El charlatán apocalíptico. (Antonio Aguilera)

¡No podréis esconderos!, Ninguno! La madre Tierra está a punto de hablar, hace demasiado que no lo hace, cuando lo haga, no encontraréis rincón en el que esconderos.

Lleva demasiado tiempo tragando, lleva demasiado aguantando nuestras estupideces, viendo, silenciosa, cómo nos degradamos como especie y la degradamos a ella de manera global.

Cuando hable, cuando llegue el momento de su parto, no penséis que de sus entrañas saldrá un inofensivo ratón, ni un fiero león, ni siquiera un temible dragón escupefuego, ¡No!, ¡Cuando le llegue la hora de parir, de las entrañas de la Tierra saldrá lo inimaginable, su inconmensurable fuerza convertida en cataclismo que todo arrasará!

Ella hablará y entonces, todos vosotros, insensatos, callareis, ¡para siempre!

Hablad ahora, abuchead hasta hacer ahogar mis palabras, pero eso no os salvará. Cuando la Madre Tierra hable, reservad unos segundos para recordar a este loco iluminado que os avisó. Quedaos con mi cara, quedaos con mis palabras porque a ellas os agarraréis.

Necesitaréis reconciliaros con nuestra Madre antes que estalle su ira, no es demasiado tarde aún, empezad desde hoy. Escuchad lo que ocurre a vuestro alrededor, no lo menospreciéis.

Dejad de adorar al vellocino del dinero y el poder que os tiene ciegos. Creedme, la paciencia de la Madre Tierra se está agotando. Los terremotos de Japón, de Haití, de Nepal, la sequía del cuerno de Somalia, las inundaciones en Méjico o Chile son pequeños avisos….

No seguí oyendo a aquel charlatán que seguro estaba a punto de rememorar a NostraDamus. Seguí mi paseo, hacía mucho que no visitaba la ciudad y tuve la impresión de que permanecer escuchando aquello, iba a contaminar mi corta estancia. A pesar de tener el cajón en pendiente, guardaba bien el equilibrio, también la gracia de verlo caer había dejado de tener interés.

Asociaba la imagen de los charlatanes a esos que con chistera y chalequillo vendían crecepelo en las películas del oeste, a los supuestos predicadores que, biblia en mano, congregaban a los transeúntes en las calles de New Orleans, pero, ¿en Barcelona? ¿Un charlatán apocalíptico en las ramblas de Barcelona? Era lo último que me hubiese esperado.

Bajé hasta el muelle. Bordeé la enorme glorieta de Colón, cosa que me gusta, siempre me dio mucho reparo pasar bajo grandes estatuas. Seguido por el instinto, me arrimé al borde del muelle para mirar de cerca el trozo de Mediterráneo que la bocana del puerto deja llegar hasta allí.

El verde oscuro, opaco, me ensombreció la mente, y, como una arcada, apareció de nuevo el charlatán. La oscuridad de la mar era un mal presagio en cualquiera de los siete mares. Retrocedieron mis pies para apartar mi vista del filo del muelle. Me abordó el bochorno y mis poros volvieron a saber del verano mediterráneo.

El sofoco me llevó hasta el cajón de resonancia que era entonces mi pecho y las puntas de mis dedos recuperaron algo de tintineo. La tensión que había intentado dejar en la oficina, después en mi piso, después en el avión y en el hotel, no me había perdido los pasos, seguía inasequible al desaliento para mi desasosiego. Necesitaba más distancia física y temporal de los intensos últimos meses de aquel proyecto de investigación finalmente frustrado.

Buscar una cerveza en algún bareto cercano a Santa María del Mar, recorriendo sus frescas calles estrechas me reconciliaron con la vida. Comencé a andar antes de terminar de decidirlo. Entré en uno, sólo por el hecho que de que cayó simpático el plante del que, a modo de comité de bienvenida, fumaba un cigarrillo apoyado en el quicio de piedra. Era de esos tipos que dejan el brazo con la cerveza en la parte interior, como cordón umbilical, y el otro, con el cigarrillo en el exterior, pero consiguiendo que cada bocanada acabe siendo atrapada por la atmósfera del bar.

Mimeticé mi gusto con el de los parroquianos, vermut y anchoas, y como ellos, dejé un ojo en el ir y venir del camarero y el otro en el televisor, pensando entonces en el daño que ha hecho la caja tonta a las tertulias de barra.

Algo dentro de mí, me hizo renunciar a entrar en esa dinámica, fertilizante de la bobería y ausculté a mis lados buscando encontrar algún hilo entre las facciones de mis compañeros gimnastas del codo.

Despojado de su chaqueta y con medio metro menos de estatura, no lo reconocí al primer golpe. Él si que saciaba su sed con una buena jarra de cerveza. Silencioso, hacía un censo de las botellas de la estantería, parecía haberse dejado el oficio de charlatán en la puerta, sólo había arrastrado hacia el interior el sofoco, que, igual que a mi, se resistía a dejarlo solo.

  • Le he oído antes en la rambla- Me giré suavemente, intentando que mi tono fuera audible pero no entrometido.
  • Ah!, si, ¿qué le ha parecido?
  • Ha sido casi de pasada, sólo escuché algunas frases – No quería que la conversación derivase en el contenido de su exposición.
  • Entiendo, una pena, debería haberlo oído completo.
  • Ya, cierto, pero llevaba algo de prisa…
  • Todos la llevamos, ese es el problema. Y, ¿se solucionó?
  • ¿El qué?
  • No, como decía que llevaba prisa, supongo que tendría que resolver problemas.
  • Si, si, todo resuelto, gracias.
  • Alberto Samaniego, para lo que necesite.
  • Juan, Juan Silva, un placer.
  • Tenga, coja esta revista, es gratis, por si tiene un rato para leerla.

Me extendió un libreto, muy artesanal, fotocopiado, grapado por la esquina, con distintos tipos de letras, trozos manuscritos, lo hubiese rechazado en cualquier otra circunstancia.

  • Ahí podrá ver con atención lo que antes exponía. Al final viene nuestra página web y nuestro correo electrónico por si quiere ampliar información.

Crecía en mí la sensación de incomodidad, no había sido buena idea. Se me agotaba la conversación de cortesía y Alberto Samaniego parecía ser un tipo mucho más sensato, cabal e inteligente de lo que aparentaba subido en aquel cajón. Pagué las consumiciones tras vencer la natural resistencia de Alberto y salí con el libreto cogido con las pinzas de mis dedos, sin haberlo hecho aún mío.

Demasiada trastabillada la sobremesa, mejor hacer borrón y cuenta nueva con una ducha y siesta en el hotel. Entre una y otra se interpuso el libreto que cogí con la intención de hacerlo puente entre ambas, y se convirtió en muro.

Estaba bien escrito y sus diferentes partes tenían conexión y se hacían sinérgicas. No era una cuestión de marketing ideológico barato, gracias a mi trabajo estaba entrenado para no dejarme embaucar con esas cosas, no, el argumento tenía sentido.

El libreto explicaba cómo el avance tecnológico de los últimos cincuenta años ha cambiado de manera bestial el paisaje, la orografía, el uso que damos del planeta. Nunca se había acelerado tanto como hasta ahora el ritmo de extracción de materia orgánica, de minerales, de energía. Nunca había crecido la población a un ritmo tan exponencial como hasta ahora, ni tampoco habían desaparecido tantas especies en tan poco tiempo. El único episodio parecido en la historia terrestre había sido el meteorito que acabó con los dinosaurios. Ahora otro meteorito parecía haber estallado, pero desde dentro y a lo largo de cincuenta años.

En la página web aparecía una dirección. Consulté en el teléfono el google maps, estaba cerca. Era un piso. Llamé al telefonillo. Reconocí la voz de Alberto. Sonrió al verme, puso a calentar agua para el té y nos dispusimos a charlar en un pequeño salón tomado por libros y pilares de apuntes.

A pesar de sus escasos cuarenta años, venía ya de vuelta de ser investigador, primero en el CSIC y luego en Massachusetts. Brillante, cultivado, comprometido, transgresor, un Galileo en la Barcelona del veintiuno.

Yo iba predispuesto, pero todas las reflexiones, dudas, preguntas, las resolvía y respondía con creces.  Me enganchó para la causa. No es que yo me fuese a poner a partir de entonces a lanzar proclamas desde lo alto de un cajón en la calle Sol, nada de eso, pero me convertí en un activista de la vida desde entonces.

No porque creyese que el mundo fuese a acabarse, en eso estábamos de acuerdo Alberto y yo desde el principio. Siempre que, de forma histórica la humanidad se había puesto al borde del abismo, se había producido un hecho trascendental que colocaba más lejos el abismo. En el siglo veintiuno eso no iba a ser diferente, pero también era cierto que, en todos esos momentos históricos tuvieron que aparecer moscas cojoneras que hicieron de pepito grillo.

Alberto nunca me convenció de yo iba a estar entre los afortunados que presenciaran el fin del mundo. Lo que de verdad hizo que me implicara, que diese la vuelta al calcetín de mi vida fue que, en aquella conversación, se clarificó en mi pensamiento la distancia que existe dentro de la mente humana entre lo que deseamos y lo que hacemos, entre los sueños y la razón.

Supe aquel día que era cierto, el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando piensa. Alberto vivía su sueño y yo, aquella mañana de verano, me había paseado por Barcelona como un mendigo.

Antonio Aguilera

La mujer en el bando nacional. (Andalucía y la guerra civil)

A diferencia del bando republicano, en la zona nacional la propaganda y movilización de las mujeres recayó básicamente en Sección Femenina que, nada más comenzada la guerra, organizó talleres, lavanderías, servicios de enfermeras y realizó colectas y visitas al frente para elevar la moral de los combatientes. Sus funciones quedaron consagradas en el otoño de 1936 tras la integración de su estructura de Auxilio de Invierno, organización que había sido creada por la viuda de Onésimo Redondo y que más tarde pasó a denominarse Auxilio Social, y –sobre todo- tras el decreto de abril de 1937 que unía a falangistas y carlistas en un único partido, de modo que el servicio de enfermeras organizado por éstos últimos pasó a depender de Auxilio Social, es decir, de Sección femenina.

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Estructuras electoreras caciquiles. (Julio Jiménez Cordobés)

No te dejes engañar por las Estructuras electoreras caciquiles:
 
(Artículo de Julio Jiménez Cordobés)
 
“…El dueño de estas organizaciones, es el cacique. A un conjunto articulado de organizaciones electoreras, se nombra partido. Quien no se somete a la disciplina de uno de estos partidos, está, en general, incapacitado de hecho para ostentar las representaciones populares.
El partido es una maquinaria electorera dueña del derecho electoral, activo y pasivo. Los candidatos habrán de ser alguaciles de los jefes de esas organizaciones.

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Sobre la Vieja y la Nueva Normalidad. (Juan Manuel Barrios)

Sobre la Vieja y la Nueva Normalidad

Desde los cuadros de organizaciones políticas que se autoubican en el centroizquierda del arco partidario, desde los medios de comunicación que las apoyan y los/las tecnócratas que les asisten, se ha gestado su penúltimo gran servicio a la causa del Neoliberalismo progresista: el novedoso mantra de la Nueva Normalidad.

Se trata de una hábil, y sutil, estrategia para canalizar, y controlar, las previsibles reivindicaciones de la ciudadanía a favor de los cambios y transformaciones estructurales que necesita nuestra civilización en los ámbitos cultural, social, ambiental y económico. Cambios y transformaciones que se han visibilizado, en lo que el ruido y el humo político y mediático han permitido, en su amplitud y necesidad. Para el que quiera ver. Hemos tenido que afrontar una crisis sanitaria pandémica que ha mostrado dramáticamente las debilidades de nuestro sistema de salud pública y de nuestra red asistencial a los sectores más vulnerables. Veníamos de un intenso periodo de enormes ajustes y recortes de nuestro Estado del Bienestar. Recuerda lo llamaban Austeridad. Habíamos debilitado los servicios públicos transformándolos en “negocios”. Le llamaban privatización. Era por la eficiencia y la eficacia. Para minimizar, en lo posible, la catástrofe humana no hemos tenido más remedio que afrontarla con una paralización de la actividad social y económica, que tendrán repercusiones importantes en estos ámbitos, sobre la base de una larga depresión permanente, social y económica, de nuestras colectividades por el saqueo de lo colectivo y comunitario, por la transferencia de rentas y patrimonios de quienes menos tienen a quien más (transferencia inversa de rentas) en un proceso de concentración, de injusticia fiscal, progresivo y continuado. Recordáis la metáfora de la rana introducida en la olla que calentamos, poco a poco. Y todo en medio de un contexto de emergencia  ambiental, que frecuentemente se olvida, de forma interesada, y que va a tener, en un corto espacio temporal, en apenas treinta años, efectos y consecuencias catastróficas de muchísima mayor intensidad y gravedad que la actual crisis epidémica.

Se trata de focalizar los deseos y las ansias de la ciudadanía; de dar, de una vez, solución a sus problemas cada vez más insoportables (desigualdad, desempleo, precariedad, deudas, desahucios, desinformación y desarraigo) y satisfacción a sus necesidades que se hacen endémicas; hacia otros problemas mucho más epiteliales y coyunturales y mayormente inducidos (consumismo) con grandes dosis de artificialidad. Son tácticas del proceso de mediatización que padecemos y que también describió Noam Chomsky en su ensayo Ilusionistas.     

Se trata de distraer y confundir a la opinión pública, con la soflama disruptiva de esta Nueva Normalidad que conlleva la intencionalidad de fijar objetivos, retos y meras cortoplacistas y congruentes con los intereses del actual status quo que aspira, a pesar de sus dramáticos y nefastos efectos socioeconómicos y medioambientales, a prolongar, cuanto más tiempo mejor, su vigencia operativa y funcional.

Hablar de nueva normalidad además significa una referencia relacional a una Vieja Normalidad. Y en este sentido implica aceptar, apriorísticamente, como “normales”, aunque viejas, algunas cuestiones imposibles de ser aceptadas como tales:

¿Es normal que un 1% de la población humana detente el 95% de las rentas y patrimonios?. 70 millones de seres humanos disfrutan de una riqueza superior, prácticamente, en 100 veces de la que disponen 6.930 millones de seres humanos para su supervivencia. La mayor desigualdad de la historia de la Humanidad según los estudios empíricos de Thomas Piketty.

¿Es normal que haya 4.000 millones de seres humanos, más de la mitad de la Humanidad, que malvivan en entornos de hambrunas, miserias, insalubridad, ignorancia, explotación y marginalidad?. ¿Es normal que cientos de millones de niños y niñas, de nuestro planeta, vivan en la pobreza y sufran malnutrición en pleno siglo XXI?. ¿Es normal que hagamos, más bien, nada para evitar que en los próximos 2 años mueran 240 millones de de personas por causa de la hambruna que se está gestando?.

¿Es normal que hoy 1.000 millones de seres humanos sufran la indignidad de tener que abandonar su hogar por razones de violencia, de supervivencia, de persecución xenofóbica, de falta de condiciones de vida, de falta de futuro, de seguridad; y en estas condiciones límites reciban la invisibilidad, la insensibilidad, la insolidaridad, el desprecio y  la indiferencia de otras colectividades humanas que oponen muros, barreras y campos de refugiados a su movimiento migratorio?. ¡O pagan estados sicarios para su confinamiento en condiciones indignas contra el derecho internacional o, todavía peor, los dejan morir en el Mediterráneo o en el Atlántico o en desiertos norteamericanos!. Países que, en muchísimas ocasiones, están en la génesis de sus sufrimientos y conflictos: tráfico de armas, saqueos de sus recursos naturales y la extracción y el comercio, mafioso y criminal, de sus riquezas y patrimonios.

¿Pude hablarse de normalidad, vieja o nueva, a una situación, que padece la mayoría de nuestra conciudadanía, en la que se han hecho, causalmente, endémicas las siete plagas bíblicas de nuestros tiempos globalizados: la desigualdad (caminar hacía un sociedad dual); el desempleo o, su alternativa única, el precariado; los desahucios (la vivienda como negocio despiadado y miserable que pisotea derechos); las deudas (nueva esclavitud) cómo única vía para obtener bienes y enseres del común de los mortales; el deterioro continuado del Estado del Bienestar (lo siguen llamando austeridad y es la ruptura unilateral del pacto social de la postguerra de 1950); la degradación del Estado Social de Derecho, de los derechos y libertades de la ciudadanía que estamos tardando ya 5.000 años, en medio ir conformando, la Humanidad en el plano individual, pero mucho más intensamente en lo colectivo; y la profundización en el desarraigo que produce, en nuestras sociedades, la desinformación y manipulación mediática, la pérdida de identidad, de su paisaje vital, de cohesión social y territorial, de autoestima colectiva, de impotencia social ante la injusticia social y la desigualdad de oportunidades y, lo peor de todo, de perspectivas de un futuro mejor para él y los suyos, para su descendencia?. Plagas que asolan la raíz de nuestra propia dignidad cómo seres humanos.

¿Se puede hablar de normalidad, vieja o nueva, cuando dejamos en el silencio, la invisibilidad y la inacción el abordar los profundos cambios y transformaciones que necesita nuestra civilización para ganar el futuro?.

Es criminal que en esta encrucijada civilizatoria, los mezquinos intereses de siempre, nos conduzcan hacía el desastre. Financiarización (poder económico), mediatización (poder mediático) y tecnocratización  (poder tecnológico) son sus estrategias. Romper el Estado (debilitar lo colectivo), implantar la plutocracia (negar la igualdad) y la gobernanza canalla (gobernar contra la ciudadanía) sus instrumentos. ¡Me niego a considerar esto normalidad, ni vieja ni nueva!. Hay que negarse a aceptar que lo único, a que tengamos derecho a normalizar, sea a abrazar y besar a los seres queridos, a tomar copas con amistades y vecindad, a salir a cenar a restaurantes y bares, a ver futbol, baloncesto y tenis, a salir a pasear o ir de excursión al campo o la playa. A comprar en centros comerciales. Y a volver al precariado. ¿Esta es la nueva normalidad, con condiciones y limitaciones añadidas, que nos prometen?. ¡Siguen considerándonos idiotas!. ¿Lo somos?. Ni Orwell lo hubiera imaginado tal cual, ni Kubrick lo hubiera expresado mejor.   

El pasado día 6 de Mayo, apareció publicado en la Tribuna de Opinión de Le Monde, un artículo denominado «No a un regreso a la normalidad» suscrito por 200 representantes cualificados de la intelectualidad mundial. Un documento que ha transitado con muchísima más pena que gloria por el debate político y por los medios de comunicación en el mundo. También aquí. Interesa poco, en este sistema de fabricación de la opinión pública, este ejercicio de responsabilidad, reflexión cívica colectiva, concienciación ciudadana y radicalidad crítica por cuanto que atiende e interesa a la raíz de los problemas y busca  enfocarnos sobre las cuestiones esenciales que abordar, sobre los retos, cada día más, inaplazables de nuestra generación y su descendencia.

En este Manifiesto abordan y concluyen muy sintéticamente  tres cuestione esenciales que comparto absolutamente:

Uno) La pandemia de la covid-19 es una tragedia.  Que tiene la virtud de invitarnos a que nos centremos en las cuestiones  esenciales. La actual catástrofe ecológica forma parte de una METACRISIS civilizatoria: ya nadie, mínimamente riguroso, en la comunidad científica duda de la extinción masiva de la vida en la Tierra y todos los indicadores anuncian una amenaza directa para nuestras existencias. Sus consecuencias serán colosales, desmedidas. Tendrá la dimensión de un colapso global. Mucho más allá de las de una pandemia por grave que esta sea. La contaminación, el calentamiento global, la pérdida de biodiversidad y la  destrucción de los espacios naturales  conducen al mundo a un punto de ruptura. Acción para amortiguarlo y adaptarnos a las nuevas condiciones climáticas de la Biosfera, ya.

Dos) El problema es sistémico. El Sistema Neoliberal, progresista o simplemente capitalista, es el problema. Ajustarlo es, ya, del todo insuficiente, si es que en algún momento lo pudo ser. El libre albedrio de unas élites extractivas insaciables en su codicia no puede ser la mano invisible que muevan las interacciones y transacciones entre humanos. La extracción ilimitada de recursos naturales, la generación continuada de residuos y contaminación están en la génesis misma de la emergencia climática. El crecimiento infinito y el     consumismo nos ha llevado a negar la propia vida: la de las plantas, la de los animales y la de un gran número de humanos. Estamos traspasando los límites que una Biosfera finita nos impone. El modelo productivo que sustenta es insostenible. La toma de decisiones en manos del capital un desastre de dimensiones catastróficas. Acción para aplicar principios y estrategias de Economía Ecológica y sustituir el Sistema Neoliberal por su alternativa Social y Sostenible, ya.

Tres) La solución está en la ciudadanía. Solo la implicación, el compromiso y la participación de la sociedad civil pueden hacer posible este cambio y transformación radical, de nuestra civilización, que se requiere, a todos los niveles de su estructura. Reconstruir un Estado Social de los Derechos y Libertades, individuales y colectivas, fuerte y justo. Consolidar una Democracia Real.  Implantar una Gobernanza Social. Sustituir el actual Sistema Económico. Anteponer el Interés General y el Bien Común. Toda esta tarea ingente es imposible sin el compromiso masivo ciudadano y exige audacia y coraje colectivo. Es una cuestión de supervivencia, tanto como de dignidad y de coherencia ética y estética de la Humanidad. Acción ciudadana para el cambio y transformación radical de nuestra civilización, ya.

Hoy, la cuestión sobre la mesa, bajo ningún concepto, puede ser: ¿Cuando llegara la Nueva Normalidad?. Esto es meramente un espejismo. La cuestión esencial es: ¿Cuando empezamos a desarrollar los actos imprescindibles para impulsar el cambio profundo que requiere nuestra sociedad?.

Mi esperanza tiene que estar en la Humanidad. En que nunca pueden hacernos perder la fe en la especie humana como individuos y como colectivo. No nos queda otra. Aquí en La Tierra tiene que primar la máxima: Mientras allá vida, hay esperanza. Pero eso sí, no lo demoremos mucho. A riesgo de que cuando queramos, ya no podamos. Ya sea tarde. ¡Ánimo Humanidad!.

Juan Manuel Barrios Blázquez.

En Chiclana de la Frontera a 1 de Junio de 2020.

¿Sabes por qué se llama «Arbonaida» la bandera de Andalucía?

¿Sabes por qué se llama «arbonaida» La bandera de Andalucía?

Las banderas son trapos inocentes que no tienen la culpa de los mensajes de odio y exclusión que algunos les imputan. Yo creo en las banderas que simbolizan mis valores éticos y mi identidad incluyente: blanca, morada, arcoiris… Y la verde y blanca de Andalucía: la arbonaida.

«Arbonaida» es una palabra andaluza que proviene del árabe andalusí «albulaida» البُلَيْدة diminutivo de «balad» que significa mi tierra, mi país. Así pues, sería como «mi patria o mi matria chica» simbolizada en la bandera. La mutación de la «l» por la «r» es propia del andaluz.

La palabra «albulayda» no existe en el árabe clásico pero obedece a la fórmula de sus diminutivos, propia de las lenguas no escritas como el dariya marroquí, hermana de nuestra algarabía, donde se mantiene como un evidente reflejo de su influencia andalusí. Incluso hay un pueblo fundado por andalusíes en Argelia que se llama «albulayda» por la bandera que llevaban y la nostalgia de su pérdida.

La primera Mezquita que se fundó en Al Ándalus fue la de Algeciras llamada de las «arbonaidas» por la diversidad de banderas de los pueblos que penetraron en la península. Por la misma razón, se llamó de las «arbonaidas» el patio del Alcázar en Sevilla o la puerta de Granada.

Igual que el término «cora» proviene de la raíz «qarya» o pueblo, que se mantiene en los Alcores o la Alcarria, muchas de las coras andalusíes tomaron por nombre variaciones de «balad» o país, cada una con su «arbonaida» o bandera de colores mayoritariamente blanco y verde.

Así pues, igual que Ikurriña o Senyera significan bandera en euskera o catalá, «arbonaida» es bandera en andaluz y la bandera histórica de Andalucía, hermana de sus pueblos hermanos, que no sirve para vendar los ojos o el corazón, sino para arropar a quien tenga más frío que tú.

Antonio Manuel

La verdad sobre Blas de Lezo: victorias ruinosas, esclavos y agonía de un imperio

Después de la heroica defensa naval del puerto de Cartagena de Indias en 1741 llegó el momento de hacer las cuentas. En concreto, a España le tocó pagar 100.000 libras esterlinas, una fortuna de la época en concepto de compensación a los ingleses como consecuencia de la victoria. Es correcto: ganamos la Guerra del Asiento (1739-1748) con la gran defensa del almirante Blas de Lezo al frente, pero además del coste militar hubo que liquidar el asiento contable con una compañía privada inglesa, la ‘South Sea Company’. Salía a pagar. La gesta de Blas de Lezo es fácil de encontrar en cientos de páginas. El ventajoso acuerdo final para Inglaterra, no tanto.

Fue el precio por recuperar el comercio de esclavos negros y el navío de permiso que se habían cedido a Inglaterra en el Tratado de Utrecht de 1713 y que motivó a la larga la guerra. El negocio para Inglaterra, que había concedido el monopolio a la Compañía de los Mares del Sur —South Sea Company— demostró ser poco rentable, menos aún después de la interrupción de la guerra, así que tras la derrota devolvieron la concesión y endosaron a España unas cuentas plagadas de trampas que incluyeron hasta el uso de un cambio monetario descaradamente ventajoso, según describe Reyes Fernández Durán en ‘La corona Española y el tráfico de negros. Del monopolio al libre comercio’ (2011).

Lo que no se cuenta

Lo que no se cuenta habitualmente es el escabroso asunto del comercio de esclavos de negros de África que fue lo que motivó la guerra, y menos aún la ruina y el progresivo e imparable declive por el que se deslizaba ya el Reino de España. El tratado que puso fin a la Guerra del Asiento supuso además el fracaso del experimento político primero de Felipe V que con el Real Decreto de Flotas y Galeones de 1720 había comenzado una tímida liberalización del comercio con la inclusión de San Sebastián como puerto de comercio con Venezuela (Virginia León Sanz y Nicollo Guati, ‘The Politics of Commercial Treaties in the Eighteenth Century: Balance of Power, Balance of Trade’, 2017).

Batalla naval Blas de Lezo

En las postrimerías del conflicto significaría también el fracaso del secretario de Estado de Fernando VI, José Carvajal y Lancaster que consistió en un insólito intento español por armar una paz duradera con Inglaterra (José Miguel Delgado Barrado, ‘El proyecto político de Carvajal. Pensamiento y reforma en tiempos de Fernando VI’ CSIC, 2001). Antes, Patiño había trasladado la Casa de la Contratación de Sevilla a Cádiz y había reformado el comercio naval con los navíos de permiso. Con la victoria y la factura, los impulsos de retomar el poderío en los mares se diluyeron y llegaron las grandes derrotas contra los ingleses.

Tras pagar por ganar la guerra, solo diez años después, en 1761, España perdió dos puertos más importantes aún que Cartagena de Indias a manos de los mismos ingleses. Ocurrió en la Guerra de los Siete Años, que para España duraron solo dos, de 1761 a 1763. Fueron suficientes para perder nada menos que La Habana en 1761, la auténtica joya de la corona del imperio de Ultramar y, al año siguiente, Manila en las Islas Filipinas, que se rindió el mismo primer día del ataque inglés. No tiene mucha película.

En solo dos años, de 1761 a 1763, España perdió nada menos que La Habana, la auténtica joya de la corona y al año siguiente, Manila

A diferencia de la hazaña de Blas de Lezo, son dos derrotas tan invisibles en la historia de España que parece que nunca ocurrieron. Aquí se practica el olvido igual que en Gran Bretaña. Es fácil porque Cuba y Filipinas se perdieron otra vez en 1898, —en el caso de Cuba, la derrota naval le tocó al puerto de Santiago— el epílogo del desplome final de España como potencia colonial. Curiosamente, el balance de la derrota de la Guerra de los Siete Años se medio salvó, al menos en cuanto a territorios, con la firma de los tratados de paz: España cedió Florida a los ingleses a cambio de La Habana y Manila, que se recuperaron, y Francia compensó a Carlos III por su alianza cediéndole a su vez la inmensa Luisiana en Norteamérica.

Más se perdió en Cuba

Es más grato relatar la defensa de Cartagena de Indias de 1740 que contar no una, sino dos veces como cayó Cuba. Se conoce algo la última, la del almirante Cervera, que hizo lo que pudo en Santiago con una situación de partida tan inferior o más que la que tenía Blas de Lezo en 1740. La armada española no estaba tan anticuada como se ha contado en ocasiones, pero seguía a años luz de los barcos de EEUU. Los hombres que defendieron Santiago de Cuba son tan héroes como Blas de Lezo, solo que ellos perdieron. Pascual Cervera y Topete no solo no se rindió, sino que adoptó una decisión arriesgada para la defensa cuando lanzó a toda prisa a sus barcos fuera de la bocana del puerto para evitar el bloqueo naval de EEUU. No lo consiguieron. Desde lo alto de los restos de la fortificación española de Santiago se percibe lo difícil de la empresa.

En cuanto a Cartagena de Indias, la gran victoria de Blas de Lezo ha acabado por ensombrecer a Sebastián de Eslava, máxima autoridad de Cartagena de Indias durante el asedio y artífice también de la defensa del puerto, una figura que han rescatado Mariela Beltrán y Carolina Aguado. El relato de la batalla siempre esconde la ruinosa factura de la victoria. No es atribuible por completo a la audaz política exterior y comercial de José de Carvajal y Lancaster en los últimos estertores de la guerra de baja intensidad. Carvajal trató de establecer un acuerdo con los ingleses sobre la base de que era mejor «un aliado caro que tres ladrones», como Francia, Holanda y la propia Inglaterra (Vera Holmes ‘Trade and Peace with Old Spain, 1667-1750’).

Existe un largo debate en la historiografía sobre las virtudes y defectos de la cesión del asiento de negros y el navío de permiso. Eliminado el orgullo nacional de ceder el pastel de un monopolio a otra potencia, el nexo común reside en que falló por el contrabando de ambas partes y la relativa dificultad para obtener beneficios dentro del esquema de las dos potencias.

Nadie en la administración española se molestó en hacer los balances anuales correctamente con la Compañía de los Mares del Sur.

Desde la década de 1720, hasta el estallido de la guerra en 1739, nadie en la administración española se molestó en hacer los balances correctamente con la Compañía de los Mares del Sur, que estaba obligada a presentar las cuentas cada cuatro años (Adrian Finucane, ‘The Temptations of Trade: Britain, Spain, and the Struggle for Empire’). Tampoco existía un control exhaustivo en Inglaterra. En el momento de la negociación final el ministro español Carvajal estaba a ciegas, sin cifras ni contabilidad precisa a mano. Aún así se fajó duramente dos años, de 1748 a 1750, para reducir la deuda inicial de 300.00 libras que reclamaban los ingleses hasta la cifra final de los 100.000.

La oreja del marino Robert

El almirante inglés Edward Vernon estrelló una gran flota y perdió miles de hombres contra Blas de Lezo, que conocía con antelación el ataque inglés y había preparado concienzudamente la defensa. No obstante, los ingleses compensaron la derrota de Vernon con la firma de la paz de la Guerra del Asiento, que les salió a cuenta. Primero, porque la realidad es que las operaciones de la South Sea Company con la concesión de España del asiento de negros no eran rentables. Este fue el verdadero motivo para que Inglaterra declarara la guerra y no la anécdota de la oreja del marino Robert Jenkins, que en Inglaterra acabó dando nombre al conflicto (‘War of Jenkins Ear’).

Lo importante para Inglaterra del Tratado de Aquisgrán (1748) no fue tanto la compensación económica que consiguió para la Compañía de los Mares del Sur -en la que participaban los políticos ‘whigs’ ingleses- sino que mantuvo una importante ventaja comercial. Son los puntos 4 y 7 de la paz. El último era un rejonazo para España: los súbditos británicos podían disponer de los derechos de comercio de la época del fin de los Austrias adquiridos en 1667 durante el reinado de Carlos II. La historiadora Reyes Moreno lo recoge en el fragmento anotado del acuerdo: «En el legajo donde se guarda esta convención entre España e Inglaterra (…) se encuentra una nota sin fecha ni firma: ‘Tratado de España e Inglaterra, 1750, extinguiendo el asiento de negros, y dando el último golpe mortal al Comercio, industria y libertad mercantil de la nación, principalmente por medio del artículo VII».

El balance global de toda la Guerra del Asiento, a pesar de la gran victoria de Blas de Lezo, fue un desatino que conllevó unas cuentas abusivas o injustificadas, en el mejor de los casos. Solo supuso un pequeño paréntesis en el ocaso de España como imperio, las derrotas humillantes y olvidadas durante la Guerra de los Siete Años, en favor de otras gestas como la de Bernardo de Gálvez, esperaban a la vuelta de la esquina. A su término, Carlos III levantó finalmente el monopolio de Cádiz y de la Casa de la Contratación, la tímida iniciativa de Felipe V que no se continuó: todos los puertos y todas las compañías privadas podrían comerciar, pero el imperio británico era ya dueño de los mares.

 Julio Martín Alarcón.

Hoy es el día de mañana

Hoy ya es el día de mañana. Tanto esperar el futuro y ha aparecido, de pronto, en forma de bichito o virus que ha puesto de manifiesto lo peor de nuestras expectativas. Debe ser una consecuencia de la modernidad mal entendida, o mejor, de la decadencia de los humanoides empeñados en ser más que dios, más que la naturaleza, más que el aire.
 
Nos dijeron que seríamos felices si consumíamos cada día más, y como imbéciles aceptamos las reglas del macabro juego del capitalismo, de todos los capitalismos y sus extrañas formas y maneras.
 
 Nos repitieron hasta la saciedad que lo importante en esta vida éramos cada uno de nosotros sin tener en cuenta al vecino. “Tú eres lo único importante” gritaban sus portavoces, y los creímos. 
Conseguirás la eternidad. Hemos vencido a la muerte, pregonaban sus profetas. Las células madres serán la nueva panacea. “Ya no habrá ni luto ni llanto ni dolor porque… “este mundo es totalmente nuevo.
 
En la vida es importante ganar dinero sin preguntar su procedencia, ni el daño que puedas hacer, que se “jodan” los que tienen remordimientos. El dinero es buena vida, poder, grandes coches, y sexo, mucho sexo. Afirmaban sus agentes comerciales.
 
Los sentimientos son una chorrada de los antiguos, preconizaban algunos de sus filósofos, hay que creer solo en lo que se ve y en los ceros de tu cuenta corriente. Ante eso, todo es secundario. 
 
Los ancianos/as deben estar en centros adecuados para no interferir en la vida familiar, teniendo en cuenta que las viviendas-colmenas son las que nos dan más beneficios, repetían sin cesar en cuñas publicitarias pagadas a diferentes medios de comunicación. Lo decían más finamente sus asesores en materia social, pero el mensaje era el mismo, pese a las imágenes y a la música con la que lo vendían. La estafa siempre la garantizaba una entidad financiera.
 
Las guarderías para bebes y niños/as deben estar abiertas a las cinco de la mañana o a la seis lo más tardar, para que sus padres vayan a producir cuánto antes. Es evidente nuestra preocupación por la infancia, escribía un sicólogo a sueldo de las empresas propietarias del recurso.
Y así sucesivamente…
 
¿Y ahora qué? ¿Seguimos por donde íbamos o hacemos cambios profundos? ¿Somos capaces de crear un futuro diferente o nos gusta el que nos habían programado?
 
José Chamizo.-
 
 
 
 

La lista

En algunos corrillos de funcionarios existe cierta pugna por ponerle nombre a las cosas. A los proyectos, a los programas informáticos, a las leyes. He conocido diversos casos en los que se modifica el nombre de la ley con el objetivo de lograr unas musicales, simbólicas o graciosas siglas. No quiero decir que los profesionales banalicen sobre el contenido de la norma y se dediquen a estos superfluos pasatiempos, es sólo que, para la mayor parte de ellos, las nuevas leyes son simplemente textos que hay que tramitar, revisar, someter a exposición pública, votación, publicación en BOJA, entrada en vigor, revisión, derogación. Uno tras otro.

Para la otra inmensa mayoría, para los ciudadanos y las instituciones, esos textos se hacen de obligado cumplimiento y suelen cambiar sus vidas, sus derechos y obligaciones. También hay leyes que se aprueban sin mayores efectos, todo sea dicho, es la consecuencia de valorar la acción parlamentaria por las páginas de BOJA publicadas.

El gobierno andaluz ha comenzado la tramitación de la Ley de Impulso para la Sostenibilidad del Territorio de Andalucía, a la cual ya han bautizado como la LISTA. Lo mismo el acrónimo le viene como anillo al dedo pues viene a regular un aspecto esencial, el uso del suelo en Andalucía, esto es, una de las cuestiones de mayor repercusión estratégica para la vida de todos. Hay que ser especialmente listo para tratar aspectos tan relevantes de nuestra convivencia.

El portavoz rápidamente se ha apresurado a aventurar sus bondades, que si simplificación, que si agilidad, que si modernidad. Están encantados de conocerse. Para evitar que se embarre, la van a llevar por la vía de urgencia, la más rápida que existe, lo mismo esperan tenerla en vigor mientras la opinión pública y las empresas siguen atascadas en la recuperación tras el Covid-19. Sólo esta circunstancia dice mucho del talante del gobierno. Meter el acelerador y asegurarse que esté todo hecho antes que acabe la legislatura. Tanta prisa sólo tiene un motivo, intereses económicos.

La LISTA va a tener un potente impacto en centenares de municipios en cuyos términos hay tantas importantes decisiones por tomar. El uso o abuso de las normas en los próximos meses va a ser determinante y va a condicionar el resto del futuro. No será fácil equilibrar las fuerzas. Por eso es necesario, antes de echar a andar, pertrecharse de información y criterios de valoración.

Recordar que muchos municipios de la franja mediterránea lloran hoy su excesivo hormigón. Aprender que el turismo masivo sujeto a precios no mejora la renta media de los residentes en el destino turístico. Saber que en el vehículo de la destrucción no hay marcha atrás. Tener presente que aún son muchos los que siguen en prisión y embargados por sus tropelías. Identificar, cuidar y poner en valor los rasgos diferenciales es lo que proyecta el progreso del municipio.

El urbanismo es una mancha de aceite en el forro de la chaqueta. Cuando se hace visible es demasiado tarde para pararlo. Por eso, el freno a la LISTA hay que ponerlo ahora, sentando las bases de un modelo de ciudad, de municipio, de destino turístico que se haga sólido y perdurable, del que nos sintamos orgullosos.

Las opciones políticas no sólo tienen que poner a trabajar a los técnicos para estudiar la ley, que también; lo más importante es que concreten y comuniquen el modelo al que aspiran, que la compartan, que dialoguen y negocien; que lleguen a acuerdos. Porque el modelo urbanístico va más allá de una legislatura o un acuerdo puntual de gobierno, es un proyecto de largo recorrido que requiere una mínima estabilidad, pero cuya debilidad va a ser también el lastre de cualquier alcalde. Aunque sólo sea por egoísmo inteligente, es el momento de decir que modelo de pueblo, de ciudad queremos.

Antonio Aguilera.

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