Mi Educación General Básica (EGB) en la escuela de La Luisiana. (Sevilla). Por Baltasar Isla

Antes, fui en verano, apenas unos días, a las clases de no sé quién, en casa de no sé cuantos.

Era como pre-escolar o infantil de ahora.

Me pasé todas las horas llorando…
y eso que la maestra era guapísima y muy agradable,
intentando consolarme, dándome cariño…
pero no me gustaba estar allí.
Los primeros cursos apenas si los recuerdo.
Recuerdo los cambios que se producían de uno a otro curso.

 

LAS ESCUELAS VIEJAS

4º y 5º Curso de EGB

En primero y segundo estuve con el mismo maestro en el colegio Antonio Machado, que en aquél entonces lo llamábamos «las escuelas nuevas».
Nos obligaban a tomar leche en polvo, y como no nos gustaba, mi madre nos ponía un poco de cola-cao en un papelito para que lo mezcláramos, pero ni aun así. Vomitaba a diario, o se la daba al de al lado…
Se pasaba mucha necesidad.
En segundo un par de veces fuimos repartidos a otras clases, por falta de maestros. A mi tocó con Doña Joaquina, que tenía fama porque te hacia poner las manos como los italianos cuando hablan, con los dedos unidos hacia arriba, y te daba con el borrador en la puntita de los dedos. Oggghhhh!!! que dolor!.
Doña Joaquina era la preferida de todas las madres, porque nos ponía tiesos como una vela. Una institución. Estuvo muchos años en el pueblo.
En aquellos tiempos era muy normal y estaba bien visto que te castigaran y usaran la fuerza.
-¡Por algo será!
-¡algo habrás hecho!
-!La letra con sangre entra¡
Y te daban capones, tirones de oreja y de patilla, reglazos, coscorrones…

En tercero estuve con D. Pedro, al lado del cuartel de la guardia civil, donde había dos clases, una arriba y otra abajo.
Me encantaba la de arriba, donde entraba el sol y había mucha luz y además estaban las niñas.
Me tocó en la de abajo… con los niños, claro.
Aún no había mixto. Apenas entraba luz, era lúgubre y fría.
Había pupitres con dos asientos plegables y en la mesa inclinada con huecos para los tinteros.
Don Pedro me dio una vez con la regla de madera en las manos, no sé bien porqué motivo (seguramente me lo merecería) y después tuvimos que escribir un dictado.
No había quien entendiera mi letra, era imposible escribir con los temblores y el dolor…, pero no se podía llorar, porque llorar era de cobardes y tenías que aguantar como un campeón los golpes.
Además habíamos desarrollado un sin fin de estrategias preparatorias para recibir los reglazos y si llorabas era que no funcionaba tu estrategia.
Untarte cebolla en la mano era la mas recurrida.
Decían que no dolía… pero dolía un montón.
De este curso me acuerdo bastante bien de muchas cosas, pero sobre todo recuerdo los recreos en el patio, recibiendo el sol, después de estar metidos en aquella clase… era como salir al patio de la cárcel y con el cuartel al lado, más aun.

En cuarto y quinto nos mandaron a las escuelas viejas. Dos módulos con dos aulas cada uno, separados. Los chicos en un módulo, las chicas en el otro.
Nos tocó con D. Antonio, un cordobés que nos enseño mucho y bien.
Al entrar en el módulo, lo precedía una especie de zaguán pequeñito, donde nos refugiábamos cuando llovía. Después un recibidor con tres posibilidades. A izq. y drcha. las clases y de frente los baños.
El recreo lo hacíamos en una explanada, que era donde en verano se ponía la feria del pueblo. Actualmente la plaza Félix Rodríguez de la Fuente. En la explanada había árboles, donde más de uno se partió algún diente jugando al fútbol y un hueco donde se hacía la fuente de la feria, que en invierno se llenaba de agua de la lluvia.
La fuente de la feria era mágica, ¡¡¡funcionaba o dejaba de hacerlo cuando le pasabas la mano por encima!!! No lo podíamos entender, era imposible, que unos chorritos de agua obedecieran la mano de un niño.
Pero ya hablaré de la feria.
Sin motivo aparente, los chicos y las chicas no nos mezclábamos ni en el recreo.
Lo teníamos bien aprendido.
No tenía amigas, las chicas no podían ser tus amigas. A lo mejor alguna hermana de algún amigo, pero o eran mayores o muy pequeñas.
Ya empezaban a gustarnos las chicas, pero siempre estaban tan lejos, que eran como inalcanzables.
Cuando estaba en 5º curso, se murió Franco.
A partir de ese momento la vida escolar comenzó a sufrir cambios, al igual que la vida en general, pero yo los viví en el seno escolar.

 

En 6º, 7º y 8º, volvimos a «las escuelas nuevas» qué, con el cambio que se estaba produciendo en España, pasaron a llamarse: Colegio Público Antonio Machado.
¡Ya éramos mixtos! Pero en ésta etapa me pienso detener un poco más.
Sólo voy a contar una anécdota.
Un verano unos tíos míos que vivían en Cataluña, nos trajeron como regalo, unas camisetas blancas con un dibujo de una mano haciendo la señal de la «V» donde se leía «Visca Catalunya».
Se me ocurrió ir a clase con ella puesta. Creo que fue en 7º curso.
Ningún niño me dijo nada, pero cuando entró el profesor y  vio mi camiseta, comentó que vivíamos en Andalucía, que si yo era catalán y me invitó a que fuera a casa a cambiármela. Además se comprometió a regalarme una, pero con la bandera andaluza. Nunca lo hizo… y yo no volví a ponerme la camiseta discordante.

Se estaban muchos produciendo cambios, que no entendíamos muy bien,
pero notábamos, en el ambiente, que algo pasaba.
La constitución estaba naciendo.

 

 Autor: Baltasar Isla.

 

 

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