interesados que están en servirse de Andalucía y en que esta continúe a su servicio: en que siga teniendo su función de fuente de materias primas y producciones sin valor añadido, de territorio  para hacer grandes negocios especulativos, de balneario y basurero de España y Europa, y de muro de contención y plataforma de agresión frente a los pueblos africanos y orientales. De ahí que en pocos lugares del mundo como en Andalucía sea más cierto que la lucha social y la lucha nacional son las dos caras inseparables de una misma lucha, de un mismo proyecto emancipatorio.

Para que aceptemos ejercer las funciones anteriores sin poner obstáculos se precisa la destrucción de gran parte de nuestra cultura, de nuestra visión del mundo, de nuestra autoestima, de nuestras tendencias comunitarias e igualitaristas. Que dejemos de ser como somos: que abandonemos el dar mayor énfasis al ser que al tener; que nos avergoncemos de nuestro gusto por las relaciones sociales -familiares, vecinales, de compañerismo, de paisanaje-  y por compartir con otros nuestras tristezas, alegrías y emociones, asumiendo la racionalidad capitalista de que ese es un tiempo improductivo; que dejemos de rebelarnos cuando alguien nos trata con altanería y aceptemos el “realismo” de que somos menos que quienes tienen poder, rehusando a las confrontaciones con estos tanto en el plano de lo real como de lo simbólico; que nos encerremos en el individualismo egoísta o en el familismo estrecho  y mafioso, menospreciando nuestra fuerte tendencia a la sociabilidad solidaria tanto en el  tiempo de trabajo (la unión y el cumplir como valores) como en el tiempo de fiesta y  el tiempo de ocio (que son dos tiempos diferentes pero en los que nos gusta estar juntos sin perder por ello nuestra individualidad).

La lógica cultural andaluza, que es el eje de nuestra identidad como pueblo, no es reductible a los valores de la competitividad y la productividad material contable que son los valores supremos de la lógica del capitalismo neoliberal. Son dos paradigmas incompatibles: uno está orientado hacia la vida, en sus múltiples facetas, y se concreta en lo que podríamos llamar el saber vivir andaluz, el otro tiene como único norte la acumulación de ganancias mediante la destrucción de la vida (social, cultural, natural) y de los valores y expresiones “no rentables”, ya que la vida se reduce a un medio para la consecución de la mayor ganancia. Frente a quienes ven solamente una confrontación política o económico-política en el mundo actual, hay que afirmar que se trata, sobre todo, de un choque de lógicas culturales, de valores, de visiones sobre cuáles son las metas de la existencia  individual y colectiva. Diciéndolo con palabras sencillas, estamos en una confrontación sobre por qué y para qué merece la pena vivir.

En esta confrontación, el saber vivir andaluz se sitúa en el mismo campo paradigmático que otras lógicas culturales de pueblos muy diferentes entre sí (desde los kechwas con su lógica del sumak kawsay y los aymaras con su sumak qamaña hasta diversas lógicas orientales y africanas) pero que tienen como elemento común la resistencia a entrar en el proceso de destrucción de la naturaleza y de las sociedades que implica la modernidad, el desarrollo y  la globalización tal como han sido definidos y operan dentro de la lógica del capitalismo eurocéntrico y androcéntrico.

No estamos solos, pues, en la batalla por no dejar de ser nosotros mismos. Antes al contrario, formamos parte del pluriverso de pueblos que valoran por encima de todo la vida social pero también la vida tal como la expresan todos los otros componentes de la naturaleza. Y la vida espiritual (no necesariamente equivalente a religiosa), tal como se refleja en nuestra obsesión por la belleza, sobre todo expresada en lo que no tiene dimensiones monumentales que aplasten lo humano: en un cante, en un gesto, en una maceta, en un fachada de cal cegadora, en unos ojos, en la sonrisa de un niño… Nuestra mayor fortaleza y nuestros más eficaces instrumentos están en nuestra cultura. Sólo a partir de esta, evitando caer en chovinismos o autocomplacencias pero rechazando también complejos y cosmopaletismos, podremos reconstruir Andalucía como pueblo y luchar por nuestra emancipación  social y nacional. Una lucha social desenraizada de nuestra identidad como pueblo o una lucha soberanista no dirigida a una transformación social radical serían no solamente un gravísimo error sino que llevarían a un fracaso seguro. Y nunca olvidemos –ya insistía en ello Blas Infante- que sin una cultura propia no existe un pueblo. Andalucía dejaría de existir si traicionáramos nuestra lógica cultural tal como quieren que hagamos los publicistas  del nacionalismo español y de la globalización mercantilista.

Manuel Delgado Cabeza.

[1] Blas Infante: Ideal Andaluz. Sevilla, 1915.

[2] Carlos Castilla del Pino: “Andalucía no existe”. La Ilustración Regional nº 4, (1974).

[3] Son exponentes de estas posiciones el documento elaborado en 2003 por diversos “expertos” universitarios y entregado al Parlamento Andaluz por el propio presidente entonces de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves, con el título de La Segunda Modernización de Andalucía, y recientes textos  publicados por el Centro de Estudios Andaluces (el think tank del PSOE) en su actual etapa, sobre todo del historiador Manuel González de Molina y del sociólogo Manuel Pérez Yruela. Es especialmente revelador el reciente texto de este último Un relato sobre identidad y vida buena en Andalucía. Una réplica al primero de los documentos citados puede verse en I. Moreno: “¿Del subdesarrollo a la postmodernidad? La sociedad andaluza y la llamada Segunda Modernización” en J. Hurtado (coord.) Sociología de 25 años de Autonomía. Sevilla, 2004….

[4] Isidoro Moreno y Manuel Delgado Cabeza, Andalucía: una cultura y una economía para la vida. Ed. Atrapasueños, Sevilla, 2013….

 

Fuente : Revista SecretoOlivo

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