Élites de poder económico en Andalucía II, por Manuel Delgado Cabeza.

Fuente: El portal de Andalucía.

Autor: Manuel Delgado Cabeza.

Pertenecientes a una saga con origen en la burguesía agraria andaluza y vinculados y emparentados con otras ramas de la misma, hay que incluir aquí a los Benjumea, hasta 2015 “amos” de Abengoa, empresa fundada en 1941 y en sus comienzos dedicada a montajes eléctricos, que más tarde extendió su radio de acción a otros campos como infraestructuras, energía, ingeniería y construcción, convirtiéndose con el tiempo en un grupo empresarial multinacional que durante muchos años fue el más importante con sede en Andalucía.

Los Benjumea llegaron a Andalucía desde la Rioja en el siglo XVI con motivo de la conquista castellana y a la sombra del Duque de Osuna dos siglos más tarde estaban en la cúspide social de La Puebla de Cazalla como ganaderos y grandes propietarios de tierras. También la familia Benjumea, como veíamos que ocurrió con otras familias de la oligarquía agraria, colaboró a fondo con los sublevados del 36, y eso les rindió grandes beneficios. Formaron parte de las milicias paramilitares falangistas que a caballo “limpiaron” los campos andaluces bajo las órdenes de Queipo e Llano; razias en las que participaron también de manera significativa personajes como Rafael Medina Villalonga, Duque de Medinaceli, nombrado alcalde de Sevilla en 1943 y Ramón Carranza Gómez, marqués de Soto Hermoso, que también fue alcalde de Sevilla entre 1936 y 1938, “uno de los responsables de la represión salvaje del barrio de Triana” (A. Maestre, «Franquismo S.A.», 2019).

De los Benjumea el nombre más ilustre y en mayor medida beneficiario de los favores del franquismo fue Joaquín Benjumea Burín, que perdió a un hijo falangista en los inicios de la sublevación militar en la que él también intervino activamente organizando la retaguardia bajo el mando de Queipo de Llano, siendo alcalde de Sevilla en 1938 y 1939. Posteriormente fue Ministro de Agricultura de 1939 a 1941 y luego Ministro de Hacienda (1941-1951) y Gobernador del Banco de España (1951-1963). Un amplio historial en las esferas del poder político del dictador, que le otorgó en 1951 el título de Conde de Benjumea.

Un sobrino de Joaquín Benjumea, Javier Benjumea, fundó en1941 Abengoa, siendo su tío ministro de Franco; pronto obtuvo del Estado una contrata que supuso un impulso fundamental para que la entonces pequeña compañía se convirtiera en una gran empresa: la concesión de la electrificación de RENFE, un año después de que otro tío suyo, Rafael Benjumea Burín, Conde de Guadalhorce, fuera nombrado presidente de la citada compañía ferroviaria. Nada más lejos del “hecho a sí mismo” asociado al relato ideológico de la meritocracia con el que tratan de justificarse posiciones de dominio y de poder. Desde los años 80 del siglo XX fue sobre todo el paraguas del PSOE el que cobijó los intereses de Abengoa, tejiéndose una densa red de conexiones político-empresariales que facilitó la expansión del grupo.

A la estrecha relación con la Monarquía, que concedió al fundador de la empresa el título de Marqués en 1994, se sumaron numerosos intercambios de favores con quienes en cada momento gestionaban el poder político en las instituciones del Estado, exprimiéndose el uso de las puertas giratorias. Alberto Aza, jefe de la Casa Real entre 2002 y 2011 “ponía cara a la participación accionarial que el rey Juan Carlos detentaba en la empresa”, estando José María Aznar “informado de que los Benjumea darían un paquete de acciones – ¿a cambio de qué? – al Rey Juan Carlos”…. “El hijo de Aza fue miembro del consejo de administración de Abengoa Bionergía. El mismo consejo donde se sentó Carlos de Borbón Dos Sicilias, primo del Rey”. (Carlos Pizá, “Reino de España: Abengoa, ingenieros de la conexión”. Sin Permiso, 30/10/2017).

Además de los ya citados, en la trama de conexiones aparecen nombres como los de el expresidente José María Aznar, Luis Atienza, exministro de Agricultura, el exministro de Industria Miguel Sebastián y su hermano Carlos o Ricardo Martínez Rico, “uno de los más cercanos asesores de Cristóbal Montoro desde 1996” y compañero suyo en la consultora Equipo Económico. “Abengoa, líder en energía termosolar, continuó recibiendo las primas a las renovables en contra del criterio del ministro de Industria, José Manuel Soria. Montoro, ministro de Hacienda, jugó aquí un papel fundamental. Pese al silencio mediático, la ubicación de Ricardo Marínez Recio en el consejo de Abengoa y la de su hermano Felipe como director del gabinete del ministro Montoro no pueden considerarse precisamente casuales” (Andrés Villena, «Las redes de poder en España», 2019).

Como muestra del uso de puertas giratorias valgan los casos de José Borrell, exmiembro de varios gobiernos del PSOE, que fue miembro del consejo de administración de Abengoa y presidente del consejo asesor internacional del grupo, o el de José Domínguez Abascal, mano derecha de Felipe Benjumea, al que llegó a sustituir en la presidencia en 2015 y que fue Secretario de Estado de Energía del Ministerio para la Transición Ecológica desde 2018 a enero de 2020, cargo que tuvo que abandonar tras su imputación en la investigación judicial abierta por las graves irregularidades detectadas en la parte del proyecto de AVE Meca-Medina ejecutada por Abengoa.

También en la Junta de Andalucía encontró Abengoa concesiones y ayudas a cambio de favores, pero las conexiones aquí son residuales y mucho menos trascendentes. Coincidió que las ayudas de la Junta fueron abundantes en la etapa en que una hija del entonces presidente, Manuel Chávez, estaba asociada a la empresa. Ya el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía había abierto un expediente sancionador a Manuel Chávez a raíz de que la empresa minera Matsa, a la que la hija pertenecía con funciones de asesoramiento jurídico, recibió 10,1 millones de euros a través de un incentivo aprobado en un Consejo de Gobierno presidido por su padre (Diaro de Sevilla, 15/1/2011).

En consonancia con el comportamiento que veíamos en las élites vinculadas a activos agrarios y agroalimentarios en el artículo anterior y a pesar de que los Benjumea mantuvieron la sede de la empresa en Sevilla, sus intereses se protegían desde Madrid, y fue ahí donde se volcaron para conseguir influencia y para poner al poder político a su servicio.

A principios del año 2015 Felipe Benjumea aparecía en el número 19 en la lista de «Los 200 más ricos de España», (El Mundo), con un patrimonio en bolsa de 694 millones de euros. En septiembre de 2015 los 30 bancos acreedores de la empresa le daban un ultimátum para que cediera el control de la misma. Después de décadas de expansión incontrolada, de  megaproyectos cargados con sobrecostes, de generosas subvenciones recibidas de las instituciones públicas, de préstamos pedidos para proyectos aún inexistentes con los que financiaban los agujeros de los que estaban en marcha, enredando sus cuentas en una maraña de 900 sociedades, después de prácticas que iban desde crear sociedades para que la familia pudiera apropiarse de plusvalías excluyendo al resto de los accionistas hasta la manipulación de la contabilidad de la empresa como práctica generalizada, reflejando las cuentas una “notable alteración de la real apariencia de la situación económico-financiera”, como consta en el Informe de la Audiencia Nacional (Elena Sevillano, El País 3-2-2020), después de abusos en las relaciones laborales -los trabajadores le llamaban Palmatraz al campus de Palmas Altas, donde se encuentra la sede corporativa-, los herederos de Abengoa, empresa que aparentaba ser modélica dentro del IBEX-35, llevaron a la empresa a la ruina. Felipe Benjumea dejó a Abengoa con un pasivo total de deudas de 25.000 millones de euros y en ocho meses quedaron en la calle más de 5.000 trabajadores. A pesar de este enorme fraude, Felipe Benjumea se aseguró antes de irse una indemnización (¿?) de 11,5 millones de euros y 4,5 millones para su mano derecha, Manuel Sánchez Ortega.

Cuando desde la economía convencional se invoca a los mercados como fuerzas impersonales que determinan la vida de la gente se está otorgando impunidad a comportamientos parasitarios y sin escrúpulos guiados por la avaricia y el poder. Este papel encubridor de la ideología económica dominante es el que El Roto desvela cuando dice que “la economía es una rama del ilusionismo”.

Élites de poder económico en Andalucía I, por Manuel Delgado Cabeza.

Fuente: El Portal de Andalucía.

 Autor: Manuel Delgado.

En la última década (2011-2020), mientras se recortaba casi todo lo social y empeoraban las condiciones de vida de la gran mayoría de la población en el Estado español, el valor del patrimonio de las 200 grandes fortunas se ha duplicado, pasando de 129.400 a 266.500 millones de euros. Los diez mayores patrimonios pasan de acaparar un 32,1% del total de los 200 en 2011 a acumular el 47,6% del mismo en 2020 (Informe anual de El Mundo). Este enriquecimiento de los más ricos no tiene como fuente “lo productivo”, como muestra la evolución del PIB, que apenas crece en este período, ni es el resultado de trabajo, utilidad o función social alguna; es consecuencia de la mera revalorización de activos, financieros, inmobiliarios u otros; del aumento del precio de acciones y títulos adquiridos muchos de ellos con lo obtenido en revalorizaciones anteriores; “lucro sin contrapartida” como señala José Manuel Naredo en su Taxonomía del lucro. Formas de hacer dinero predominantes en esta etapa del capitalismo que engordan a una oligarquía parasitaria que ve así acrecentarse su capacidad de compra para poder seguir aumentando su riqueza y su poder. Una élite económico-política que solapa con frecuencia sus comportamientos especulativos con prácticas depredadoras de caciquismo clientelar, tratos de favor y saqueo de lo público que le permiten ampliar la apropiación de riqueza ya producida.

En 2020, de estas 200 grandes fortunas, más de la mitad están localizadas en Cataluña, Madrid y el País Vasco, concentrándose en estos centros hegemónicos la riqueza y el poder dentro del Estado. Andalucía se sitúa en la otra orilla, con 11 apellidos entre los 200 y el 2,2% del valor patrimonial[i]. Según estos datos, la élite económica andaluza ocupa un lugar residual en la distribución del poder económico dentro del Estado; en su conjunto es una élite raquítica, con dos actividades predominantes asociadas a los apellidos que la integran: la agroalimentaria y en mucha menor medida el binomio construcción y turismo. La situación periférica de Andalucía, empobrecida y subalternizada por su dedicación, -área de extracción y de vertidos-, no debe ser ajena a esta jerarquización de las grandes fortunas dentro del Estado.

La evolución de los patrimonios vinculados a los activos agrarios o agroalimentarios, sobre los que se ha venido sosteniendo históricamente el poder de las élites en Andalucía, ha experimentado en las cuatro últimas décadas una doble trayectoria. Por un lado, la parte más saneada del acervo empresarial local ha sido apropiada y/o puesta al servicio de estrategias financieras de creación y apropiación de valor por parte de grandes corporaciones transnacionales, con una fuerte pérdida de protagonismo del capital y los grupos locales de poder. La novela de Caballero Bonald En la casa del padre da cuenta de cómo para esta vieja oligarquía agraria, “centinelas de la patria” española, acostumbrada a ostentar “una preponderancia aprendida de otra preponderancia”, en los 80 del siglo pasado “todo tenía ya un áspero, un insorportable olor a decadencia”.

Dentro de este grupo nos encontramos con apellidos como Domecq, Osborne, Larios, o Carbonell, cuyos patrimonios empresariales fueron adquiridos por grandes corporaciones a partir de mecanismos apoyados en la “creación de valor” a la que antes me refería, como la emisión de títulos, deuda no exigible que les proporciona capacidad de compra y hace posible la apropiación de riqueza ya creada. En el caso de la adquisición, a finales de los noventa, del grupo Cruzcampo por Heineken (649 millones de euros), la multinacional cervecera consigue muy pronto sumar a esta apropiación la de plusvalías por valor de 300 millones de euros generadas por una operación de especulación inmobiliaria en los terrenos donde se situaba la fábrica. Para eso hubo que cambiar el plan urbanístico de Sevilla, que tenía como pilar básico “la participación ciudadana”. En una maniobra especulativa que se justifica por parte de la corporación municipal, gobernada por un pacto entre el PSOE e Izquierda Unida, por la búsqueda y utilización de “espacios de oportunidad” bajo el lema: «Sevilla, la construcción de un sueño». Espacios donde pueda hacerse dinero conforme a las nuevas formas de enriquecimiento, en este caso recalificando terrenos que al convertirlos en residenciales se considerarán más “productivos” por las plusvalías que se obtienen a partir de su revalorización. Utilizando la metáfora de la producción se procura la apropiación de riqueza a partir de un proceso meramente especulativo.

Con estas adquisiciones, los grupos apropiados pasan a ser piezas de un puzle gobernado desde estrategias financieras propias del capital global, utilizándose ahora una parte de los establecimientos para la distribución y/o el embotellado de marcas globales, globalizándose también los proveedores, o trasladándose la producción, como ocurrió en el caso de Larios, fuera de Andalucía, con el consiguiente deterioro de los tejidos económicos locales.

El otro camino seguido por esta burguesía agroalimentaria ha sido el de prosperar con la globalización de sus negocios o, utilizando su posición de poder, convirtiéndose en concesionarios de grandes corporaciones multinacionales. En este grupo, entre las familias que han expandido sus negocios hasta convertirlos en globales o han prosperado con la adjudicación de procesos de elaboración y distribución de grandes marcas multinacionales encontramos apellidos como González-Gordon, Osborne, Caballero, las ramas familiares Bohórquez Domecq o los Mora-Figueroa Domecq, todas fortunas ligadas en su origen a la vieja oligarquía terrateniente-bodeguera jerezana.

De los integrantes de esta burguesía vinculada al marco de Jerez quienes han alcanzado los valores patrimoniales más altos, la familia Mora-Figueroa Domecq y Ana Bohórquez Escribano (4º y 6º lugar en Andalucía en 2020), lo han hecho como concesionarios de la mayor corporación mundial de bebidas: Coca-Cola, cuya franquicia, Rendelsur, ha ido experimentando un fuerte proceso de crecimiento, llegando a ocupar durante muchos años el segundo lugar, después de Heineken, entre las empresas agroalimentarias con sede en Andalucía. La revalorización de los activos financieros de esta empresa ha sido el fundamento del auge patrimonial de estas familias.

Los Mora-Figueroa Domecq regentan hoy un extenso entramado de fincas, con 25.000 hectáreas de tierra de su propiedad, bodegas, suelo e inmobiliarias. Propietarios de grandes latifundios como Las Lomas, (12.000 hectáreas), son también los dueños del Santa María Polo Club de Sotogrande, punto de encuentro de las mayores fortunas del mundo. Como otras muchas familias de terratenientes andaluces, la familia Mora-Figueroa sobresalió por su apoyo a la sublevación militar de 1936 y al franquismo después. Como cuenta Paul Preston en el capítulo de El holocausto español “El terror de Queipo: las purgas de Andalucía”, miembros de la familia Mora-Figueroa fueron destacados integrantes de Falange y participaron activamente en la insurrección encabezando una columna junto con otros representantes de la oligarquía terrateniente jerezana que llegó a conocerse como “el Tercio Mora Figueroa” que protagonizó la toma y la represión de una parte de la provincia de Cádiz, de la Serranía de Ronda, de Málaga capital y de zonas de Córdoba y Badajoz.  El premio a esta fidelidad terminaría siendo su mejor negocio: la concesión de Coca-Cola en Andalucía y Extremadura. El reparto de las licencias de esta marca la hizo en 1951  Juan Manuel Sáinz de Vicuña, casado con María Fernanda Primo de Rivera, nieta del anterior dictador y miembro también de esta oligarquía terrateniente jerezana.

Esta vieja oligarquía agraria andaluza, que históricamente tuvo una participación decisiva en el empeño por construir un Estado-nación español, defendió siempre sus intereses “pensando en Madrid”; desde su integración en el bloque de poder dominante dentro del Estado, y desde su inserción o su influencia en las instituciones de gobierno del mismo. El reacomodo de parte de esta burguesía, que sigue ocupando un lugar importante dentro de las élites de poder económico en Andalucía, a los nuevos modos de convertir el dinero en más dinero no ha cambiado esa perspectiva sobre desde donde se protegen sus intereses.

Para ilustrar en los últimos años la conexión de estos clanes organizados con las redes de poder que garantizan la reproducción de sus posiciones de privilegio desde el Estado se puede tomar el caso de Miguel Arias Cañete, máxima expresión de las puertas giratorias y punto de intersección de diversos círculos de influencia económica y política. Casado con Micaela Domecq Solís-Beaumont, una de las mayores latifundistas de Andalucía, cuya familia recibió 1,8 millones de euros en subvenciones de la PAC mientras Arias Cañete era ministro de agricultura a través de empresas a las que él estuvo vinculado como administrador. El cruce entre los apellidos Domecq y Arias produce una densa maraña de intereses empresariales cuyo capital acumulado fue desviado en parte a paraísos fiscales, como mostraba la aparición de Micaela Domecq en “los papeles de Panamá”, en un ejemplo claro de cómo estas élites andaluzas continúan utilizando con impunidad el aparato del Estado, ampliado ahora al de la Unión Europea, para ampliar su riqueza y su poder. Continúan vigentes las palabras de Joaquín Costa en su Oligarquía y Caciquismo de 1901: El gobierno del Estado “no es un régimen parlamentario viciado por corruptelas y abusos, sino un régimen oligárquico servido por instituciones aparentemente parlamentarias donde eso que llamamos desviaciones y corruptelas constituye la forma verdadera del Estado”

La Junta de Andalucía replica, acompaña y participa de este neocaciquismo desde una posición de clara subalternidad. ¿Qué hubiera dicho aquel jornalero andaluz que en la 2ª República, ante el capataz mandado por el amo para comprar su voto exclamó, negándose, “en mi hambre, mando yo” al enterarse de que los supuestos representantes del pueblo al que él pertenecía otorgaban en 2006 a Cayetana Fitz-James, Duquesa de Alba, veinte veces Grande de España, el título de Hija Predilecta de Andalucía?

[i] Para la localización de los patrimonios se sigue el criterio de ubicación espacial o residencial de las familias o individuos propietarios de los activos y no el del emplazamiento de las sedes de las empresas a los que estén vinculados.

El ‘SABER VIVIR’ andaluz: Una cultura para la vida

Manuel Delgado

Aunque todavía algunos recalcitrantes pongan en duda su existencia, y aunque otros adopten ahora posiciones revisionistas en cuanto a sus contenidos y significación, es hoy de aceptación generalizada que existe una cultura andaluza que nos diferencia de otros pueblos: que no somos simplemente una variante o apéndice de la cultura castellana.. Otra cosa es que muchos de los contenidos de nuestra cultura sean o no percibidos y valorados adecuadamente que un número muy alto de andaluces puedan estar alienados respecto a ella, o que algunas (o muchas) de sus expresiones nos sean presentadas como rémoras por algunos que se autodefinen como “modernos” o “progresistas”….

Sin duda, algo hemos avanzado desde los tiempos en que Blas Infante se vió obligado a fundamentar Andalucía como realidad histórica y cultural para demostrar que esta existe como pueblo (como nación en términos de la teoría política) [1], o desde  otras épocas, más cercanas, en que algunos intelectuales de izquierda no tuvieron inconveniente en titular algunas de sus reflexiones con la afirmación de que “Andalucía no existe”, en flagrante ejercicio de reduccionismo economicista [2]. Hoy, los negacionistas declarados ya no exhiben su ignorancia o su sectarismo de manera tan abierta: quienes tratan de impedir (hasta ahora con bastante éxito) que los andaluces poseamos la necesaria conciencia cultural y política de ser tales actúan de manera más sofisticada. Ya no niegan frontalmente la existencia de “rasgos culturales diferenciadores” en Andalucía sino que cuestionan su especificidad,  bien aduciendo que Andalucía respecto a otros territorios y poblaciones de la península y de Europa sólo ha tenido un problema de retraso en adquirir las características generales de ellos, habiéndose ya alcanzado una situación normalizada, bien argumentando la necesidad de suprimir o transformar la mayor parte de dichos rasgos al considerarlos negativos para la plena incorporación a la modernidad [3]….

Contrariamente a todas estas posiciones, defiendo que es reafirmándonos en nuestra identidad cultural y desplegando las potencialidades cohesionadoras y emancipatorias de la cultura andaluza como mejor podemos oponernos al avance totalitario y destructor de la globalización capitalista y del pensamiento único neoliberal y cooperar, desde Andalucía, al proyecto de construir un mundo diferente, más justo e igualitario: un mundo sin pensamiento único en el que quepan mil mundos….

En un pequeño libro de síntesis, publicado recientemente, del que somos coautores el profesor Manuel Delgado Cabeza y yo mismo [4], concluíamos, tras exponer las bases de la identidad histórica, la identidad cultural y la identidad política de Andalucía y la triste situación actual periférica y subalterna en lo económico y lo político, que la lógica cultural andaluza y los valores comunitaristas, igualitaristas, solidarios y creativos existentes  en sus valores profundos y en muchas de sus expresiones podrían ser las más eficaces herramientas para avanzar en la construcción de una sociedad estructuralmente diferente a la actual, basada en una economía y un ordenamiento social que estuvieran al servicio de la vida y no del beneficio de una minoría, subalterna de los poderes trasnacionales, a costa de nuestro patrimonio natural y cultural, de los lazos de sociabilidad existentes en nuestra sociedad y de la propia Andalucía como pueblo, sacrificados a los valores hoy sacralizados de la competitividad y de la productividad que están encaminados a la destrucción de cuanto está vivo en la naturaleza y en la cultura….

Es evidente que nos encontramos hoy en Andalucía y en el Estado Español en una profunda crisis que no es sólo económica y política, ni se limita a nuestro ámbito, sino que es parte de una crisis general sistémica a escala planetaria.  En lo que nos afecta más directamente, la “autonomía” creada supuestamente como resultado de la lucha del pueblo andaluz en la calle y en las urnas, desde el 4 de diciembre de 1977 al 28 de febrero de 1980, se ha demostrado una estafa a los objetivos de aquella lucha, que no eran otros que conseguir los instrumentos suficientes de autogobierrno para encarar los muy graves problemas de nuestro pueblo liberando a este de la dependencia económica,  la subalternidad política y la alienación cultural a las que había sido llevado como consecuencia de la organización territorial, económica y política que se nos impuso con la consolidación y desarrollo del sistema capitalista en el estado español a lo largo de los siglos XIX y XX. .  Ninguno de esos gravísimos problemas ha sido resuelto ni se ha dado avance alguno en la “confluencia” con otros territorios, Andalucía apenas si tiene relevancia política en el Estado y su cultura se ha deteriorado de forma importante por los embates tanto de la ideología del nacionalismo españolista (que la niega, descalifica, folkloriza o vampiriza) como de la ideología del globalismo neoliberal (con su pseudocosmopolitismo que aquí es más bien cosmopaletismo).  Desde las propias instituciones de la Junta de Andalucía se procedió a una dinamitación planificada de cuanto habría podido cooperar al avance de la conciencia sobre nuestra identidad cultural y  política: muy pocas veces se alude a Andalucía como pueblo o país, nunca como nación y sí de forma sistemática como región, nuestra historia y nuestra cultura continuó prácticamente fuera del curriculum escolar y universitario para que siguieran siendo  desconocidas por las nuevas generaciones, y los propios medios de información “autonómicos”, como la TV (que ni siquiera tiene en su nombre el de Andalucía) fue utilizada como instrumento de alienación cultural y de publicidad partidista por quienes la tienen a su servicio desde su creación. El diferencial con la media española de nuestra tasa de desempleo, la proporción de familias bajo el nivel de la pobreza y la nueva emigración ahora de jóvenes profesionales, la mayoría de ellos con alta cualificación, son tres indicadores que bastarían para desmentir de forma demoledora, e incluso para ridiculizar, las afirmaciones de que aquí se han producido cambios trascendentales desde principios de los años ochenta hasta hoy. Tenemos la misma, si no mayor, dependencia, subalternidad y alienación y un grado mucho más alto de destrucción de nuestro medio físico, social y cultural que al comienzo del periodo.

Antes de nada, hay que definir con precisión los dos grandes enemigos de Andalucía como pueblo: el nacionalismo de estado español y el capitalismo hoy en su fase de globalización neoliberal. Dos enemigos que están estrechamente aliados como interesados que están en servirse de Andalucía y en que esta continúe a su servicio: en que siga teniendo su función de fuente de materias primas y producciones sin valor añadido, de territorio  para hacer grandes negocios especulativos, de balneario y basurero de España y Europa, y de muro de contención y plataforma de agresión frente a los pueblos africanos y orientales. De ahí que en pocos lugares del mundo como en Andalucía sea más cierto que la lucha social y la lucha nacional son las dos caras inseparables de una misma lucha, de un mismo proyecto emancipatorio.

Para que aceptemos ejercer las funciones anteriores sin poner obstáculos se precisa la destrucción de gran parte de nuestra cultura, de nuestra visión del mundo, de nuestra autoestima, de nuestras tendencias comunitarias e igualitaristas. Que dejemos de ser como somos: que abandonemos el dar mayor énfasis al ser que al tener; que nos avergoncemos de nuestro gusto por las relaciones sociales -familiares, vecinales, de compañerismo, de paisanaje-  y por compartir con otros nuestras tristezas, alegrías y emociones, asumiendo la racionalidad capitalista de que ese es un tiempo improductivo; que dejemos de rebelarnos cuando alguien nos trata con altanería y aceptemos el “realismo” de que somos menos que quienes tienen poder, rehusando a las confrontaciones con estos tanto en el plano de lo real como de lo simbólico; que nos encerremos en el individualismo egoísta o en el familismo estrecho  y mafioso, menospreciando nuestra fuerte tendencia a la sociabilidad solidaria tanto en el  tiempo de trabajo (la unión y el cumplir como valores) como en el tiempo de fiesta y  el tiempo de ocio (que son dos tiempos diferentes pero en los que nos gusta estar juntos sin perder por ello nuestra individualidad).

La lógica cultural andaluza, que es el eje de nuestra identidad como pueblo, no es reductible a los valores de la competitividad y la productividad material contable que son los valores supremos de la lógica del capitalismo neoliberal. Son dos paradigmas incompatibles: uno está orientado hacia la vida, en sus múltiples facetas, y se concreta en lo que podríamos llamar el saber vivir andaluz, el otro tiene como único norte la acumulación de ganancias mediante la destrucción de la vida (social, cultural, natural) y de los valores y expresiones “no rentables”, ya que la vida se reduce a un medio para la consecución de la mayor ganancia. Frente a quienes ven solamente una confrontación política o económico-política en el mundo actual, hay que afirmar que se trata, sobre todo, de un choque de lógicas culturales, de valores, de visiones sobre cuáles son las metas de la existencia  individual y colectiva. Diciéndolo con palabras sencillas, estamos en una confrontación sobre por qué y para qué merece la pena vivir.

En esta confrontación, el saber vivir andaluz se sitúa en el mismo campo paradigmático que otras lógicas culturales de pueblos muy diferentes entre sí (desde los kechwas con su lógica del sumak kawsay y los aymaras con su sumak qamaña hasta diversas lógicas orientales y africanas) pero que tienen como elemento común la resistencia a entrar en el proceso de destrucción de la naturaleza y de las sociedades que implica la modernidad, el desarrollo y  la globalización tal como han sido definidos y operan dentro de la lógica del capitalismo eurocéntrico y androcéntrico.

No estamos solos, pues, en la batalla por no dejar de ser nosotros mismos. Antes al contrario, formamos parte del pluriverso de pueblos que valoran por encima de todo la vida social pero también la vida tal como la expresan todos los otros componentes de la naturaleza. Y la vida espiritual (no necesariamente equivalente a religiosa), tal como se refleja en nuestra obsesión por la belleza, sobre todo expresada en lo que no tiene dimensiones monumentales que aplasten lo humano: en un cante, en un gesto, en una maceta, en un fachada de cal cegadora, en unos ojos, en la sonrisa de un niño… Nuestra mayor fortaleza y nuestros más eficaces instrumentos están en nuestra cultura. Sólo a partir de esta, evitando caer en chovinismos o autocomplacencias pero rechazando también complejos y cosmopaletismos, podremos reconstruir Andalucía como pueblo y luchar por nuestra emancipación  social y nacional. Una lucha social desenraizada de nuestra identidad como pueblo o una lucha soberanista no dirigida a una transformación social radical serían no solamente un gravísimo error sino que llevarían a un fracaso seguro. Y nunca olvidemos –ya insistía en ello Blas Infante- que sin una cultura propia no existe un pueblo. Andalucía dejaría de existir si traicionáramos nuestra lógica cultural tal como quieren que hagamos los publicistas  del nacionalismo español y de la globalización mercantilista.

Manuel Delgado Cabeza.

[1] Blas Infante: Ideal Andaluz. Sevilla, 1915.

[2] Carlos Castilla del Pino: “Andalucía no existe”. La Ilustración Regional nº 4, (1974).

[3] Son exponentes de estas posiciones el documento elaborado en 2003 por diversos “expertos” universitarios y entregado al Parlamento Andaluz por el propio presidente entonces de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves, con el título de La Segunda Modernización de Andalucía, y recientes textos  publicados por el Centro de Estudios Andaluces (el think tank del PSOE) en su actual etapa, sobre todo del historiador Manuel González de Molina y del sociólogo Manuel Pérez Yruela. Es especialmente revelador el reciente texto de este último Un relato sobre identidad y vida buena en Andalucía. Una réplica al primero de los documentos citados puede verse en I. Moreno: “¿Del subdesarrollo a la postmodernidad? La sociedad andaluza y la llamada Segunda Modernización” en J. Hurtado (coord.) Sociología de 25 años de Autonomía. Sevilla, 2004….

[4] Isidoro Moreno y Manuel Delgado Cabeza, Andalucía: una cultura y una economía para la vida. Ed. Atrapasueños, Sevilla, 2013….

 

Fuente : Revista SecretoOlivo

A %d blogueros les gusta esto: