Mis silencios de vida III: Reflexiones sobre el simbolismo del silencio, por Julio Jiménez Cordobés

Nuestra vida es una eterna algarabía de griteríos. Palabras vacías, sin el apoyo del verbo constituyen el modelo a seguir, fomentamos lo intrascendente. Vivimos en una sociedad donde una persona despojada de obras puede imaginarse ser un sabio. Sin detenerse en lo que está diciendo, sólo utilizando su oratoria es capaz de aparentar ser el salvador o el señor todo poderoso de un grupo social determinado. El Ego, ¡cállalo! ¡El estampido de las voces nos aleja del pensamiento!

La ausencia de ruidos está desaparecida o reducida a la mínima expresión. Su método, sus reglas constituyen el camino a la sabiduría, el reencuentro con la verdad.

Desde los orígenes de la civilización humana se ha utilizado como orden para cultivar al hombre:

Epicuro: “Vive calladamente” Pitágoras: “El silencio es la primera piedra del templo de la filosofía”. Horacio: “Todos los hombres que no tienen nada que decir, hablan a gritos” Séneca: “Soy tan partidario de la disciplina del silencio, que podría estar horas hablando sobre ella”.

El mutismo es un denominador común en las distintas tradiciones religiosas. Por todas ellas, es considerado como el principio del conocimiento. Con su práctica se consigue calmar el espíritu para llegar a la paz interior.

En el Antiguo Egipto, la purificación del alma viene dada por la habilidad en la ausencia de ruido. El dios que lo representa es Harpócrates, un infante desnudo con un dedo de su mano derecha en la boca.

El budismo invita al regocijo que produce hurgar en uno mismo. Thich Nhat Hanh escribió: “El silencio interior es esencial para poder oír la llamada de la belleza y responder a ella. Si en nuestro interior no hay silencio -si nuestro ente, nuestro cuerpo están llenos de ruidos, no oiremos la llamada de la belleza”

Nos cuenta la leyenda que un día Buda alzó una flor blanca mientras enseñaba dharma (principios morales budistas) a un grupo de monjes. Mostró la flor y calló. Uno de sus discípulos, sonrió sutilmente ante el gesto.  Este fue la enseñanza del Buda: Todo camino hacia la conciencia está constituido por silencio porque la verdad no puede ser palabras, flor porque cuando se logra comprender se llega a la expresión pura de la verdad, sonrisa, porque la alegría es el estado natural cuando se entiende que todo es perfecto.

Los musulmanes, en su libro sagrado el Corán, elogian la virtud de la prudencia. así lo expresan:

El Profeta Muhammad, nos dijo: “Una de las señales de que la persona se ha afianzado en la fe y se ha aferrado al Islam es que habla poco”. El Califa Omar, dijo al respecto: “Quien habla mucho, incrementa sus pecados; y de quien aumenta sus faltas, el Infierno será su morada”.

“La lengua (la palabra) es una dádiva de Al-lah que debe ser usada de manera correcta, diciendo solo cosas beneficiosas, buenas, bonitas, alabando a Al-lah, recitando el Corán o callando cuando no se tenga nada bueno que decir, así se convierte en una bendición. Pero si, por el contrario, es empleada para maldecir, para ofender a la gente, para deshonrarla y difamarla, esta bendición se convierte en maldición y las consecuencias que acarreará su mal uso serán desastrosas”.

La tradición hebrea considera esencial crear un ambiente idóneo para poder escuchar la palabra sagrada. El cuarto libro de la Torá, llamado Bamidbar (en el desierto), narra la marcha del pueblo de Israel hacia la tierra prometida atravesando el desierto, lugar de ausencia de sonidos que impiden la distracción en el encuentro con Dios. Es el momento del Shemá, escuchar, prestar atención y responder a lo que se ha oído. Oración que llama a los judíos a vivir el compromiso, la práctica del amor hacia Yahveh.

Los cristianos entienden el susurro de la nada como el medio para llegar a Dios. La ausencia de ruidos es condición esencial de la oración, es la llave que permite la unión del alma con la divinidad.  No puede haber vida cristiana sin oración. En el libro del Antiguo Testamento de los Proverbios se nos dice: “Aún el necio, cuando calla, es contado por sabio; El que cierra sus labios es entendido”. “El hombre se alegra con la respuesta de su boca; Y la palabra a su tiempo, ¡¡Cuán buena es!!

En la Grecia clásica, Pitágoras de Samos, fue el máximo exponente de la filosofía del Silencio como el comienzo de la sabiduría (la primera piedra del templo de la sabiduría), el destino superior del alma. En la Escuela Pitagórica el discípulo ponía en valor su práctica durante dos o cinco años, de esta forma se elevaba al alumno al trabajo espiritual, al cultivo del ego interior, al control del ego personal, al aprendizaje de la discreción y la prudencia.

En el nacimiento de la masonería operativa, siglos XIV-XV, época de las grandes construcciones de las Catedrales Góticas se impuso el “silencio de las piedras”, el compromiso de guardar secreto del arte arquitectónico, de la técnica de construcción. Los constructores no podían transmitir a los profanos las habilidades de trabajar la piedra. La discreción junto con la hermética eran los medios para proteger al gremio de las injerencias mundanas, así como de las pérdidas de privilegios.

Con la finalización de las grandes construcciones góticas y renacentistas, los canteros, obreros, artesanos, decididos a mantener vivo el espíritu de las antiguas cofradías, crean logias sedentarias. Asociaciones abiertas a la participación de personas ajenas al gremio: nobles, intelectuales, abogados, burgueses. Estos nuevos “masones aceptados” irán sustituyendo a los antiguos operarios. Los talleres masónicos se modifican socialmente perdiendo toda relación con la actividad edificadora. Se pasa de una masonería operativa a una masonería especulativa.

En 1717 es el año de la unificación, el nacimiento de la Gran Logia de Londres. El comienzo de la Masonería moderna donde la disciplina del silencio es una de sus enseñanzas más importantes. El objetivo es formar a pensadores antes que habladores. Su aprendizaje nos llevará a la limpieza de nuestra mente para crear la actitud necesaria para proceder al estudio de la verdad, el resurgir de la sabiduría.

El mutismo en el arte Real lo impregna todo, la decoración de los talleres, los rituales de logias, los distintos grados de crecimiento personal etc. Cuando un profano se inicia en masonería, pasa por una ceremonia de iniciación donde la presencia de la nada es protagonista desde su ingreso en la cámara de reflexión hasta la finalización del ritual de iniciación con los viajes iniciáticos y los juramentos que convierten al profano en aprendiz masón.

Mente abierta, deseo de progresar, despertar las aspiraciones, la pasión por el conocimiento, son características por cultivar en el aprendiz. Como herramienta en este nuevo caminar se impone el silencio que nos enseña a escuchar, a pensar, porque no se llega a la verdad con palabras o discusiones sino con el estudio, la reflexión y la meditación. El iniciado en masonería debe permanecer callado, su objetivo es oir, ver, aprender. Cuando se consigue saber escuchar al hermano, se estará preparado para ascender a “compañero”.

En el segundo grado el masón deberá estudiar, comprender el sentido, el ser de la Masonería, para ello debe comenzar su instrucción con el estudio de diversas ciencias:  Cosmología, gramática, aritmética, astrología, filosofía etc. Se abre un periodo de formación donde la presencia de la nada, el mutismo, se convierte en “Reflexión Interior”, capacidad de escucharse a uno mismo, como medio para conectar el interior con los contenidos asimilados. De esta forma su madurez le irá permitiendo el dominio de las palabras, dotarlas de sentido, adquirir la templanza necesaria para determinar cuándo hablar o cuándo callar.

En el tercer grado, el Maestro por su madurez, percepción y práctica de la tolerancia debe dominar el arte de la “elocuencia”. Con un lenguaje fluido, claro, debe ser capaz de captar la atención de los oyentes, convencer, conmover. Las palabras tienen poder para construir o para destruir, pueden ser mal usadas, mal interpretadas, por ello los Grandes Maestros nos enseñan hablar cuando nuestro verbo sea más valioso que nuestro enmudecimiento.

El silencio es el enemigo del Ego, falsa ilusión de nosotros mismos, culpable de la degradación del hombre, cuando el yo desaparece en un masón, surgen los valores de libertad, igualdad y fraternidad. Cerremos nuestros labios, abramos nuestros corazones, es la mejor manera de hablar a nuestras almas.

 

Autor: Julio Jiménez Cordobés.

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