IdIA

Antonio Gala: Discurso inaugural del primer congreso de Cultura Andaluza VIVA ANDALUCÍA VIVA

Artículo de opinión

VIVA ANDALUCÍA VIVA

Discurso inaugural del primer Congreso de Cultura Andaluza, por Antonio Gala

En 1883, Machado Álvarez, Demófilo, definió el pueblo como la nebulosa de la que se desprende, por diferencias inapreciables, esos astros que se llaman individuos. Y llamó pueblo al “conjunto” de hombres y mujeres que por las condiciones especiales de su vida, se diferencian entre sí lo menos posible y tienen el “mayor número de notas comunes”. Son pobres y consumen su energía, decía, en trabajos principalmente físicos y tiene, por la escasez de su cultura, horizontes menos amplios en que desenvolverse que los hombres ya más adelantados. En ellos, agregaba, predominan el sentimiento y la fantasía, siendo en este sentido más poetas que los hombres cultos y eruditos, por estar más cerca de la niñez que los otros.

De todas las regiones españolas, Andalucía acaso sea la que mas tiene más pueblo: la que – con arreglo a las palabras del padre del inagotable Antonio Machado-junto a los astros individuales, más visibles, posea la nebulosa más extensa. Pero, ¿se esta seguro de que exista algo que pueda llamarse lo andaluz; algo que sustente la variedad tan extremada de las Andalucías, desde su formas de pronunciación hasta su formas de lidiar la vida?… Prescindo de las diferencias sociales; hablo de un pueblo. Pero suponiendo que los habitantes de cada Andalucía fuesen idénticos, hagamos unas cuantas preguntas:

¿Qué relación cabe entre los naturales del Santo Reino de Jaén -que son casi como manchegos exhaustos por el esfuerzo de atravesar Despeñaperros, hasta el punto de que su ronquio podría atribuirse a la dificultad respiratoria originada por esa fatiga histórica- y los lúdicos y chirigoteros gaditanos, por lo contrario continuos desobedientes a la exigencia centrípeta de Castilla la Vieja? ¿Y quién, además, y a partir de que momento, se ha atrevido a llamar vieja a Castilla, cuando el pueblo andaluz es el más antiguo del Mediterráneo, más aún que el romano y que el griego? Castilla la Vieja será vieja comparada con Castilla la Nueva. Pero eso, en el fondo, es cosa de ellas dos.

Y Málaga, ¿es tradicionalmente liberal por marinera y por muy devuelta, o más que liberal será una distraída? Málaga, esa mezcla de gloriosa de gesto y cochambre, en cuyo censo íntimo, como en el de Jerez, tanto abundan los apellidos extranjeros, sin siquiera sea acomodación a una lengua más aterciopelada que endulzó los apellidos alemanes y suizos en la Carolina o la Parrilla, donde se asentaron los emigrantes de países que dos siglos después están dando trabajo a nuestros emigrantes. Porque todo el mundo sabe que la vida da muchas vueltas, pero hay algunas que son verdaderamente vueltas de campana.

¿Ha heredado Málaga de Sevilla la conciencia de ser un ballet en el que todos los sevillanos debían participar? (eso pensaba Ortega-para el agrado de sus visitantes), ¿o en realidad, a Málaga le traen al fresco los espectadores de los que mas o menos vive y es ella la que así misma se divierte? ¿Hasta que punto un flamenco, ya metido en harinas, baila o canta para quien le pagó? ¿Puede un turismo, ni demasiado rico, ni demasiado largo, mudar idiosincrasias milenarias? ¿hacer más confortable una silla de aneas, o aliviarse en una soleá? ¿Diluirán la actitud trascendental de un pueblo o la agudizarán por reacción?

Sevilla, una de las ciudades más ultrajadas por la sociedad de consumo ¿ha sido ya vencida? Esa cabeza de las Indias, tan cantada ¿habrá dejado de cantar? ¿Era en serio, tan superficial como se dijo? ¿En el señorío, la guasa, las eses resbaladas y las palmas se acababa Sevilla? ¿No había, ante la más evidente representación, una oscura mirada de repulsa hacia los que esa representación encandilaba? Cuando marchando hacia el destierro francés y hacía la muerte le pregunta la anciana y desvivida y atónita Ana Ruiz a su desvivido hijo Antonio Machado, ¿llegaremos pronto a Sevilla?, ¿acaso no le estaría preguntando por el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz, como la Iglesia católica define el último paraíso?

¿Y Granada?… Esa Granada que se parece a Toledo no por lo árabe, sino por lo hebrea, ¿es que se la inventaron, como a Calderón de la Barca los románticos? ¿Es que el dialogo del Albayzín y de la Alhambra está montado por Pepe Tamayo? ¿Qué es Mariana Pineda?, ¿un personaje bastante flojo de García Lorca?… Entonces las Cortes de Cádiz serían solo una comedia de Pemán y la historia de nuestras agitaciones campesinas una broma de Díaz del Moral, el notario de Bujalance. Y nada que se asemeje menos a la bandeja ofrecida de Granada que la recóndita de Córdoba y el mutismo de ojos vociferantes de su pueblo. (La mesocracia es otra cosa: cuando no habla, que es muy pocas veces, es porque no se le ocurre ninguna tontería y no por senequismo.)

¿Entusiasmará a Córdoba alguien con un plan de desarrollo o una autopista del sol?, ¿a una ciudad que fue literalmente el ombligo de un orbe y cuya aportación a la cultura occidental sólo la de Atenas puede parangonarse? ¿Se boquiabrirá Córdoba bajo que rascacielos, si tuvo a su vera a Medina Azahara, ante cuya belleza todos los palacios reales posteriores no han sido más que alcobas realquiladas con derecho a cocina?

Almería deshidratada de sus hombres, ¿es que de verás se ha maquillado para rodar bajo los focos de un plató o para ser rodada, que es peor?, ¿la Luz de esos focos ha amortecido el sol de Almería? ¿La Alcazaba ya no mira a la Chanca, ni la Chanca -con sus ojos sin tracoma, por fin- mira ya a la Alcazaba?

Huelva, que es La Rábida, Punta Umbría y ver los barcos venir; Huelva que es Juan Ramón, y El Rocío y la sierra y la playa y las marismas, ¿es sólo todo esto?

Para ser el andaluz universal, ¿no habría que elegir antes que nada una muy concreta Andalucía?

Porque si tan distintos son sus rostros y sus talentos y sus ademanes, una idéntica savia ha alimentado a estas ochos provincias en los mismos manteles, sabiduría, austeridad, parsimonia y desdén; y en esa savia es donde hay que investigar, para eso se inaugura este Congreso.

Cuenta Chateaubriand que, al coronar Sierra Morena los Cien Mil Hijos de San Luis y descubrir la campiña andaluza, los batallones presentaron armas, sin poderlo evitar, sin orden previa, a la tierra maravillosa. Los cien mil franceses, aparte de no pintar nada aquí y de ser demasiados hijos para un santo, los Cien Mil Hijos de San Luis ni siquiera tuvieron un gesto original. Ya lo había hecho un tío segundo suyo, Fernando III, primo de San Luis, al contemplar el tibidabo radiante y feraz de Andalucía.

Un decorado abierto como una mano abierta, donde ha representado sus brillantes o míseros papeles en la historia tantas razas, tantas culturas, tantas religiones. Se excava aquí, y aparecen rosadas piedras molineras árabes, ánforas para el aceite tartésicas, íberas o romanas, candiles de todos, las cenizas de los muertos de todos. Sobre esta gleba tanto han pisado los siglos, que los imperios pueden caer sin fragor apenas levantando un poquito de polvo, como quien se echa a dormir simplemente una siesta. Andalucía conquistadora de conquistadores, en este decorado, cuando ha sido preciso, ha cambiado de nombre, ha mudado de templo las aras y los dioses, ha mullido en silencio para el vencedor la cama del vencido, ha dispuesto sobre la mesa el pan que había cocido para otro y el aceite, y se ha puesto a cantar; o quizá a lamentar o a echar mucho de menos, pero cantando, mientras el aire leve movía los olivos de su paisaje, de un paisaje que la luna blanquea porque lo acaricia y el sol porque lo lame.

¿Podrá extrañar que esta actitud, paciente más que pasiva; esta tenue gracilidad que ha sido invulnerable al embate terrible de las centurias y de las convulsiones de las catástrofes, esta tierra que ha convertido la cal en mármol diario, este pueblo persistente en su holgura, sumiso e indomable al mismo tiempo, podrá extrañar que fuese el paraíso anhelado que Castilla soñó con depredar y acabo depredando? Pero la Reconquista, palabra que aplicada a Andalucía es, si se aplicase como liberación, un error histórico o una simple idiotez, transformó en latifundios los entrañables cultivos familiares, y lo que es aun peor, sembró esos latifundios con la semilla del descontento y la insatisfacción. Desde aquellos siglos llamados gloriosos nada funciono bien. Los andaluces se fueron a las Indias, a Nápoles o a Flandes por las mismas tristes razones que se van hoy a Suiza. Y los que se quedaron, moriscos o cristianos, eran igual, promovieron recurrentes alteraciones que han venido estremeciendo la amarga historia del alegre Sur. Y Andalucía, que podía vivir sola y de hecho vivió, sucumbió a una desigual convivencia; no sólo no se sintió protegida, se sintió maniatada. Pasó de ser el ornato del mundo a ser una mendiga, la madre de los pícaros; pasó de la civilización más refinada al analfabetismo más hiriente. ¡Ay, dulce Andalucía, atractiva y exótica, casi pecaminosa, el Hawai de los Reyes Católicos, que pensaban retirarse a tu molicie como viejos pensionistas ingleses!

Andalucía, reiteradamente olvidada igual que una colonia bien segura, que inventase el flamenco por el mismo motivo que los negros inventaron el soul, para poder quejarte sin humillaciones, porque el flamenco, como todo lo perdurable en esta vida, es una queja, la forma de llorar un grupo de oprimidos y aun de ese llanto el mundo ha sacado tejada. Es difícil encontrar una nación que haya obtenido más de una de sus regiones y la haya maltratado tanto. En lo personal, si hay otro ejemplo tal ingratitud: el de Fernando V de Aragón, Conde de Barcelona (al que el propio para Alejandro VI confesaba que le había dado el nombre de Católico más que nada para molestar a los franceses), y Gonzalo Fernández de Córdoba el Gran Capitán. La mezquindad frente a la magnanimidad; la exigencia de cuentas, frente al regalo de un reino; las promesas mantenidas para retener a quien toda Europa codiciaba, aprovechando que por ser su mejor súbdito no le abandonaría; la inútil crueldad de arrasar en Montilla el solar de sus antepasados, el no dejarle nada, nada, nada que no fuese el derecho a la queja, otra vez esa queja ante la historia y Dios. Desde entonces, durante demasiado tiempo, Andalucía ha sido donante involuntaria de sangre. Y con la suya, como suele ocurrir con cualquier sangre, grandes negocios se han realizado en otras geografías, para mayor escarnio.

Andalucía se halla largamente cansada de no recibir respuesta a sus entregas de ahorro, de mano de obra, de consumo, de infinita paciencia; cansada de enriquecer, con su emigración y su turismo, al común del país, sin que tomen en serio sus problemas; cansada de que, como ella es tan fulera y tan dada a las vanas palabras, se le quiera curar el cáncer con aspirina y con mercurocromo. Andalucía está cansada de premeditados desaciertos. Cansada de ser desde hace siglos tierra de conquista que se reparten los conquistadores o colonia que explotan los de fuera dándoles un pirulí condesciéndete a los hijos de los colonizados. Andalucía es, si, la “Bella Durmiente”. Pero una “Bella Durmiente” se muere o se despierta. Son demasiados años los que lleva dormida; demasiados, los que lleva aguardando ese beso de amor, justamente lo contrario de lo que ha recibido. Y el despertar sin vueltas ha de suceder ¡ya! ¡Ya ha sucedido! Yo he apoyado mi oído en el corazón de nuestras gentes y sé que late con alarmante irritación.

Yo conozco a mi pueblo, porque le pertenezco y él me asume, y se que está muy harto, que le duele la cal de los huesos de ver a la que ama mal vestida y hambrienta, con lo tibia, lo hermosa y bien dotada que lo hizo Dios un día.

Andalucía hoy, esta misma tarde, se está poniendo en pie para que sus reivindicaciones no sean más postergadas, ni sea desatendida su agonía. Para que cuanto dio a España, no ya en su historia, lo que es inconmensurable, sino ayer mismo, se tase con justicia. Para demostrar que su destino no es suplicar que la desarrollen, sino conseguir que la dejen desarrollarse sola. Andalucía hoy se está poniendo en pie no para reclamar atrasos de cuentas impagadas ni esperar que le abonen intereses de préstamos, sino para comparecer con voz y voto en la reestructuración compleja de la patria, en la mudanza de posiciones desiguales entre regiones que tantos siglos, juntas, han conformado este cajón de sastre que se llama España.

Porque a pesar de todo, Andalucía no es partidaria de los separatismos, sino de las recíprocamente respetadas y respetables autonomías. Aquella unidad española, de que tan pronto se alardeó a finales del siglo XV fue imaginaria siempre; una unidad impuesta sobre la base de una religión, también impuesta, en Andalucía sobre todo. Tal unidad religiosa – estamos en un local que expresamente lo comprueba – era la más fácil de lograr por imposición para las apariencias. Mucho más que la unidad de lenguas, de culturas, de aspiraciones, de orígenes, de geografías o de razas. Y sobre esa fantasmagórica unidad se edificó y se arruinó un imperio sin que, en los tres siglos que se mantuvo, surgiera un verdadero Estado Nacional. Y sin que la auténtica unidad la obtuvieran después tampoco ni la cerrazón absorta del 98 ni la huera fraseología posterior de 1939. Y es que la definitiva unidad de España ha de alcanzarse ahora precisamente a través de las autonomías que fijen, clarifiquen y enlacen los distintos retazos de la gran piel de toro.

Así las cosas, es preciso que Andalucía construya un frente común. Es preciso que se unan todas las Andalucías es una autónoma, más alegre, más alta, más ensimismada.

Es preciso que los partidos y las ideologías den un compás de espera a sus propios proyectos y las ideologías den un compás de espera a sus proyectos, y trabajen reunidos en el más urgente y fervoroso: Andalucía.

Es preciso que se inventaríen nuestras realidades desde aquí mismo, sin atender datos de fuera, ni soluciones, ni consejos, ni más buenas palabras, ni más paños calientes. Es preciso que Andalucía yerga su frente y mire sus cultivos, sus industrias, sus campos y sus mares. Así las cosas, es preciso que recuerde otros tiempos. Sus hijos de otros tiempos a los que nadie compró ni apabulló. Que recuerde la Vereda de la Plata, la rebeldías de las Alpujarras, Sierra Morena, los garrochistas y los aceituneros de Bailén, los liberales antifernadinos, la Junta Soberana de Andujar en 1835, La Internacional Socialista de Málaga en 1870, la Constitución Federalista de Antequera en 1883, las agitaciones campesinas en el primer cuarto de este siglo contra oligarcas que ni siquiera vivían aquí. Que recuerde a los promotores de sus ideales y de su libertad: a Guzmán Sertorio, a Fermín Salvochea, al maestro Escosura, a Picavea, a Álvarez de Salamanca, a Díaz del Moral, a Fermín Requena, a Méndez Bejarano, a Isidoro de las Cajigas, a Blas Infante, a todos su héroes sobre cuya muerte ya ondea la bandera que ellos mismos soñaron. Es preciso que Andalucía recuerde tantas luchas y vidas por seguir siendo ella y vuelva en sí de su desdén histórico que la hizo siempre ser la malentendida.

La última lucha, la última vuelta en sí que se propone, es el Congreso de Cultura Andaluza que inauguramos hoy, en un nuevo Domingo de la Resurrección. La reina descalza, la hermosa reina todavía harapienta, se incorpora de su duermevela, levanta con sus manos encallecidas el espejo mágico casi olvidado ya, reconoce las iluminadas facciones, empuña la bandera de su dominio, una bandera en la que no se sabe si a la esperanza la representa el verde, como suele, o el blanco, que es lo que está por hacer todavía. La reina se levanta ágilmente y rompe a cantar con la voz hecha júbilo.

Las ocho bellas hermanas y sus hijos, dondequiera que se encuentren, vuelven hoy atrás los ojos un momento, apenas un momento, lo suficiente para rememorar el tiempo el que fueron la primera irradiación cultural de Occidente, antes de que las expulsiones de árabes, moriscos y judíos echaran un tenebroso velo sobre el brillo y la gloria de sus mil y una noches de sabiduría. El tiempo en que los nombres andaluces “tanto por plumas cuanto por espadas”colmaron la Historia de ese anhelo denominado España, el tiempo en que los caballeros del Sur arrebataron, allí donde estuvieran, “en la sortija el premio de la gala, en el torneo el de la valentía”. El tiempo desde las Cortes de Cádiz hasta el asesinato de Canovas y la exaltación de Sílbela, andaluces los dos, en que España vivió bajo la hegemonía andaluza y en el que las ideas se pronunciaban con acento andaluz.
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Rememore el tiempo mas reciente, en que la poesía levantó sus claros surtidores en los patios sureños y fueron poetas andaluces los dos últimos Premios Nóbel españoles. Un momento su mirada hacia atrás las ocho hermanas, un momento hoy, porque ni el verde ni el blanco de su enseña consienten en recordar las injusticias. Un momento hoy para enseguida dirigirse adelante a un futuro difícil y espléndido a la vez. El futuro en cada hijo suyo tenga trabajo sin precisar salir de su paisaje, en que cada hijo suyo sea y se sienta dueño de su trabajo y de su pan, y su destino, el jubiloso destino de haber nacido andaluz hasta la muerte, andaluz otra vez con la ilusión de serlo.

Al terminar la “guerra de los tres años”, gran parte del pueblo español tuvo, entre otras causas porque la guerra al fin había terminado, un verdadero ataque de ilusión. Se dejo llevar por su propia esperanza, por su deseo de iluminación, por su afán de descanso, por su infinita ansia de encontrar un Mesías. Pronto los ídolos le dejaron los dedos manchados de purpurina y vió que las estrellas y los luceros eran de papel de plata. Un pueblo secularmente acostumbrado al hambre, tuvo el postrer denuedo de creerse, lo que, a diario, se le repetía: su grandeza, su vocación de imperio, su autarquía, su reserva incomparable de valores que lo elevaban a “cantera espiritual de Occidente”. Hasta que ya no fue posible el autoengaño. Hasta que descubrió el terrible timo de estampita. Y entonces el pueblo se desentendió. Prefirió hablar de fútbol o de toros o de apariciones de Maria Santísima. Con los ojos cerrados para no ver la corrupción de las alturas, para no tener que aullar su desencanto porque las grandes luces de la historia se hubieran transformado en bombillas de quince vatios para nada. Porque apretarse hasta la estrangulación los cinturones no habían servido sino para que a unos cuantos les engordaran la bolsa y la andorga. Porque los gritos rituales y las desaforadas promesas de una era triunfal, se fueron transmutando en transistores, vespas, tocadiscos, frigoríficos, lavavajillas, coches utilitarios y pisitos a plazos. Porque los ríos de sangre derramada concluyeron empapándose con los impresos de las letras de cambio.

España ha vivido cuarenta años en medio de una absoluta y esencial desilusión. No sabemos si está saliendo enteramente de ella y aun salir de una desilusión no es todavía estar ilusionado. Sin embargo, con una ciega seguridad yo conozco que lo principal que exige nuestro pueblo, que lo principal que exigimos es esto: la ilusión, la ilusión de sentirse vivir, de tocarse, de mirarse a los ojos reabiertos, de recuperar su enorme capacidad de entrega, de amor, de regocijo y de modesto orgullo. Sin ilusión este pueblo no da, no lo ha dado jamás, un solo paso. Sin ilusiones se negará a colaborar, a acatar ordenes, a recibir sugerencias, a hacerse coherente y flexible, a aceptar y ofrecer sus diferencias fraternales y aun sus contradicciones. Sin ilusión volverá a ocultar bajo el ala de nuevo la cabeza para dormir, para soñar, para ignorar la verdad. La verdad que duele porque, al tiempo salva y hace libres. Sin ilusión continuara exigiendo lo que antes, pero más que antes. Un piso mayor, una parcela mayor, un chalet mayor junto a un mar mayor. Tener, tener, tener…, sencillamente porque cuando no somos-o no nos dejan ser- nos transformamos en coleccionistas y queremos, por lo menos, tener cosas y cuanto más, mejor.

Y esa ilusión solo se logrará distribuyendo a manos llenas, por osmosis, a través de vasos comunicantes, o como quien siembra trigo, surco a surco, la flor de la cultura, promocionando la alegría igual que un detergente que elimina las manchas. Edificando en este sombrío descampado, lleno de suciedad y de latas vacías, en que hemos habitado a tientas tantos años oscuros. Llamando a las cosas por sus nombres simples y limpios. Confiando, sinceramente, en el pueblo y sus poderes, sin coartarlo. Porque nuestro pueblo andaluz siempre ha entendido mejor las palabras de los poetas que la de los políticos, y a este pueblo cercenado, desmochado, atiborrado de somníferos, le fueron arrancados su cántico y su voz. Ahora hay que devolvérselos y vendrá la ilusión. Balbuceante al principio, tierna como un botón de rosa, inadvertida como la primavera, muy poco a poco, pero inundándolo todo con su olor y su clima, sosteniéndolo todo, verificando el milagro, tan demorado, de transmutar una masa en un pueblo.

Porque mirar a nuestra cultura hoy produce el mismo escalofrió que mirar un desierto nocturno y enemigo. Pertenecemos a un pueblo que no se reconoce todavía, que se encuentra distante de si mismo, despreocupado, a la fuerza, de cuanto fue y cuanto pudo ser. Un pueblo al que se ha condenado a la ignorancia, a ignorancia perpetua, pena que no se adobe con ningún indulto ni ninguna amnistía, pena que hay que romper como se rompe una cadena: con rebeldía, decisión y brío.

Durante siglos han sido desvalijadas nuestras bibliotecas, desguazados nuestros monumentos, saqueados nuestras iglesias y museos, puesto a la venta cuanto podía ser vendido. Más de un tercio de los documentos que aún conservan nuestros archivos, después de haberse expoliado toneladas de Historia, precisan restaurarse. El presupuesto anual de nuestras bibliotecas públicas oscila alrededor de cinco mil pesetas. Los bibliotecarios son, en número, los que hace un siglo largo. Los ateneos, concurridos de polvo y desinterés, languidecen entre olor a polilla. La cultura, al volver, no encontrará donde sentarse. Los organismos que la dictadura creó para ocuparse de ese objeto potente y delicado a la vez que es la cultura fueron una aplastante burocracia instrumentalizada por el control político y por la propaganda ideológica. Sus funciones esenciales eran centralizar y prohibir. Ni un ápice positivo provino de ellos. Se redujeron a censurar, a eximirse y a ver, igual que los tontos, el dedo que señala la luna, en lugar e ver la luna.

El alma se desorbita imaginando los miles de millones gastados en mantener a un pueblo lejos de su cultura por turbios organismos que sufraga él mismo. ¿Y es que concluye aquí el censo del destrozo? ¡Ojalá fuera así! Mucho mayor, más hondo es y más irremediable.

Porque el Diccionario de la Real Academia tiene de la cultura, como de muchas otras cosas, un concepto muy parco. Según él es, y ni siquiera en el sentido directo, sino en el figurado, “el resultado o efecto de cultivar los conocimientos humanos y de afinarse, por medio del ejercicio, las facultades intelectuales del hombre”. A mí me parece éste un sentido excesivamente figurado. La realidad es más alta, la realidad es más profunda.

La cultura ha de entenderse como algo mucho mas definitivo. La suma de una raza, de una casta, de unas lenguas y sus emanaciones, de una tradición, de una historia, o mejor, de una intrahistoria, o sea, la historia verdadera, cuyos cauces son subterráneos y pristinos y transcurren indiferentes a los modos externos de esa historia. La suma de unas religiones, de unos comportamientos, de unos ideales, de unas artes ya asimiladas y dirigidas y de todas sus manifestaciones. Para mí, la cultura es el único concepto en que puede apoyarse y crecer el concepto de patria. Precisamente por ser el camino más recto para la autoidentificación y autoafirmación de un pueblo. Se trata de una creación colectiva siempre en trance de irse haciendo, jamás hecha del todo. Como el amor, que se va haciendo. Porque lo contrario seria su momificación, su clausura son conversión en objeto de estudio o de museo, y la cultura es ante todo vida, igual que una lengua que se habla y prospera o viene a menos. Nada muerto se arriesga. Y la cultura si, y luego, como consecuencia, la cultura es obra en común: una herencia o un recado que se recibe y ha de incrementarse y transmitirse a los que después vengan.

Desconfío de ese afinamiento de las facultades intelectuales del hombre. Para mí, la cultura es mucho más o quizás mucho menos. Creo que hay vías de conocimiento no intelectuales, sino viscerales. Creo que la cultura-como concepción vital actitud ante el mundo se adquiere, sobre todo, por vías respiratorias o por vías lácteas: respirando o mamando, naciendo en la mitad de un aire y un entorno, sintiéndose envuelto por él, pronunciando de un modo peculiar un idioma, pasando ante unos monumentos, siendo afectado por vocaciones transmitidas, contemplando unas huellas, insertando lo personal en un cañamazo previo y casi invariable (O acaso invariable).

La cultura actúa siempre de abajo arriba (la más subida y verde rama del árbol es una extremidad de la raíz; los árboles más viejos comienzas a morir por la copa, que es su exterior inmediato y más reciente). La cultura actúa siempre de dentro afuera (característica de ella es su espontaneidad: lo contrario, del énfasis, de lo ampuloso, del ademán teatral y vacío).,

De ahí sus dos notas derivadas; primera, la cultura es lo contrapuesto a los personalismos ( los intelectuales no son sus protagonistas, ni sus depositarios, ni siquiera sus guardias de trafico: son sólo unos observadores atentos que, en ciertos casos milagrosamente, producen una concreción de tal cultura: una suma cultural, como el lugar en que nos encontramos, por ejemplo; pero la habitual aportación suele ser más prestada y más vehicular y más de gestos cotidianos); segunda, la cultura es lo contrapuesto a las imposiciones, a los señalamientos, a las consignas, a las directrices ( nada hay más anti-rio que un pantano o una presa: un río puede sumirse o inundar o estirarse y sigue siendo rio: lo anti fluvial son las obras hidráulicas). Pensando así, mirad cuanta es la inaplazable, la insistente urgencia de este Congreso de Cultura que hoy lanza, por mi boca, su primer vagido, y cuyo protagonista es el pueblo – o sea, también nosotros-; y su autor, el pueblo faenado codo con codo; y su objeto, el pueblo en cualquiera de sus pertenencias, circunstancias, complejidades, posibilidades y expresiones.

La mejor forma de resolver un problema es investigar sus causas y sus interrelaciones con los demás problemas. Y así, con la intachable y eterna voluntad andaluza de belleza y la actualizada aspiración al compartido bienestar, el Congreso de Cultura podrá ofrecer a nuestro pueblo-es decir ofrecernos- su primitiva imagen eliminando los infames retoques y la propuesta de unas conclusiones que ese pueblonosotros- pueda asimilar como propias para cumplir su porvenir de acuerdo con su Historia. Porque la Historia no es simétrica, pero en ella, de una sutil manera, coinciden siempre memoria y profecía. Vivamos, pues, a partir de este instante, una hora de esperanza y de recuperaciones, no de iras ni de pérdidas. Una hora de corregir lo que otros no supieron o quisieron hacer. Una hora de erigirse cada uno rotunda y solidariamente- en responsable de su conciencia, de su casa, de su oficio, de su trozo de acera, de su trozo de la ciudad en que vive, de su trozo de Andalucía, quienes quieran lo mejor para su patria, conózcanla antes a fondo: porque es el conocimiento quien engendra el amor y el amor quien multiplica y perfila aquel conocimiento Eso es lo que aspira a demostrar este Congreso.

Naciendo donde nace, en este reducto tantas veces sagrado y venerable y materializador de culturas, no puede fracasar. Para fortificar tal seguridad yo pido, por amor, solo por amor, (que es una obligación devota y un trabajo liviano y un jocundo esfuerzo), la apasionada colaboración de todos, que para todos hay tarea en la larga marcha que hoy iniciamos hacia la Andalucía de la Promisión. Hermanos andaluces, para que desde ahora podamos serlo con más orgullo, con más seguridad, con mayor ilusión, con más gozo que nunca.

Antonio Gala ¡ VIVA ANDALUCIA VIVA ¡ Córdoba 2 de Abril de 1978