IdIA

3. La mirada inolvidable. (1900 – 1904)

Dieciocho. Suena bien. Es la cifra del primer verdor y la primera altura, de la primera inocencia inteligencia.

            Se pisa el arranque de una aventura distinta. De chiquillo a mozo, y del último juego al primer desconcierto. Esa frontera la salta cada uno con paso propio.

            Blas recuerda los años estudiando en Archidona y en Málaga hasta lograr el certificado de bachiller. Está en casa colgado como de una horca. La crisis del 98 ha complicado la pequeña historia de este muchacho y los estudios se han quedado para más felices tiempos. El gobierno crea colonias, colonias interiores, como Andalucía, y protege en las aduanas los textiles de Cataluña incapaces de competir. El algodón es andaluz pero se elabora allí, mientras el campo en que brotó, maltratado, se enciende en hambres y protestas. La situación familiar acusa el golpe.

            Blas trabaja de escribiente en el Juzgado Municipal de su pueblo. Su padre es el secretario y le ha colocado de auxiliar, oficial de chupatintas. “Su trabajo consistía en realizar citaciones (con la ayuda de los aguaciles), presenciar los embargos y los juicios, llevar la burocracia, notificar las resoluciones y atender las delegaciones del secretario. Por Luisa Infante, sabemos que el padre delegó todo su trabajo en su hijo Blas, con lo que éste llevaba el peso del Juzgado de Casares. Así conocerá de cerca los angustiosos problemas de los campesinos, gitanos… en definitiva, los graves problemas del pueblo Andaluz”.

            “Yo conocía aquellas incidencias de la vida jornalera. Me crié entre niños jornaleros, descalzos, hambrientos y casi desnudos. El 80 por 100 de los niños asistían a la escuela pocilga de mi pueblo […] miraban ansiosos las meriendas que comían los pocos niños acomodados. Durante el invierno era un día de fiesta en el hogar, el día en que se comía caliente, el día en que había pan, sal y aceite para cocinar una sopa.

            Los amiguillos de la niñez, varios de ellos jornaleros y gitanos (Frasco, Salao, Rosca y Titaera) cumplían con él más o menos los dieciocho. Otros dieciocho, los suyos, con parecidas ganas compartidas y frustraciones mayores que las de Blas. Sus padres, el padre de esta tropa que lo era “el Compá Minuto y “el Compá Guerra”, andaban entre los protagonistas de los pleitos y los líos de “justicia”. Blas miraba todo aquello y todo aquello se le colaba bien dentro para algún día que él desconoce. Nosotros, no. Porque sabemos su historia y jugamos con los goles sabidos.

            Blas -1904- es el esfuerzo por ir haciéndose. Sus mayores éxitos académicos en el bachillerato le vinieron siempre de las humanidades. Su “Sobresaliente en Historia de España”, sus cuatro notables fueron siempre en letras. Y los dos únicos suspensos de su historial le cayeron en Física y Química y en Historia Natural.

            Se licenciaría en Derecho. Estudiaría en las tardes en que el trabajo del Juzgado le dejara en paz. Su padre le orientaría.

            Y, así, a lo valiente, por libre y por su cuenta, viajando hasta la Facultad en las fechas de exámenes, sería licenciado en Leyes.

            Los viajes fueron a Granada.

            Entonces, Blas, a sus diecinueve, descubrió la Vega verde en que cabeceaban los maíces, las cañas, las choperas, también los gigantes blancos de Sierra Nevada extendieron para él allá la cordillera, y el lujo nostálgico de la Alhambra le dio la primera lección de la victoria, la derrota y el sueño de su Pueblo.

Blas Infante. Toda su verdad. Volumen I

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