La cuestión Catalana vista desde lejos.

Tomás Gutier

¿Qué podemos hacer los andaluces para ayudar a la oligarquía catalana en su intento de independencia? Me temo que poco, mejor dicho, nada. Y no es porque no lo intentemos, ya varios líderes de opinión han escrito sesudos artículos de apoyo. Pero es que los andaluces no contamos, en esta cuestión somos invisibles. Y no es algo de ahora, hace ya varios años, un andaluz le preguntaba a un dirigente de la extinta CIU por qué no invitaban a Andalucía en sus reuniones con vascos y gallegos (la conocida Galeusca) y el político catalán le contestó: “porque no nos hace falta, ya tenemos camareros”.

Desde la distancia se ven las cosas borrosas, lo que quita solidez al análisis, pero eso no impide un examen sosegado. Según mi leal saber y entender, estamos ante un divorcio entre dos ricachones, pongamos un banquero corrumpente y un empresario corrumpidero, y ninguno de los dos pone nada de su parte para intentar solucionar el problema. ¿Dónde está el andaluz? Pues…, aunque esté feo señalar, pero el andaluz es el gato de la familia. Podrá decir miau, pero nadie le hará caso. Y al final se quedará con aquel que le toque la casa en el reparto. El gato es así de adaptable y acomodaticio.

Uno de los dos ricachos se quiere separar porque, según dice, paga más impuestos que nadie, el otro le roba y, para colmo, tiene que alimentar al gato que es un flojo y no hace nada positivo. Fijaros bien, en el libro donde se escriba la historia una vez consumada la secesión, quedará para siempre la sentencia: “Nos fuimos porque estábamos hartos de alimentar al gato”. Y eso, comprendan mi protesta, los andaluces no debemos permitirlo. Porque todos los días se levantan de la cama millones de andaluces para ganarse el pan con el sudor de su trabajo. Y a mí, quiero dejar constancia, en los muchos lustros que llevo pisando esta tierra nadie me ha regalado nada y menos los ricachos que están a mil kilómetros.

Aunque les parezca exagerado, todo esto viene de ochocientos años atrás. Concretamente del verano de 1212, cuando leoneses, castellanos, catalanes, vascos, aragoneses, y resto de la zona norte peninsular, se unieron para invadir Andalucía. Y fundaron esta España. Nuestros antepasados, al igual que nosotros ahora, no tuvieron ni arte ni parte, solo pusieron dolor y sangre. No participamos para nada en la unión, si ahora la quieren destruir, tampoco podremos hacer nada.

Pero, fíjense, será por culpa de la empatía a la que somos tan aficionados por estos pagos, pero yo comprendo a los políticos españoles y catalanes. Los primeros no quieren quedar ante la historia como los dirigentes que permitieron la rotura de uno de los Estados más viejo de Europa. Los segundos quieren quedar ante la historia como los dirigentes que crearon un país. No es lo mismo ser presidente de una autonomía que de un estado. Revista a los ejércitos, discursos ante la ONU, tratamiento de Jefe de Estado y, sobre todo, control del poder judicial para que el famoso 3%, y lo que cuela, pueda desarrollarse sin problema alguno. Que un juez resabiado tiene más peligro que el yanqui rubio que vigila el imperio.

Antes de seguir, dejemos tres cosas muy claras. En una pancarta suministrada al pueblo por las organizaciones subvencionadas desde el poder político catalán, se podía leer: “Votar para ser libres”. Uf, difícil. Mezclar voto y libertad parece puñetero. La libertad es otra cosa. Pregunten a los andaluces, cuarenta años votando y cada vez con la libertad más reducida.

Y otra obviedad que es preciso recalcar. Debido al efecto sede, Cataluña es el segundo mayor recaudador de impuestos de España, recaudador, que no pagador, los impuestos se pagan en todo el territorio. Si analizamos bien la cuestión, Cataluña nunca se podrá separar de España, aunque lo contrario es posible. Porque si encendemos la luz y la compañía eléctrica suministradora paga sus  impuestos en Cataluña, si compramos alimentos y lo mismo de lo mismo, si nos recetan unas medicinas y el laboratorio está en Cataluña, si nuestro coche es catalán, si abrimos una cuenta en uno de los mayores bancos de Andalucía y su sede central está en Barcelona, etc., etc., el tema parece claro: Cataluña es la dueña de España. Su PIB, su Renta per cápita, su progreso y demás valores que miden el bienestar y el desarrollo son superiores a la media y no digamos nada si los comparamos con el sur.

Aunque, claro, si no están conformes sobre cómo se encuentran las cosas actualmente, también es algo solucionable: cambiamos de lugar la sede social de las mayores empresas españolas y Cataluña pasará a ser tan pobre y tan poco pagadora de impuestos como Andalucía.

Además, está más que verificado que los razonamientos étnicos, culturales, históricos y demás consideraciones para demostrar lo indemostrable, se basan en falsedades. Pero no se puede negar una verdad: Nadie puede obligar a nadie a ser tu amigo. Si alguien dice me voy, no lo puedes retener. Y ante ese razonamiento no existe opción posible. Por lo tanto, si hay que cambiar la Constitución, cambiémosla. Si hay que hacer un referéndum en todo el Estado, sin miedo, explicándole bien las cosas a la gente, los políticos catalanes podrían llevarse una agradable sorpresa y conseguir lo que no esperaban. Y si hay que poner fronteras, qué remedio, pongámoslas. Aunque ajustando cuentas ¿Eh? Que nadie se vaya de rositas.

De todas maneras, y perdonen de nuevo por llevar la contraria a las mentes sesudas, yo no termino de creerme esta argucia. Los promotores del despropósito saben que sin permiso de Alemania y EE.UU. no tienen nada que hacer. Además, ¿por qué malograr un esfuerzo centenario? Los poderes catalanes llevan siglos laborando para lograr dominar el poder económico en España. Ahora conseguimos que el gobierno central obligue a comprar telas catalanas, luego nos quedamos con la principal fábrica de coches, después se cierra Hitasa, las empresas de distribución extranjeras instalan su sede social en Cataluña, los bancos catalanes se hacen los dueños del cotarro… como dice la canción: des-pa-ci-to. O como dice el adagio: sin prisa, pero sin pausa.

Siglo tras siglo, generación tras generación, luchando para conseguir hacerse los dueños de España y, ahora que lo han conseguido, lo echan todo por la borda. Un día se levantarán y ni pertenecerán a la Unión Europea, ni tendrán moneda, ni Estado Central a quien culpar de todos los males, ni mercado donde ofrecer las mercaderías. Ocuparán en el mundo más o menos el mismo lugar que Andorra, por poné un poné. Parece demasiado duro, demasiado castigo para quienes están acostumbrados a ser los poderosos del barrio.

Tantas familias durante tantos años luchando por un objetivo y, cuando se ha conseguido, una sola generación lo echa todo a perder. Disculpen que sea tan incrédulo, pero no termino de tragármelo. Aquí hay algo que se me escapa, ni el hierático Rajoy ni el dicharachero Puigdemont, me parecen fiables. Como andaluz, como gato escaldado, huyo hasta del agua fría. Porque en la discusión, cuando se enfaden más aún de lo que lo están ahora mismo, alguien acabará dando una patada al gato.

Por eso, quisiera decir a los andaluces que pueden gritar cuanto quieran, pero nadie les va a oír… y mucho menos escuchar. El potaje se está cociendo por otros pagos y no nos van a llegar ni los restos. El gato, ya lo he dicho algo más arriba, no cuenta. Una vez consigan sus objetivos, si te vi de ti no me acuerdo.

Ya lo apuntó Julio Anguita hace bastante tiempo, esto es un choque de trenes. Y lo peor será cuando los daños colaterales alcancen a los pobres que llevan cientos de años esperando junto a la vía para subirse, aunque el joío tren nunca se para.

¿Qué podemos hacer mientras se libra la batalla? Hasta ahora hemos seguido la máxima pitagórica: “Cuando tu patria sea injusta, cual una madrastra, adopta para con ella el partido del silencio”, podríamos cambiarla por el apotegma contenido en nuestro himno: “Andaluces, levantaos, pedid tierra y libertad”. Porque si no, ¿para qué lo cantamos?

No sé si lo he conseguido, pero pretendía hablar sobre Andalucía. ¿El referéndum? Vista la deriva de los acontecimientos, me aterra que los políticos consigan crear una sociedad dividida y enfrentada, los antecedentes históricos presagian terribles consecuencias. Edificar sobre la crispación, el engaño, el egoísmo y el desprecio, es un mal inicio. Ahí tenéis el ejemplo de España, la construisteis sobre la mentira y el interés y ved cómo se encuentra ahora.                                                                                                                                                                                                                                 Tomás Gutier

Negar Andalucía

Cuando el profesor Juan de Mata Carriazo tuvo en sus manos el recién descubierto tesoro hallado en el cerro de El Carambolo, exclamó: “un tesoro digno de Argantonio”. Argantonio y su fabuloso reino de los diez reinos no acababa de nacer allí; aquello confirmaba una existencia conocida y unas costumbres, una forma de vivir. Si el catetismo depredador del Ayuntamiento de Sevilla, bajo el mando del nefasto Monteseirín, arropado en el pacto con I.U., no hubiera destruido los restos de la cimentación y arranque de estructura de un amplio espacio de población tartesia, tendríamos una muestra descriptiva y pedagógica de aquel pueblo y otra prueba de su existencia. Pero aquí la arqueología actuó sin escrúpulos, al servicio de la opción política más inculta.

            ¿O se deshizo la prueba para poder negar el hecho?

            La arqueología es ciencia complementaria de la historia, por más que muchos arqueólogos pretendan erigirse en determinantes de la historia. El arqueólogo es notario y el notario se limita a levantar acta, pero no crea el hecho, simplemente porque el hecho no se puede crear. Las cosas son, independientemente del momento en que puedan ser confirmadas.

            Negar naturaleza a los hechos históricos cuando no están respaldados por un hallazgo arqueológico, sería como negar la existencia de una persona nacida antes del matrimonio de sus padres.

            Negar la existencia de un dato histórico o de una población o civilización, simplemente “porque la arqueología no lo ha confirmado”, es un absurdo despropósito absolutamente acientífico. Por esa regla debería dudarse de la existencia del reino visigodo, de las invasiones mogoles, y de mil hechos más.

            Peor es interpretar los restos arqueológicos según cánones previamente elaborados.

            La arqueología es importantísima, tremendamente útil, en tanto sus descubrimientos confirman, amplían, aportan nuevos datos. Pero el hecho histórico ya existía, con y sin la confirmación arqueológica. Cuando Schulten descubrió la ciudad de Troya, confirmó que Troya había existido, pero no la creó su descubrimiento. Si no hubiera existido no habría podido hallarse.

            Sin embargo en el caso de Andalucía una determinada clase de historiadores y arqueólogos niegan partes importantes de nuestro pasado, basándose en la falta de pruebas arqueológicas. Un comportamiento dual mezquino, pues sólo se da en nuestro caso.

            ¿Cual será el móvil de tamaña manipulación?

            En el caso de Andalucía cada cierto tiempo, de forma cíclica y obstinada, algún arqueólogo ansioso de titulares, niega la existencia de Tartessos y aplica las ciudades, las costumbres, el trabajo, los dioses y los restos arqueológicos a los fenicios. Los mantenedores de la versión histórica oficialista mantienen el mismo débil argumento: “la supuesta falta de restos arqueológicos demuestran la inexistencia de Tartessos”. Aunque, para que falten, se niegan cuando aparecen. Así el tesoro de El Carambolo entra en la megalómana chistera, para salir fenicio.

            La importancia de El Carambolo superó incluso la deducción  de Mata Carriazo: hasta 1958 había varios yacimientos arqueológicos de difícil catalogación: no había dónde, en qué grupo humano o civilización encuadrar, entre otros, Cabezo de San Pedro, Cancho Roano, Carmona, Cerro de San Juan, Colina de los Quemados, El Gandul, La Joya, Mesas de Asta, Munigua, o ya, algo más lejos, Prosérpina -en las inmediaciones de Azuaga- La Aliseda -cerca de Cáceres- de tanto valor como el de El Carambolo; o el de Alcárcel do Sal, en la actual Portugal. El descubrimiento del Tiro de Pichón sevillano permitió dar hilación a estos otros, se constató la relación entre todos ellos y se pudo deducir un origen común.

            Buscar ahora la “orientalización” del tesoro andaluz, es un desatino, o, mucho más grave aún, una gravísima manipulación histórica. Andalucía tiene rasgos orientales, por supuesto; y en Oriente hay rasgos andaluces. Quizá los fenicios tengan algo que ver con esto. Quizá. Por algo se les ha llamado “buhoneros del Mediterráneo”. No eran colonizadores como los griegos; de sus asentamientos, escasos y espaciados, sólo destaca Gadir. Los demás nunca perdieron el apelativo de factorías. En sus recorridos comerciales ponían en contacto ambos extremos del Mediterráneo. Encontrar en Andalucía un objeto hitita o uno andaluz en Asia Menor, no tendría mayor trascendencia, porque podía haber sido llevado de un sitio a otro. Simplemente.

Rafael Sanmartín.

Territorios y Pueblos

De forma recurrente, en las palabras de la mayoría de los políticos y en casi todos los debates en prensa, radio y televisión, se habla a favor o, sobre todo, en contra de los derechos de los territorios, contraponiendo la defensa de estas a la defensa de la igualdad de derechos de las personas. Se trata de una trampa. Como tantas otras veces, las palabras no son inocentes y se utilizan unas u otras según los sentimientos que se quiera alimentar. Lo peor es que en esta trampa caen muchos ingenuos de todos los colores políticos.

Definir a Andalucía, a Cataluña, a Escocia, a Córcega…. como «territorios» es una definición inadecuada y reduccionista que lleva, objetivamente, a negar los derechos que, como Pueblos, tienen los andaluces, los catalanes, los escoceses, los corsos y tantos otros colectivos humanos que no poseen un Estado propio pero que tienen una indudable identidad histórica, una específica identidad cultural y una identidad política que se refleja en la reivindicación de autogobierno.

Es necesario afirmar que, ciertamente, los territorios, por sí mismos, no son sujetos de derechos. Aún más, los territorios no existen, mas allá de sus componentes físicos, separados de su significación cultural e identitaria, si no constituyen un referente identitario de un Pueblo. Otra cosa sería que habláramos de los «derechos de la naturaleza», que sí empiezan a reconocerse aunque ello escandalice a quienes están anclados en la visión clásica judeo-cristiana de «el hombre -en masculino- como rey de la naturaleza».

Los territorios tienen una base material pero han sido modelados por la interacción de las poblaciones que en ellos han desarrollado su existencia a través de siglos. Llegan a ser territorios, y no simples espacios materiales, cuando son dotados de significado identitario; cuando los paisajes, naturales o transformados por el trabajo de generaciones, no son vividos como simples objetos de contemplación o escenarios de actividades sino que forman parte de los sentimientos y del imaginario colectivo.

Así, cuando los andaluces nos referimos, sea con nostalgia, rabia o esperanza, a «nuestra tierra» no lo hacemos simplemente para señalar el lugar físico donde tenemos nuestra vivienda o desarrollamos nuestra actividad, sino que lo hacemos con una fuerte carga identitaria colectiva. Decir «nuestra tierra» equivale a nombrar nuestro hogar como Pueblo: como comunidad histórica y cultural y como sujeto político. Nombrar a «nuestra tierra» es nombrarnos a nosotros mismos, en lo positivo que es preciso defender y en lo negativo que habría que transformar. Así, el espacio físico se convierte en territorio y este en «nuestra tierra» no por virtud de los elementos componentes de ese espacio sino por su conversión en algo emocional, que nos identifica colectivamente.

Por eso  Doñana, o la agreste Sierra Morena, o los olivares de Jaén, o la vega granadina, la Alpujarra o las campiñas, como tantos otros territorios y regiones de Andalucía, son algo emocionalmente «nuestro», mas allá de sus posibles utilidades económicas. Forman parte de nuestro imaginario colectivo como Pueblo.

La «matria» andaluza -algunos preferimos utilizar esta palabra, en femenino, mejor que la de «patria», en masculino, porque esta posee fuertes connotaciones de poder y violencia- tiene a «nuestra tierra» o, si se prefiera, a nuestro territorio como una de sus principales referencias. Pero debe quedar claro que incluso la singularidad del territorio no es explicable solo, ni atribuible sin más, a la orografía, la climatología y otros elementos que componen lo que antes se llamaba «geografía física». El territorio está constituido por la interacción de esos elementos con las culturas que se han desarrollado en su ámbito; en nuestro caso, al menos desde Tartessos y El Algar hasta hoy, que han dado lugar a la cultura andaluza actual, mestiza y singular, que nos define como Pueblo.

Tengo esto en cuenta Susana Días y todos quienes pretendan negar los derechos colectivos de los pueblos (del andaluz, del catalán o de cualquier otro) aduciendo que «las personas deben estar por delante de los territorios» y que estos no pueden ser sujetos de derechos. La utilización del término «territorios» está ocultando la existencia de Pueblos. Y los Pueblos son sujetos colectivos de derechos al mismo nivel que las personas individuales. Es, o debería ser, indisoluble la defensa de la soberanía personal (el derecho de cada persona de poder construir su vida en libertad) con la defensa de la soberanía de los pueblos (el derecho equivalente de los pueblos – naciones).

La sustitución de «pueblos» por «territorios» no es otra cosa que una práctica política perversa con el objetivo de confundir a la gente.

ISIDORO MORENO-

Catedrático Antropología Social.

Publicado en «La Tribuna» de Diario de Sevilla y otros diarios andaluces el 18.08.2017

El ‘SABER VIVIR’ andaluz: Una cultura para la vida

Manuel Delgado

Aunque todavía algunos recalcitrantes pongan en duda su existencia, y aunque otros adopten ahora posiciones revisionistas en cuanto a sus contenidos y significación, es hoy de aceptación generalizada que existe una cultura andaluza que nos diferencia de otros pueblos: que no somos simplemente una variante o apéndice de la cultura castellana.. Otra cosa es que muchos de los contenidos de nuestra cultura sean o no percibidos y valorados adecuadamente que un número muy alto de andaluces puedan estar alienados respecto a ella, o que algunas (o muchas) de sus expresiones nos sean presentadas como rémoras por algunos que se autodefinen como “modernos” o “progresistas”….

Sin duda, algo hemos avanzado desde los tiempos en que Blas Infante se vió obligado a fundamentar Andalucía como realidad histórica y cultural para demostrar que esta existe como pueblo (como nación en términos de la teoría política) [1], o desde  otras épocas, más cercanas, en que algunos intelectuales de izquierda no tuvieron inconveniente en titular algunas de sus reflexiones con la afirmación de que “Andalucía no existe”, en flagrante ejercicio de reduccionismo economicista [2]. Hoy, los negacionistas declarados ya no exhiben su ignorancia o su sectarismo de manera tan abierta: quienes tratan de impedir (hasta ahora con bastante éxito) que los andaluces poseamos la necesaria conciencia cultural y política de ser tales actúan de manera más sofisticada. Ya no niegan frontalmente la existencia de “rasgos culturales diferenciadores” en Andalucía sino que cuestionan su especificidad,  bien aduciendo que Andalucía respecto a otros territorios y poblaciones de la península y de Europa sólo ha tenido un problema de retraso en adquirir las características generales de ellos, habiéndose ya alcanzado una situación normalizada, bien argumentando la necesidad de suprimir o transformar la mayor parte de dichos rasgos al considerarlos negativos para la plena incorporación a la modernidad [3]….

Contrariamente a todas estas posiciones, defiendo que es reafirmándonos en nuestra identidad cultural y desplegando las potencialidades cohesionadoras y emancipatorias de la cultura andaluza como mejor podemos oponernos al avance totalitario y destructor de la globalización capitalista y del pensamiento único neoliberal y cooperar, desde Andalucía, al proyecto de construir un mundo diferente, más justo e igualitario: un mundo sin pensamiento único en el que quepan mil mundos….

En un pequeño libro de síntesis, publicado recientemente, del que somos coautores el profesor Manuel Delgado Cabeza y yo mismo [4], concluíamos, tras exponer las bases de la identidad histórica, la identidad cultural y la identidad política de Andalucía y la triste situación actual periférica y subalterna en lo económico y lo político, que la lógica cultural andaluza y los valores comunitaristas, igualitaristas, solidarios y creativos existentes  en sus valores profundos y en muchas de sus expresiones podrían ser las más eficaces herramientas para avanzar en la construcción de una sociedad estructuralmente diferente a la actual, basada en una economía y un ordenamiento social que estuvieran al servicio de la vida y no del beneficio de una minoría, subalterna de los poderes trasnacionales, a costa de nuestro patrimonio natural y cultural, de los lazos de sociabilidad existentes en nuestra sociedad y de la propia Andalucía como pueblo, sacrificados a los valores hoy sacralizados de la competitividad y de la productividad que están encaminados a la destrucción de cuanto está vivo en la naturaleza y en la cultura….

Es evidente que nos encontramos hoy en Andalucía y en el Estado Español en una profunda crisis que no es sólo económica y política, ni se limita a nuestro ámbito, sino que es parte de una crisis general sistémica a escala planetaria.  En lo que nos afecta más directamente, la “autonomía” creada supuestamente como resultado de la lucha del pueblo andaluz en la calle y en las urnas, desde el 4 de diciembre de 1977 al 28 de febrero de 1980, se ha demostrado una estafa a los objetivos de aquella lucha, que no eran otros que conseguir los instrumentos suficientes de autogobierrno para encarar los muy graves problemas de nuestro pueblo liberando a este de la dependencia económica,  la subalternidad política y la alienación cultural a las que había sido llevado como consecuencia de la organización territorial, económica y política que se nos impuso con la consolidación y desarrollo del sistema capitalista en el estado español a lo largo de los siglos XIX y XX. .  Ninguno de esos gravísimos problemas ha sido resuelto ni se ha dado avance alguno en la “confluencia” con otros territorios, Andalucía apenas si tiene relevancia política en el Estado y su cultura se ha deteriorado de forma importante por los embates tanto de la ideología del nacionalismo españolista (que la niega, descalifica, folkloriza o vampiriza) como de la ideología del globalismo neoliberal (con su pseudocosmopolitismo que aquí es más bien cosmopaletismo).  Desde las propias instituciones de la Junta de Andalucía se procedió a una dinamitación planificada de cuanto habría podido cooperar al avance de la conciencia sobre nuestra identidad cultural y  política: muy pocas veces se alude a Andalucía como pueblo o país, nunca como nación y sí de forma sistemática como región, nuestra historia y nuestra cultura continuó prácticamente fuera del curriculum escolar y universitario para que siguieran siendo  desconocidas por las nuevas generaciones, y los propios medios de información “autonómicos”, como la TV (que ni siquiera tiene en su nombre el de Andalucía) fue utilizada como instrumento de alienación cultural y de publicidad partidista por quienes la tienen a su servicio desde su creación. El diferencial con la media española de nuestra tasa de desempleo, la proporción de familias bajo el nivel de la pobreza y la nueva emigración ahora de jóvenes profesionales, la mayoría de ellos con alta cualificación, son tres indicadores que bastarían para desmentir de forma demoledora, e incluso para ridiculizar, las afirmaciones de que aquí se han producido cambios trascendentales desde principios de los años ochenta hasta hoy. Tenemos la misma, si no mayor, dependencia, subalternidad y alienación y un grado mucho más alto de destrucción de nuestro medio físico, social y cultural que al comienzo del periodo.

Antes de nada, hay que definir con precisión los dos grandes enemigos de Andalucía como pueblo: el nacionalismo de estado español y el capitalismo hoy en su fase de globalización neoliberal. Dos enemigos que están estrechamente aliados como interesados que están en servirse de Andalucía y en que esta continúe a su servicio: en que siga teniendo su función de fuente de materias primas y producciones sin valor añadido, de territorio  para hacer grandes negocios especulativos, de balneario y basurero de España y Europa, y de muro de contención y plataforma de agresión frente a los pueblos africanos y orientales. De ahí que en pocos lugares del mundo como en Andalucía sea más cierto que la lucha social y la lucha nacional son las dos caras inseparables de una misma lucha, de un mismo proyecto emancipatorio.

Para que aceptemos ejercer las funciones anteriores sin poner obstáculos se precisa la destrucción de gran parte de nuestra cultura, de nuestra visión del mundo, de nuestra autoestima, de nuestras tendencias comunitarias e igualitaristas. Que dejemos de ser como somos: que abandonemos el dar mayor énfasis al ser que al tener; que nos avergoncemos de nuestro gusto por las relaciones sociales -familiares, vecinales, de compañerismo, de paisanaje-  y por compartir con otros nuestras tristezas, alegrías y emociones, asumiendo la racionalidad capitalista de que ese es un tiempo improductivo; que dejemos de rebelarnos cuando alguien nos trata con altanería y aceptemos el “realismo” de que somos menos que quienes tienen poder, rehusando a las confrontaciones con estos tanto en el plano de lo real como de lo simbólico; que nos encerremos en el individualismo egoísta o en el familismo estrecho  y mafioso, menospreciando nuestra fuerte tendencia a la sociabilidad solidaria tanto en el  tiempo de trabajo (la unión y el cumplir como valores) como en el tiempo de fiesta y  el tiempo de ocio (que son dos tiempos diferentes pero en los que nos gusta estar juntos sin perder por ello nuestra individualidad).

La lógica cultural andaluza, que es el eje de nuestra identidad como pueblo, no es reductible a los valores de la competitividad y la productividad material contable que son los valores supremos de la lógica del capitalismo neoliberal. Son dos paradigmas incompatibles: uno está orientado hacia la vida, en sus múltiples facetas, y se concreta en lo que podríamos llamar el saber vivir andaluz, el otro tiene como único norte la acumulación de ganancias mediante la destrucción de la vida (social, cultural, natural) y de los valores y expresiones “no rentables”, ya que la vida se reduce a un medio para la consecución de la mayor ganancia. Frente a quienes ven solamente una confrontación política o económico-política en el mundo actual, hay que afirmar que se trata, sobre todo, de un choque de lógicas culturales, de valores, de visiones sobre cuáles son las metas de la existencia  individual y colectiva. Diciéndolo con palabras sencillas, estamos en una confrontación sobre por qué y para qué merece la pena vivir.

En esta confrontación, el saber vivir andaluz se sitúa en el mismo campo paradigmático que otras lógicas culturales de pueblos muy diferentes entre sí (desde los kechwas con su lógica del sumak kawsay y los aymaras con su sumak qamaña hasta diversas lógicas orientales y africanas) pero que tienen como elemento común la resistencia a entrar en el proceso de destrucción de la naturaleza y de las sociedades que implica la modernidad, el desarrollo y  la globalización tal como han sido definidos y operan dentro de la lógica del capitalismo eurocéntrico y androcéntrico.

No estamos solos, pues, en la batalla por no dejar de ser nosotros mismos. Antes al contrario, formamos parte del pluriverso de pueblos que valoran por encima de todo la vida social pero también la vida tal como la expresan todos los otros componentes de la naturaleza. Y la vida espiritual (no necesariamente equivalente a religiosa), tal como se refleja en nuestra obsesión por la belleza, sobre todo expresada en lo que no tiene dimensiones monumentales que aplasten lo humano: en un cante, en un gesto, en una maceta, en un fachada de cal cegadora, en unos ojos, en la sonrisa de un niño… Nuestra mayor fortaleza y nuestros más eficaces instrumentos están en nuestra cultura. Sólo a partir de esta, evitando caer en chovinismos o autocomplacencias pero rechazando también complejos y cosmopaletismos, podremos reconstruir Andalucía como pueblo y luchar por nuestra emancipación  social y nacional. Una lucha social desenraizada de nuestra identidad como pueblo o una lucha soberanista no dirigida a una transformación social radical serían no solamente un gravísimo error sino que llevarían a un fracaso seguro. Y nunca olvidemos –ya insistía en ello Blas Infante- que sin una cultura propia no existe un pueblo. Andalucía dejaría de existir si traicionáramos nuestra lógica cultural tal como quieren que hagamos los publicistas  del nacionalismo español y de la globalización mercantilista.

Manuel Delgado Cabeza.

[1] Blas Infante: Ideal Andaluz. Sevilla, 1915.

[2] Carlos Castilla del Pino: “Andalucía no existe”. La Ilustración Regional nº 4, (1974).

[3] Son exponentes de estas posiciones el documento elaborado en 2003 por diversos “expertos” universitarios y entregado al Parlamento Andaluz por el propio presidente entonces de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves, con el título de La Segunda Modernización de Andalucía, y recientes textos  publicados por el Centro de Estudios Andaluces (el think tank del PSOE) en su actual etapa, sobre todo del historiador Manuel González de Molina y del sociólogo Manuel Pérez Yruela. Es especialmente revelador el reciente texto de este último Un relato sobre identidad y vida buena en Andalucía. Una réplica al primero de los documentos citados puede verse en I. Moreno: “¿Del subdesarrollo a la postmodernidad? La sociedad andaluza y la llamada Segunda Modernización” en J. Hurtado (coord.) Sociología de 25 años de Autonomía. Sevilla, 2004….

[4] Isidoro Moreno y Manuel Delgado Cabeza, Andalucía: una cultura y una economía para la vida. Ed. Atrapasueños, Sevilla, 2013….

 

Fuente : Revista SecretoOlivo

A %d blogueros les gusta esto: