Carta a la corrupción. Libro. Cara y Cruz del Andalucismo.

CARTA A LA CORRUPCIÓN

 

        Despreciable madame: Puede estar usted contenta, campea a sus anchas, domina la situación y el prefijo omni parece creado expresamente para usted: omnipotente, omnímoda, omnipresente… Raro es el lugar y el momento donde sus tentáculos no lo ocupen todo. Puede estar contenta.

 Vivimos en un mundo completamente trastocado. Nada es lo que era y nada parece estar en su lugar. Las vajillas y los electrodomésticos se compran en los bancos, el pan en las gasolineras, la felicidad en los centros comerciales y el éxito con el otro sexo lo garantiza una colonia. Y usted, señora corrupción, por medio, enredándolo todo. Ya sea en una gran ciudad o en el más pequeño pueblo, allí se encuentra usted.

         ¿De quién hablaba don Juan Tenorio cuando recitaba desafiante?: “Por donde quiera que fui, / la razón atropellé, / la virtud escarnecí, / a la justicia burlé, / y a las mujeres vendí. / Yo a las cabañas bajé, / yo a los palacios subí, / yo los claustros escalé, / y en todas partes dejé / memoria amarga de mí.”

         Siempre creímos que lo más corrupto que podía existir era una dictadura, y fíjese… no hay día en que no nos desayunemos con algún escándalo protagonizado por cualquier demócrata de bolsillo. Y a más altura peor. Los grandes ladrones no están, supuestamente, entre los empleados de banca sino en los suntuosos despachos de los directivos. Nos dicen que tal personaje político -fue una de las más altas instancias del país- se parece al aloe vera porque cuanto más se le investiga más propiedades se descubren, y nos reímos, qué chiste más gracioso. Por el este se regalan trajes, por el noroeste charlan en las gasolineras y por el sur se cobran suculentas jubilaciones sin haber trabajado en la empresa. ¡Qué tropa! Y el otro no tuvo bastante con el gran braguetazo, ahora monta organizaciones sin ánimo de lucro, porque el lucro no tiene ánimo y se va de vacaciones a los paraísos fiscales. Y para arreglar la estafa -también llamada crisis- nos proponen recortes en sanidad y en educación. Señora corrupción, hay que reconocerlo, es usted una artista de la impunidad.      

 En una localidad gaditana se presenta a las elecciones municipales un pequeño partido político con una propuesta básica: Los partidos no pueden ser una carga para el municipio, por lo tanto, no a los sueldos de los políticos y no a los cargos de confianza. Consiguen dos concejales y un mes después de las elecciones, uno de los ediles está ganando un opíparo sueldo y el otro se convierte en cargo de confianza del señor alcalde. Hay que quitarse el sombrero con usted, señora, consigue lo que parecía imposible.

               En Valencia gobierna el PP, y el PSOE está escandalizado por los casos de corrupción. En Andalucía gobierna el PSOE, y el PP clama al cielo por el nepotismo y la corrupción imperante. ¿Cómo es posible esto? Los corruptos en un sitio son los honrados en otro, y viceversa. Aunque, pensándolo bien, tienen una cosa en común: en los dos casos la decencia se encuentra en el partido que no ostenta el gobierno. Vemos a ciertas formaciones, como IU, con una honradez acrisolada hasta que llega el poder… y las mariscadas. ¿Qué hacer? Pues la solución parece fácil y está en manos de los ciudadanos: mantener siempre a los partidos políticos en la oposición, así vivirán en un eterno estado de honradez. Y si no podemos, si es obligatorio aguantar que nos gobiernen, al menos tenerlos en el poder el menor tiempo posible.

         Ya lo dijo alguien con doble sentido: común y del humor: “Los políticos y los pañales deben cambiarse de vez en cuando… y los dos por el mismo motivo”.

         ¿Qué podemos hacer con usted, señora? ¿Nos rendimos y le dejamos maniobrar todo lo que quiera? ¿Nos enfrentamos a usted y cuando nos atropelle nos retiramos a un rincón para lamernos las heridas? La verdad, estamos desconcertados, sabemos que debe tener un punto flaco, algún talón de Aquiles, pero no sabemos cual, lo que le da ventaja. Vale, usted gana, nos rendimos, pero sepa que algún día descubriremos cómo combatirla. Y se va a enterar.   

Autor: Tomás Gutier.

Libro «Cara y Cruz del Andalucismo» (Autores: Tomas Gutier/Manuel Ruiz)

Carta a los políticos profesionales

Tomás Gutier

CARTA A LOS POLÍTICOS PROFESIONALES.

            En España, para ser alcalde de una ciudad no se necesita nada, ni siquiera haber ganado las elecciones. Presentarse a los comicios y conseguir representación, es el único escollo con alguna dificultad. A continuación, algo de palabrería, mucha demagogia, manipular, comprar y vender voluntades… y ya se puede manejar el enorme presupuesto municipal sin cortapisa alguna. Sin embargo, para ser barrendero de esa misma ciudad es necesario pasar un exhaustivo examen.

            Luego, nos extraña leer en los periódicos que ciertos políticos, después de una gestión nefasta que ha dejado en bancarrota al país, a la autonomía o al municipio, se marchan a su casa con un patrimonio muy superior al que tenían cuando accedieron a la presidencia o la alcaldía, sin necesidad de dar cuenta de su gestión y sin obligación alguna por lo que han hecho o han dejado de hacer. Nadie ha exigido responsabilidades por el incumplimiento de muchos programas de gobierno que, en teoría, debieron llevarse a cabo.

            Y es que la democracia ha sido ingenua al creer que no se iban a aprovechar de ella. Por eso, nunca hemos establecido mecanismos de control, responsabilidades y obligaciones, de forma que, no sólo se ha deteriorado el noble ejercicio del servicio público en aras de un bien común, sino que la distancia entre los ciudadanos y sus representantes se ha vuelto insalvable. ¿O quizás perseguían eso?.

            ¿Quién tiene la culpa de esta situación?. Por supuesto, sin duda y aunque duela: el pueblo que lo consiente. ¿Por qué les damos casta blanca?. Los políticos corruptos únicamente se aprovechan de nuestra dejadez  de nuestra miseria. Esos que con su mafiosa forma de actuar han conseguido ocultar al honrado y trabajador representante público. Los que han hecho todo lo posible para que la ciudadanía desprecie la política como si no fuese cosa del pueblo, o la deje en las sucias manos de los negociantes de ilusiones, acosadas por los mercaderes de programas e ideologías.

            Los políticos nunca han traído cambios positivos, y cuando han realizado alguna modificación ha sido a favor de sus intereses y en contra de los ciudadanos que representan. Los cambios sociales profundos los han hecho el pueblo, una parte del pueblo. Esa minoría que ha cuestionado el status vigente y ha luchado hasta dar la vida por unos ideales, posibilitando los avances sociales, las garantías cívicas, la paz y la libertad.

            Porque se nos llena la boca cuando decimos que en este país vivimos bajo una Constitución que nos iguala a todos. ¿Nos iguala? ¿A todos? Hay un señor que ni siquiera tiene que responder ante la ley, está por encima de ella. Y otra ley nos permite acceder a una jubilación bajo ciertas condiciones, condiciones que son diferentes para los políticos. No es lo mismos ser enjuiciado en su quehacer ciudadano teniendo el título de político que no teniéndolo. Y se adquiere el derecho a una prestación por desempleo de manera distinta si se es político que si no se es. Sanidad publica, ¿los políticos esperan su turno en los hospitales públicos cuando han de ser operados?. Educación Pública, ¿los hijos de los políticos van a colegios públicos o privados? Ellos hacen las leyes, ellos dictan las normas. Les dejamos hacer sin control alguno, y por supuesto no son tontos, nadie escupe hacia arriba. Por eso, los políticos dictaminan que una familia puede vivir con menos de setecientos euros al mes mientras ellos cobran un sueldo diez, quince o veinte veces superior.

            En este país y hasta la muerte del dictador, las posiciones estaban meridianamente claras. Se distinguía plenamente al totalitario del demócrata y al dictador del liberal. La izquierda en su lado, la derecha en el suyo. Luego vinieron los políticos profesionales, aquellos que han hecho del poder una cuestión personal (quienes más nos liaron fueron los socialistas –cien años de honradez, decían- los demás ocupaban más o menos su lugar) y todo de alteró. Con un discurso demócrata, igualitario y “talantero”, se pudieron efectuar acciones antidemocráticas, hasta el extremo de alcanzar el terrorismo de Estado, mermar la libertad y cercenar los derechos cívicos.

            La partitocracia se adueñó de la política, vició el sistema de partidos y ya no existían los interese comunes sino los personales. Convirtió los tres poderes clásicos en uno solo. Y adormeció con nanas de solidaridad a la sociedad civil. O la secuestró para sus intereses de partido, al igual que hiciera con la misma libertad de expresión y con los medios de comunicación como otra exigencia imprescindible para una sociedad libre.

            Y ahí se encuentra el problema. No tenemos claro qué baremo deben cumplir nuestros representantes en los órganos legislativos. Les votamos porque nos caen mejor, porque nos engañan más o porque nos prometen con más gracia, y  luego, aquellos que hemos elegido nos desprecian. El político desea que le admiren, sin darse cuenta de que lo importante es que le respeten y le aprecien. En su mayor parte nos hacen aborrecer la política durante los cuatro años de legislatura, justo hasta el momento preciso, hasta que las técnicas de publicidad y la mercadotecnia nos convencen de votar a sus siglas antes de que ganen las otras. No nos dejan estudiar más opciones, confiar en otras personas, leer más programas… y por supuesto, descubrir entre ellos la necesidad de más presencia de Andalucía y de andaluces horados en las esferas de gestión política. Más importante aún que solucionar la crisis económica es la regeneración de la vida pública, como factor de confianza en quienes nos gobiernan.

            Pueden ustedes verlo, señores políticos, el mismo lío que nos hemos formado escribiendo esta carta lo tenemos a la hora de valorarles. Teóricamente se les nombra para defendernos, pero mal deberán hacerlo cuando vamos como vamos. Si un entrenador no consigue los objetivos propuestos deberá abandonar el club si un directivo no consigue los resultados prometidos deberá dejar su puesto en la empresa.. A los profesionales que no cumplen normas se les inhabilita. Es lo normal. Sin embargo ustedes se enrocan en el sillón y sólo lo abandonan cuando su partido les obliga.

            Ya sabemos que el pueblo os lo aguanta todo. Pero… ¿podrían tener un arranque de honradez y dignidad, dimitiendo por no cumplir con su trabajo y no hacer realidad lo prometido en su programa electoral?

Autor: Tomás Gutier.

Libro: Cara y Cruz del Andalucismo (Autores: Tomás Gutier/Manuel Ruiz)

Carta a los Partidos Políticos.

Tomás Gutier

CARTA  A LOS PARTIDOS POLITICOS.

 

Podrá parecer una insensatez al escribir una carta a una entidad, a algo que ni tiene corazón, ni razona, ni siente, ni padece. Pero, tal como están las cosas, se hace necesario dirigirnos también a esos monstruosos entes, devoradores de libertades, ilusiones, voluntades e iniciativas. Parecen tomar decisiones propias, decisiones que nos afectan como personas en lo individual y como ciudadanos en lo común, por eso, reclamamos de ellos un poco de atención ya que existen en función del votante. Máxime, cuando se dice que son la esencia del pluralismo político y paradójicamente, en muchos casos, actúan de la manera más dictatorial. Ya sea dentro de su organización como ante la sociedad misma, dan la espalda a las promesas que nos habían ofrecido para reclamar nuestra atención y voto. Y aunque sólo fuera por la importancia que le otorga la Constitución, tantas expectativas rotas bien merecen estas líneas.

            Cuando finalizó la dictadura franquista, se analizaron concienzudamente las causas que nos llevaron al tremendo desastre de la guerra civil en 1936, tras el golpe de estado anticonstitucional. Las grandes diferencias sociales, el odio interclasista, la sima entre obreros y empresarios, las conspiraciones militares, la endogamia del sistema… todas ellas, procuraron corregirse y matizarse para intentar un periodo de convivencia dilatado en el tiempo y continuando con normalidad.

            Aunque hubo una causa que, por negligencia o indolencia, vaya usted a saber, ni se corrigió, ni se intenta corregir. A lo peor fue por interés por decisión tomada a sabiendas de lo que se hacía. Pero la realidad es que la partitocracia, ese culto al sistema de partidos de forma enfrentada a la sociedad civil, esa sumisión exacerbada al dios partido, fue una de las causas, aunque no la única, que hicieron posible el enfrentamiento, a contra natura, en una contienda que, aún hoy, nos llena de vergüenza. Y esa vieja y deleznable partitocracia sigue vigente aún y con más vida que nunca, dando armas y argumentos al totalitarismo.

            Los partidos políticos no nacieron espontáneamente, surgieron de la necesidad organizativa de personas con una sensibilidad común que percibieron la posibilidad de unirse para tener más fuerza y poder difundir sus ideales. Para resistir así y transformar cuestiones que entendían necesario mejorar. El paso por las instituciones no era un fin, sino un instrumento más en el mecanismo social encaminado a cambiar las mentalidades y alcanzar lo que cada uno entendía como progreso y modernidad. El ejercicio del poder era sólo un medio para alcanzar ideales.

            Eso fue hace ya muchos años. Hoy podemos comprobar que han variado poco, aunque sustancialmente. A lo largo del siglo XX, en la medida que las aspiraciones de los movimientos sociales y obreros han ido consolidándose, a la vez que las instituciones se han afianzado y sus aparatos administrativos se han prodigado, torcieron sus ideales y su capacidad de servicio al bien público. Por ello, les acusamos de haber secuestrado a su conveniencia a una sociedad civil indefensa y hasta que su financiación deje de sustentarse en el sueldo de sus representantes públicos, los ciudadanos estamos condenados a subvencionarlos indirectamente.

            En teoría,  los partidos políticos deberían ser los principales mediadores entre la sociedad civil y el Estado. El filósofo italiano Giovanni Sartori los definió de manera precisa: “Los partidos son conductos de expresión, son un instrumento que representa al pueblo al expresar sus exigencias. Los partidos no se desarrollaron para comunicar al pueblo los deseos de las autoridades, sino para comunicar a las autoridades los deseos del pueblo”.

            Sin embargo, y para nuestra desgracia, la realidad contradice diariamente a esta perfecta teoría. Actualmente las organizaciones políticas se han convertido en una estructura cerrada y difícilmente movible, un coto hermético donde apenas queda representada la voz del ciudadano, primando el interés del colectivo ideológico y social –siempre circunstancial- que lo configura y, sobre todo, recibiendo la imposición de un cuadro dirigente o de un líder con sus propios intereses que se encuentran muy alejados no ya del pueblo, sino de sus mismas bases.

            Aún así, lo más preocupante resulta ser el papel de la Sociedad Civil, relegada a ejercitar un triste voto cada cuatro años para elegir el partido más afín a sus ideas (suponiendo que exista alguno). Las organizaciones políticas monopolizan, no ya sólo la forma de pensar, sino también la forma de actuar y sentir de la sociedad. El pueblo no tiene acceso directo al poder ejecutivo o legislativo (poderes que le dominarán totalmente y gobernarán su vida), si no es a través de un partido y de la supeditación a sus intereses, exigencias y disciplina.

            Frustración, melancolía, desánimo… la sociedad va decayendo, la apatía se apodera de los ciudadanos y únicamente quienes se atreven a gritar “no nos representan” guardan entre ellos el suficiente ánimo para pensar que “otra sociedad es posible”.

            Qué duda cabe que el sistema de partidos políticos forma parte del desarrollo democrático. Hablar de democracia y, por ende, de organizaciones políticas, es algo natural y lógico. Pero debe quedar muy claro que en absoluto tienen el monopolio. Política es el arte del bien común, dijo Platón. O como nos recordó Infante, los políticos deben ser similares a los educadores y las instituciones, escuelas en las que aprender. Por eso nos hemos dirigido a usted, señor partido, o lo que sea, para hacerle ver lo que usted no quiere ver para hacerle meditar. La partitocracia provoca un daño enorme a la sociedad que dice defender. El beneficio de unos pocos, muy pocos, nos destroza como personas, nos aburre en el presente y nos desengaña para el futuro.

            Y nos rebelamos al ver que vuestras posiciones particulares u orgánicas priman siempre sobre los intereses ciudadanos. Que habéis hecho del posibilismo pragmático una justificación a vuestros olvidos electorales y de vuestros afiliados una estructura militarizada donde “quien se mueve no sale en la foto”. Habéis convertido la diginidad de tener el carné de un partido político en una tarjeta Visa con crédito ilimitado. Sois muy culpables de la desmovilización, de la apatía que nos rodea  y, sobre todo y esto es lo más preocupante, de que muchos ciudadanos entiendan la corrupción como algo consustancial a lo que debe ser un generoso acto de servicio público. Y lo que es peor aún si cabe: habéis alentado a los corruptos, mezquinos y miserables a entrar en política para enriquecerse de manera rápida y sin problemas. El franquismo, el observar las actitudes franquistas e inhumanas de quienes se creían una “unidad de destino en lo universal” creó demócratas, ¿qué estáis haciendo ustedes?

            La partitocracia, en su sentido más perverso, destruye la convivencia, y mientras gritemos en las calles y plazas aún habrá solución, lo malo, lo peligroso, es que su actitud provoque conciliábulos de “salvapatrias”, seguros de que la democracia es la culpable de todos los males y convencidos de su misión divina.

¿Les suena?

Autor: Tomás Gutier.

Libro «Cara y Cruz del Andalucismo» (Autores: Tomás Gutier/Manuel Ruiz)

Carta a nuestros representantes en las Cortes españolas y en el Parlamento de Andalucía.

Tomás Gutier

Llevamos ya muchas elecciones enviando casi cien andaluces a las Cortes españolas y votando a más de cien para el Parlamento de Andalucía. Y nuestra nación sigue la última de toda España. ¿ Para qué nos sirven?

¿Representan al pueblo andaluz o al partido que les colocó en el lugar adecuado para salir elegidos?. ¿A quién deben mostrar agradecimiento?.

Por eso, cuando llega el momento de decidir, no piensan en Andalucía sino en su propio interés y en el de la formación que les ordena lo que deben hacer. Ni cuenta la ideología, ni cuenta el sentimiento, ni la ética, ni la razón. Con las cosas de comer no se juega.

Y en una pared de un pueblo andaluz apareció esta pintada: «Votar no cambia nada. Si cambiara algo, estaría prohibido».

Esa es la percepción ciudadana: votar no sirve para nada, y en consecuencia, todos los políticos son iguales. Y confundiendo partidos políticos con democracia -igual que si confundiéramos a Dios con las religiones- hay quién pregona la inutilidad de vivir en un régimen democrático.

Y hablando de religiones, ¿se acuerdan ustedes de aquellas recolectas mediante huchas en el mes de octubre dedicadas a pedir limosnas para los negritos? Aunque sea moneda a moneda, en aquellas huchas con cabezas de barro, y durante decenios, habremos recogido dinero suficiente para arreglar algo, pues no, los negritos de ahora se tienen que jugar la vida en el estrecho para conseguir, siquiera, comer. Al menos quienes promovieron aquellas cuestaciones  han tenido la vergüenza de quitarlas, ya no se ve a los niños pidiendo por las calles. Y es que si algo no vale…

¿Cuántos años llevamos enviando parlamentarios a Bruselas, Madrid o Sevilla?. ¿Se ha hecho todo lo que se podía hacer?

Podríamos tener la tentación de pensar igual que la pintada: Votar no cambia nada», pero nos equivocaríamos, votar es lo único que cambia las cosas, pero es necesario que nosotros las cambiemos. Cambiar todo, las leyes, las formas, los parlamentos y, por supuesto, los parlamentarios. Que constantemente noten cómo se les mueve la silla.

Por eso, señores representantes del pueblo andaluz, nos hemos permitido enviarles esta carta. Ustedes son el símbolo de un pueblo altivo, serio, trabajador, con historia y con cultura. Un pueblo sometido y humillado pero nunca doblegado. Representan algo muy superior a sus partidos, siglas o líderes. Y deberían estar a la altura de las circunstancias. Tener la misma categoría que el pueblo representado. Porque un día, ese pueblo despertará, os pedirá cuentas, y, puede ser, que os encontréis como las huchas de la cuestación: obsoletos.

Autor: Tomás Gutier.

Libro «Cara y Cruz del Andalucismo» (Autores: Tomás Gutier/Manuel Ruiz)

La cuestión Catalana vista desde lejos.

Tomás Gutier

¿Qué podemos hacer los andaluces para ayudar a la oligarquía catalana en su intento de independencia? Me temo que poco, mejor dicho, nada. Y no es porque no lo intentemos, ya varios líderes de opinión han escrito sesudos artículos de apoyo. Pero es que los andaluces no contamos, en esta cuestión somos invisibles. Y no es algo de ahora, hace ya varios años, un andaluz le preguntaba a un dirigente de la extinta CIU por qué no invitaban a Andalucía en sus reuniones con vascos y gallegos (la conocida Galeusca) y el político catalán le contestó: “porque no nos hace falta, ya tenemos camareros”.

Desde la distancia se ven las cosas borrosas, lo que quita solidez al análisis, pero eso no impide un examen sosegado. Según mi leal saber y entender, estamos ante un divorcio entre dos ricachones, pongamos un banquero corrumpente y un empresario corrumpidero, y ninguno de los dos pone nada de su parte para intentar solucionar el problema. ¿Dónde está el andaluz? Pues…, aunque esté feo señalar, pero el andaluz es el gato de la familia. Podrá decir miau, pero nadie le hará caso. Y al final se quedará con aquel que le toque la casa en el reparto. El gato es así de adaptable y acomodaticio.

Uno de los dos ricachos se quiere separar porque, según dice, paga más impuestos que nadie, el otro le roba y, para colmo, tiene que alimentar al gato que es un flojo y no hace nada positivo. Fijaros bien, en el libro donde se escriba la historia una vez consumada la secesión, quedará para siempre la sentencia: “Nos fuimos porque estábamos hartos de alimentar al gato”. Y eso, comprendan mi protesta, los andaluces no debemos permitirlo. Porque todos los días se levantan de la cama millones de andaluces para ganarse el pan con el sudor de su trabajo. Y a mí, quiero dejar constancia, en los muchos lustros que llevo pisando esta tierra nadie me ha regalado nada y menos los ricachos que están a mil kilómetros.

Aunque les parezca exagerado, todo esto viene de ochocientos años atrás. Concretamente del verano de 1212, cuando leoneses, castellanos, catalanes, vascos, aragoneses, y resto de la zona norte peninsular, se unieron para invadir Andalucía. Y fundaron esta España. Nuestros antepasados, al igual que nosotros ahora, no tuvieron ni arte ni parte, solo pusieron dolor y sangre. No participamos para nada en la unión, si ahora la quieren destruir, tampoco podremos hacer nada.

Pero, fíjense, será por culpa de la empatía a la que somos tan aficionados por estos pagos, pero yo comprendo a los políticos españoles y catalanes. Los primeros no quieren quedar ante la historia como los dirigentes que permitieron la rotura de uno de los Estados más viejo de Europa. Los segundos quieren quedar ante la historia como los dirigentes que crearon un país. No es lo mismo ser presidente de una autonomía que de un estado. Revista a los ejércitos, discursos ante la ONU, tratamiento de Jefe de Estado y, sobre todo, control del poder judicial para que el famoso 3%, y lo que cuela, pueda desarrollarse sin problema alguno. Que un juez resabiado tiene más peligro que el yanqui rubio que vigila el imperio.

Antes de seguir, dejemos tres cosas muy claras. En una pancarta suministrada al pueblo por las organizaciones subvencionadas desde el poder político catalán, se podía leer: “Votar para ser libres”. Uf, difícil. Mezclar voto y libertad parece puñetero. La libertad es otra cosa. Pregunten a los andaluces, cuarenta años votando y cada vez con la libertad más reducida.

Y otra obviedad que es preciso recalcar. Debido al efecto sede, Cataluña es el segundo mayor recaudador de impuestos de España, recaudador, que no pagador, los impuestos se pagan en todo el territorio. Si analizamos bien la cuestión, Cataluña nunca se podrá separar de España, aunque lo contrario es posible. Porque si encendemos la luz y la compañía eléctrica suministradora paga sus  impuestos en Cataluña, si compramos alimentos y lo mismo de lo mismo, si nos recetan unas medicinas y el laboratorio está en Cataluña, si nuestro coche es catalán, si abrimos una cuenta en uno de los mayores bancos de Andalucía y su sede central está en Barcelona, etc., etc., el tema parece claro: Cataluña es la dueña de España. Su PIB, su Renta per cápita, su progreso y demás valores que miden el bienestar y el desarrollo son superiores a la media y no digamos nada si los comparamos con el sur.

Aunque, claro, si no están conformes sobre cómo se encuentran las cosas actualmente, también es algo solucionable: cambiamos de lugar la sede social de las mayores empresas españolas y Cataluña pasará a ser tan pobre y tan poco pagadora de impuestos como Andalucía.

Además, está más que verificado que los razonamientos étnicos, culturales, históricos y demás consideraciones para demostrar lo indemostrable, se basan en falsedades. Pero no se puede negar una verdad: Nadie puede obligar a nadie a ser tu amigo. Si alguien dice me voy, no lo puedes retener. Y ante ese razonamiento no existe opción posible. Por lo tanto, si hay que cambiar la Constitución, cambiémosla. Si hay que hacer un referéndum en todo el Estado, sin miedo, explicándole bien las cosas a la gente, los políticos catalanes podrían llevarse una agradable sorpresa y conseguir lo que no esperaban. Y si hay que poner fronteras, qué remedio, pongámoslas. Aunque ajustando cuentas ¿Eh? Que nadie se vaya de rositas.

De todas maneras, y perdonen de nuevo por llevar la contraria a las mentes sesudas, yo no termino de creerme esta argucia. Los promotores del despropósito saben que sin permiso de Alemania y EE.UU. no tienen nada que hacer. Además, ¿por qué malograr un esfuerzo centenario? Los poderes catalanes llevan siglos laborando para lograr dominar el poder económico en España. Ahora conseguimos que el gobierno central obligue a comprar telas catalanas, luego nos quedamos con la principal fábrica de coches, después se cierra Hitasa, las empresas de distribución extranjeras instalan su sede social en Cataluña, los bancos catalanes se hacen los dueños del cotarro… como dice la canción: des-pa-ci-to. O como dice el adagio: sin prisa, pero sin pausa.

Siglo tras siglo, generación tras generación, luchando para conseguir hacerse los dueños de España y, ahora que lo han conseguido, lo echan todo por la borda. Un día se levantarán y ni pertenecerán a la Unión Europea, ni tendrán moneda, ni Estado Central a quien culpar de todos los males, ni mercado donde ofrecer las mercaderías. Ocuparán en el mundo más o menos el mismo lugar que Andorra, por poné un poné. Parece demasiado duro, demasiado castigo para quienes están acostumbrados a ser los poderosos del barrio.

Tantas familias durante tantos años luchando por un objetivo y, cuando se ha conseguido, una sola generación lo echa todo a perder. Disculpen que sea tan incrédulo, pero no termino de tragármelo. Aquí hay algo que se me escapa, ni el hierático Rajoy ni el dicharachero Puigdemont, me parecen fiables. Como andaluz, como gato escaldado, huyo hasta del agua fría. Porque en la discusión, cuando se enfaden más aún de lo que lo están ahora mismo, alguien acabará dando una patada al gato.

Por eso, quisiera decir a los andaluces que pueden gritar cuanto quieran, pero nadie les va a oír… y mucho menos escuchar. El potaje se está cociendo por otros pagos y no nos van a llegar ni los restos. El gato, ya lo he dicho algo más arriba, no cuenta. Una vez consigan sus objetivos, si te vi de ti no me acuerdo.

Ya lo apuntó Julio Anguita hace bastante tiempo, esto es un choque de trenes. Y lo peor será cuando los daños colaterales alcancen a los pobres que llevan cientos de años esperando junto a la vía para subirse, aunque el joío tren nunca se para.

¿Qué podemos hacer mientras se libra la batalla? Hasta ahora hemos seguido la máxima pitagórica: “Cuando tu patria sea injusta, cual una madrastra, adopta para con ella el partido del silencio”, podríamos cambiarla por el apotegma contenido en nuestro himno: “Andaluces, levantaos, pedid tierra y libertad”. Porque si no, ¿para qué lo cantamos?

No sé si lo he conseguido, pero pretendía hablar sobre Andalucía. ¿El referéndum? Vista la deriva de los acontecimientos, me aterra que los políticos consigan crear una sociedad dividida y enfrentada, los antecedentes históricos presagian terribles consecuencias. Edificar sobre la crispación, el engaño, el egoísmo y el desprecio, es un mal inicio. Ahí tenéis el ejemplo de España, la construisteis sobre la mentira y el interés y ved cómo se encuentra ahora.                                                                                                                                                                                                                                 Tomás Gutier

Carta al Pueblo Andaluz.

Tomás Gutier

                Quisiéramos  escribirle esta carta a una dama querida: Andalucía, pero nos han dicho que, aunque se le ve, no existe. Por ello, nos permitimos enviarla a alguien que, aunque no se le ve, parece que existe: el pueblo Andaluz.

                A ese pueblo capaz  de las mayores grandezas y las peores miserias. El pueblo pobre en tierra rica, o como dijo Blas Infante, más valorado por extranjeros que por algunos españoles. El pueblo que trabaja y acepta que le llamen holgazán. El pueblo que domina mientras se deja dominar. El pueblo que inventó la palabra baladí, porque siempre piensa que es mejor lo que viene de fuera. El pueblo de las tres religiones y una sola cultura. El pueblo que reza cantando mientras grita su desesperación. El pueblo que llora mientras canta. El pueblo que ha adorado a todos los dioses…..¿A quién reverenciáis ahora?.

                Ahora os equivocáis. Habéis pasado de crecer, y crear, grandes mitos, de hacer vuestro propio credo, a venerar un dios falso. Vuestro señorito andaluz no existe. En Andalucía nunca ha habido señoritos, es algo importado. Nos llegó junto a los “reconquistadores”, con la inquisición, el autoritarismo y la imposición. En Andalucía hay jornaleros, trabajadores de siempre, gente orgullosa de su labor y de su creatividad. Ese elemento altivo y arrogante, ese terrateniente que se vanagloria de vivir sin trabajar, nos vino de afuera, nos lo trajo una cultura impuesta a sangre y fuego de intolerancia. Y vosotros, que os lo creéis todo, lo habéis asumido. Y como ya nos veis al señorito a caballo, adoráis a otro que apareció tres décadas atrás con traje de pana y ahora lleva camisas de diseño. No escarmentáis.

                Deberíais conocer vuestra historia y descubrir que no siempre fuimos así. Constituimos una gran sociedad civil que intercambiaba entre sí y con otros pueblos el fruto de su trabajo y sus conocimientos. Un pueblo orgulloso que mandaba y dominaba sin dejarse avasallar por sus gobernantes. Pero nuestra forma de ser cambió con la conquista. Nos imbuyeron las costumbres de los invasores y de estar satisfechos con nuestro trabajo hemos pasado a pensar que lo mejor es no trabajar, como hace el señorito. Pero en realidad, no somos así, como tampoco  somos ese pueblo “universal” que proclaman, o, al menos, no esa  clase de “universalidad” que significa preocuparse por todo sin hacer nada por nadie. Ni siquiera por nosotros mismos. Ese sufrir por el  hambre en África mientras nuestro vecino pasa penalidades… sin solucionar ni lo uno ni lo otro.

                No somos como nos pintan. Tampoco somos seres indolentes, carentes de la menor sensibilidad ante el dolor, la pobreza en todos sus perfiles, la pena…, de lo contrario, nos acercaríamos a la muchedumbre como meros individuos movidos solo por instintos animales: como bestias. No, no lo somos, tenemos una gran sensibilidad ante las personas, capacidad de comunicación, agilidad mental y culto a la belleza por las cosas bien hechas. Eso sí: si un día nos descubrimos a nosotros mismos, quedaremos asombrados. Mientras tanto, dejamos que la anestesia nos invada. Sin darnos cuenta de que la política es algo demasiado importante como para dejarlo en manos de los partidos políticos.

                No hablamos ya de que Andalucía carezca de protagonismo –en la historia reciente nunca lo ha tenido-, es que ya no es ni espectadora. Andalucía duerme en su butaca y cuando escucha algún ruido, algún murmullo, se despierta y aplaude. Sin saber a quién, sin saber a qué. Aplaude, llora o ríe y de nuevo se sumerge en su sopor.

                Difícil está la cosa, si no reaccionamos cuando Blas Infante nos gritó: “He visto esta tierra entregada a los aventureros de la política, advenedizos que vinieron  de fuera y han convertido a sus pueblos en granjas explotadas por Madrid”, tampoco ahora despertaremos del letargo.

En la carta anterior, insensatamente y cometiendo un pecado, hemos retado y amenazado a España. De ti, pueblo Andaluz, depende que nos tomen en serio. ¿Estás ahí?

Autor: Tomás Gutier.

Libro «Cara y Cruz del Andalucismo» (Autores: Tomas Gutier/Manuel Ruiz)

Carta a España o las Españas.

Tomás Gutier

Nos dicen que usted es la madre patria. ¿Qué es eso? ¿Madre y padre a la vez?. Aunque da lo mismo, ya sea nuestra madre, o nuestro padre –o nuestras madres y nuestros padres, quien sabe-, nos quiere usted muy poco, o mejor dicho, y perdone, nada, a Andalucía no la quiere absolutamente nada.

            Ninguna madre, con un mínimo amor por su hijo, aunque sea el más endeble y feo de la familia, lo mantiene apartado y el último en todo. Sin embargo, usted lleva siglos despreciando a una de sus supuestas hijas. El mejor traje se lo da al primogénito, el mejor plato se lo da a la niña que se queja y gruñe, la mejor cama la cede a su niño preferido porque si no se enfada… Y a la niña andaluza, a la escuálida niña que ni siquiera protesta, le da las sobras y la deja siempre la última.

            No sé si conoce lo que un día escribió Blas Infante en un Manifiesto  publicado en la ciudad de Córdoba el año 1919. Le ruego que no se moleste por lo que viene a continuación, es el dolor de un andaluz convencido de la necesidad de luchar por unos ideales consciente del momento histórico que vivía y asumiendo responsabilidad ante su pueblo.

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Diez de agosto. Muerte de Blas Infante.

Tomás Gutier

DIEZ DE AGOSTO: MUERTE DE BLAS INFANTE

 

Aquel verano duró un largo invierno, como recuerda la historiadora Alicia Domínguez. Y no es solo que media España muriera durante tres años de la otra media, sino que la represión que siguió a la sublevación militar de 1936 llega hasta hoy mismo, cuando siguen empeñados en reprimirnos la memoria y el derecho, incluso, a recobrar los restos de sus víctimas.

Así que, cuando se cumplen ocho décadas también de  aquellas terribles cabañuelas de agosto en las que el fascismo español  pasó por las armas a Blas Infante, es hora de darle vida a su pensamiento antes de que simplemente sobreviva el de sus verdugos; una ideología basada en la fuerza y en la exclusión, con la  que entonces vencieron a los vencidos como canta Pedro Guerra y con la que hoy, tanto tiempo después, nos están ganando de nuevo la batalla del imaginario, en el mundo, en Europa, en España y en Andalucía.

Nadie asegura que Blas Infante tuviera carisma, pero tenía decencia. Era el hombre gris, el transeúnte, que un día decide convertirse en ciudadano y pelear por sus sueños, ya fuera camino de la tumba de Almutamid en el remoto Marruecos o en el ideal al que le puso el nombre de su tierra. Quizá por eso lo mataron. Porque era una persona sencilla, capaz de concebir utopías complejas. En la España de Queipo de Llano, de Francisco Franco, de los obispos con el brazo en alto y del nacionalsindicalismo de José Antonio Primo de Rivera, ser como era Blas Infante se había convertido en un delito.

Ellos basaron su poder en  la dialéctica de los puños y de las pistolas, alentaron las violaciones, los secuestros de niños, el paredón sumarísimo, el exilio y la cárcel. Blas Infante, sin embargo, construía sus ideas a partir de las emociones, pero sobre todo a a partir de la cultura. Y la cultura era, entonces, y lo sigue siendo hoy, tan peligrosa como la gente sencilla.

«Yo sé que el camino es largo y lleno de incomprensión y dificultades –escribió el que luego llamamos padre de la patria andaluza–, pero sabed que a cada hombre que le hagáis llegar a conocer la historia de Andalucía; la personalidad de sus gentes, la manera de ser y entender la vida y la forma, sobre todo, de expresarla y desarrollarla, será una piedra firme de ese edificio que entre todos los andaluces, sin política falsa, sino con actuación legítima del querer hacia el pueblo, tenemos que levantar limpiamente y hacerlo relucir, con los valores que son propios de nuestra cultura, para ejemplo de esta humanidad perdida, hoy, en el caos de su conformismo”.

Y añadió Blas Infante: “Será, será entonces, cuando todos los andaluces conozcan su verdadera historia,  cuando logremos llegar a obtener el poder necesario para exigir el respeto a nuestra personalidad, tan diferente de aquella que tratan de imponernos y, en cierta forma, la han hecho asimilar a nuestro desgraciado pueblo, indefenso y perdido, entre ambiciones de todo tipo, económicas, políticas y hasta culturales, tratando de matar previamente la nuestra…».

Cuando escribió el himno de Andalucía, Blas Infante lo terminó diciendo “Sean por Andalucía libre, Iberia y la humanidad”. Más allá de una idea de España, Blas Infante tenía una idea de la península ibérica en su conjunto, que se aproxima mucho a la creencia que luego sostuvo, durante media vida, José Saramago. En el tiempo crucial al que ahora nos enfrentamos, debemos tener también una clara idea sobre nuestra  tierra, porque Blas Infante la tuvo siempre y porque es bueno que el ser humano tenga la cabeza en los sueños pero los pies en el suelo. Los andaluces nos identificamos con España, con la Península, con una Unión Europea distinta a la de hoy, con la América hermana y, desde luego, con el mundo todo, con el universo de los siete mares y de los cuatro vientos. Pero debiéramos identificarnos, fundamentalmente, con Andalucía.

Durante años, con la bandera blanquiverde y las gafas de Blas Infante, peleamos por Andalucía y terminamos ganando la batalla de una mayor equidad –que no total– entre las autonomías españolas. Ahora, cuando muchas voces se limitan a españolizar el lenguaje andaluz, deberíamos andaluzarlo, quizá también para luchar de una manera más eficaz por la España que soñamos.

De nada nos vale la España de la bandera en los estancos y en los cuarteles, del tópico típico, sino defendemos la España de la justicia, de la integración que no desintegre, de las libertades sin mordazas, de la Educación sin reválidas franquistas. La  España de la tierra, pero también del aire y de las aguas sin contaminar. La España de la vida frente a la España del plasma y del silencio.

Para defender esa España, para defender una Europa que piense más en las personas que en los  bancos, más en los refugiados que llaman a sus puertas que en los oligarcas que evaden capitales, debiéramos defender Andalucía.

         Andalucía no puede ser una asignatura, ni una consigna en el Boletín Oficial. Andalucía es una emoción, es un suspiro, es una intuición repentina y una convicción  profunda. Y como casi todas las pasiones, esta no necesita un anillo con una fecha por dentro. Pero alcanza su mayor razón de ser, cuando el andaluz sabe transcender su ámbito territorial e indagar en su auténtica esencia. Es decir, cuando recordar fechas y emociones, supone también descubrir que lo andaluz se siente y no solo se adquiere con un certificado de residencia.

Somos universales. El andaluz es pura sensibilidad que subsiste en los aromas de los jardines, en los repliegues de la sensibilidad, en el natural humanismo y en la humanización de la naturaleza. Lo ha escrito Caballero Bonald: “Los sentidos del andaluz de hace cientos de años se habituaron a las mismas percepciones que hoy sigue encontrando en su entorno. Es el ámbito del limonero y la albahaca, del jazmín y de la dama de noche, de todos los sentidos que despierta esta mar cercana y lejana. Hemos de reconocer que somos diferentes, ni mejores ni peores, porque nuestra herencia cultural nos hace entender la existencia de otra manera. La identidad del pueblo andaluz es el resultado de un proceso milenario que ojalá no sea destruido por tanto economicismo, mercantilismo e ideologías de la avaricia.

Los andaluces somos universales en nuestro andalucismo porque somos mestizos, orgullosamente mestizos en nuestra historia. ¿Qué hacemos entonces poniéndole puertas al monte, hacinando a los que llegan a la Europa del bienestar huyendo de la guerra o del hambre?

         Andalucía ya no es lo que era, afortunadamente, aunque tampoco es todavía lo que queremos ser. Debemos ser conscientes de que no existe nada más ridículo que un orgullo desbocado que caiga en una fatua complacencia que es el germen de lo excluyente y del integrismo cateto. Muchas sociedades están acunando en este momento el huevo de la serpiente. Me refiero a esa epidemia de xenofobia construida sobre la base de la exaltación absoluta de señas particulares y el desprecio, la persecución o el silencio sobre las costumbres de la minoría. Una democracia, habrá que repetirla por enésima vez, no es solo la voluntad de la mayoría sino el absoluto respeto hacia lo minoritario. Siempre que lo mayoritario y minoritario no vulnere una norma superior que es lo que entendemos como Derechos Humanos

Andalucía tiene aún muchos problemas, a veces recuerdan los ocho dolores de los que hablaba Blas Infante y que no hace muchos años nos recordaba aquí Isidoro Moreno: Dolor de los pueblos de España esclavizados por el centralismo político ;El dolor de la servidumbre caciquil; El dolor de la esclavitud del pensamiento; El dolor de la ausencia de justicia para el pueblo ;El dolor de la esclavitud económica de los obreros; El dolor de la servidumbre cultural; El dolor de la esclavitud familiar; El dolor de la esclavitud de conciencia.  El estado español nos sigue debiendo buena parte de su historia y no somos capaces de que nos pague la factura. Seguimos a la cola de todos los índices de desarrollo, pero, al mismo tiempo somos unas de las comunidades más ricas del estado. Con los mayores índices de paro de la Comunidad Europea y carente de importantes infraestructuras, así como de recursos económicos propios. He ahí la paradoja. Pero parece que nadie se siente responsable. Falta un despertar reivindicativo y constante de nuestro pueblo.

Yo no concibo la idea de Andalucía sin la gente.  No creo en una Andalucía previa, ajena, como si fuera un ente inmutable. Para mí, Andalucía es  y será siempre un complicado resultado de sus moradores, de sus trayectorias vitales y de sus esperanzas. Huyo, por tanto, de una visión sacralizada e intocable; prefiero empaparme de la realidad que explica la esencia de esta tierra y que nos muestra día a día su pulso ideal. Nosotros no tenemos una identidad tan endeble que haya que protegerla continuamente de las identidades que siguen llamando a su puerta.

En estos años algunas personas han sabido tejer un concepto de identidad andaluza imprescindible en un mundo globalizado. Curiosamente, mientras más se habla de la dimensión mundial de las cosas más se aprecia como los focos de poder van amputando las señas culturales de pueblos y colectivos.

A nosotros y nosotras que estamos hoy aquí, nos interesa la Andalucía jornalera con la que tanto se identificó Blas Infante, aquel tremendo texto del ideal andaluz: “Yo tengo clavada en la conciencia desde mi infancia, la visión sombría del jornalero, yo lo he visto pasear su hambre por las calles del pueblo, confundiendo su agonía con la agonía triste de las tardes invernales”. O con aquel “Quejío” del que tanto nos ha enseñado Salvador Távora: “El jornalero, sin embargo, decía el Padre de la patria andaluza ni ríe cuando ríe, ni llora cuando llora: ya no sabe lo que es. El hambre lo ha venido a visitar”. Estas palabras  se pueden aplicar en este momento a otros colectivos sociales.  A nosotros y nosotras nos importa la Andalucía obrera o la que ha tenido que dejar de serlo para alistarse en el triste ejército de las colas del paro, la Andalucía de los jóvenes que vuelven a irse cambiando el canasto de mimbre por dos licenciaturas y tres masters, la Andalucía que vuelve a vivir de sus recursos en lugar de vivir de prestaciones. La Andalucía de las clases populares; la de los sin techo, la de los inmigrantes y refugiados, la de los enfermos mentales olvidados, la de los excluidos que llenan las cárceles con condenas desproporcionadas viendo lo que vemos con tanta corrupción.

Estoy seguro que esa Andalucía está siendo defendida de muy distinta forma desde muy distintos partidos. Sin embargo, más allá de las plataformas que hoy se constituyen, muchos andaluces echamos en falta que se hable más de la obra y del pensamiento de Blas Infante.

No soy quien para inventar lo que él  pensaría hoy, de un momento tan distinto pero en el fondo tan parecido al que le tocó vivir. Pensaría, creo, que la tierra debiera ser para quien la trabaja; que la lucha contra la pobreza es un deber ético; que Andalucía necesita a toda su gente luchando por conseguir más igualdad real; que no debiéramos olvidar  el  flamenco como expresión artística total cuyo nombre tal vez provenga de la expresión árabe “felah- mengu”, que significa  campesinos fugitivos, o “falah-menco” que significa campesinos expulsados . Y creería que sigue siendo válido lo que él denominaba “el nacionalismo humano”. No defendamos, por tanto, una España abstracta, quizá una, pero ni grande ni libre como la que echó la muerte a la calle ochenta años atrás. Defendamos la Andalucía nuestra de cada día, la Andalucía que es España siendo, sencillamente como Blas Infante, más Andalucía.

¡VIVA ANDALUCÍA LIBRE!

Tomás Gutier.

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