Mis Silencios de vida II. El camino iniciático que lleva a Santiago de Compostela

Mis silencios de vida II:  (El camino iniciático que lleva a Santiago de Compostela)

Autor: Julio Jiménez Cordobés.

 El tiempo no se detiene, sigo buscando la música de la “nada”, dejándome envolver por sus delicadas notas que me llevan a mi interior.

Atrás quedaron los cuentos infantiles, mis padres ya no están. No están muertos, viven en mí, en mis recuerdos. Cuando llegue la hora de cruzar al Oriente Eterno me encontraré con ellos.  Sigo disfrutando de las noches de estío en mi pueblo, contemplando las estrellas. Cuando paso por la plaza Pablo de Olavide, siempre recuerdo los juegos de niñez. Al entrar en la Iglesia de la Purísima Concepción continúo buscando la ausencia de palabras, la paz del templo. Sentado en uno de los bancos hablo conmigo mismo, con mi conciencia.

Mi siguiente experiencia en la búsqueda de la calma del silencio me lleva en soledad al Camino de Santiago. Empezaría en bicicleta desde Sevilla, mi destino, Santiago de Compostela siguiendo la ruta de la “Vía de la Plata”. Calzada que desde época prerromana enlazaba el sur con las tierras más septentrionales, permitiendo la colonización de la Bética. La importancia económica y estratégica de estos lugares, impulsó al imperio Romano a la construcción de vías para favorecer la comunicación. Así nace el itinerario, aproximando Augusta Emérita (Mérida) con Astúrica (Astorga) hacia el norte y con Híspalis (Sevilla) hacia el Sur. Todo el trayecto estaba marcado en millas romanas (1468m), con hitos de piedras llamados “miliarios”, símbolos para los peregrinos cuando transitan por esta ruta para llegar a Santiago.

¿Cuáles eran las motivaciones para emprender semejante actividad? Me considero una persona agnóstica, escéptico en temas religiosos, tampoco la búsqueda interior constituía mi objetivo principal, sólo pensaba en la realización de un proyecto de superación física personal. El reto de hacer kilómetros conectando el Sur con el Norte, descubrir paisajes, llegar a mi destino. Para ello, necesitaba una preparación física, una organización logística (compra de materiales, planificación de etapas etc.), además de fijar la fecha de salida, el día 1 de agosto del 2008. Para conseguir la resistencia necesaria efectué sesiones de entrenamiento por las distintas veredas del Puerto de Santa María, Sevilla y La Luisiana:

“La ruta de la manzanilla y el moscatel”, 78 kilómetros de vías pecuarias por huertas, pequeñas fincas de regadíos, viñedos con unas características especiales por la influencia del mar y el viento, nos deleitan con sus célebres caldos únicos en el mundo, visitando las ciudades de Chipiona o Sanlúcar de Barrameda donde el río “grande” se funde con el Atlántico.

 “Vía verde de la campiña”, entre La Luisiana y Córdoba”. 107 kilómetros por el antiguo trazado ferroviario uniendo Sevilla con Córdoba, acompañado de mi hermano. Un paseo a Écija se convirtió en toda una aventura al terminar en Córdoba, recordando esos trayectos recorridos en trenes de vapor por nuestros padres para desplazarse a las ciudades vecinas de Écija, Córdoba, Marchena, Sevilla. Túneles, puente de hierro, casillas de ferroviarios junto a campos de cereales, los corredores fluviales del Guadajoz o el Guadalmazán con una vegetación de ribera, enriquecen el paisaje del recorrido.

“De Sevilla a Sanlúcar de Barrameda acompañando al Guadalquivir”. 110 kilómetros convertidos en una verdadera pesadilla de barro y agua. El día antes de la etapa, llovió de forma copiosa. Al alba, el día amanece radiante. Inicio el trayecto a las 7,20 horas, con las alforjas ya instaladas en la bicicleta. Al salir de la ciudad por debajo del puente del quinto centenario para incorporarme al camino paralelo al río Guadaira, me encontré con la realidad que me acompañará durante toda la ruta, caminos embarrados hacían muy difícil la circulación. Campos de arroz acompañan al río Guadalquivir. La senda se transforma en una vía de asfalto, hoy abandonada, llamada “Carretera del práctico”.  A partir de ahora, mi vista se recrea de la escena del río Betis y su entorno ambiental.  continúo mi pedaleo hasta llegar al parque natural de “las Señuelas” por una zona de eucaliptos. Disfruto de la vegetación, del agua, de los animales (cigüeñas, aves rapaces, garzas etc.) ¡Todo un espectáculo! Para colmo, cerca de Trebujena empezó a soplar un fuerte viento de cara dando un tono de más dramatismo a la etapa. Imposible avanzar a más de 9 kilómetros hora. Distintos entornos naturales recrean mi vista hasta mi llegada a la meta final en el “Bajo Guía” donde el “al-wādi al-kabīr” (el Río Grande) vierte sus aguas al océano Atlántico.

¡Prueba superada! Me siento preparado para comenzar mi gran reto personal, sin saberlo, se convertirá en un verdadero “Viaje iniciático”.

El 1 de agosto del 2008, al alba, comencé mi aventura, perfectamente equipado y organizado, más de 500 kilómetros hasta Zamora. Una prostatitis aguda me impidió continuar hasta Santiago. Al principio iba con un objetivo de superación físico personal, propósito vacío del que surgen muy pocas cosas. Cuando me puse a pedalear dejando atrás la gran urbe Sevillana, la magia del camino, la soledad, el silencio de la naturaleza se impuso. Se produjo una conversión, una gran avalancha de sentimientos no se correspondía con el objetivo inicial. ¿Hacia dónde voy? No me imaginaba que esto podía suceder. Las ideas son una cosa, la realidad del camino es otra.

A mi espalda, Sevilla ya no aparece, voy por un camino ancho, muy cómodo, me aproximo al pueblo de Guillena, al pie de Sierra Morena. Espero no hacer realidad el famoso refrán: “Aquel que anda por la sierra cualquier día se descalabra”. Poco a poco me voy adentrando en su interior, ya no se escucha el estruendo de la humanidad. El mutismo se rompe por la fatiga del esfuerzo, o por la bicicleta al rodar entre piedras. Centrado en el empeño de la subida, no reparé en la belleza del paisaje. Al llegar a la zona del Berrocal en pleno corazón de la serranía, alejado de toda civilización, realicé una parada para descansar, coger fuerzas para subir al “Cerro el Calvario”. Miré a mis aledaños, estaba pasando por un paisaje maravilloso, lleno de misterios, atravesaba caminos transitados por peregrinos durante siglos. A mi alrededor, montañas, prados, pistas forestales, pájaros, flores, sol, cielo, nubes eran los únicos compañeros que tendría en esta aventura. Me imaginaba levantarme cada mañana lejos del estrés de mi agitada vida.

 La subida al “Calvario” fue un verdadero sufrimiento, imposible hacerla en bicicleta, ¡pie al suelo!  Cada 50 metros realizaba una parada buscando la sombra de una encina. El esfuerzo fue enorme, exhausto, aparecen deseos de abandonar, volver sobre mis pasos, pero recordé las palabras de mi padre: – ¡Julio! En la vida, siempre hay que ir hacia adelante-. ¡Por fin la cima! Un mirador me ofrecía el lugar perfecto para descansar de la tortura de la subida. La inmensidad de la naturaleza se presentaba en este lugar, mi vista al horizonte sólo alcanzaba bosques de encinas.  La paz, el sosiego, la circunspección, un momento conmovedor, especial y mágico se imponían a la satisfacción por superar el reto del ascenso.

Escribiendo estas palabras, no dejo de pensar en la película: “El hombre que pudo reinar” basada en el libro de Rudyard Kipling. Sus protagonistas, Dravot y Carnehan (Sean Conery y Michael Caine) realizan un viaje iniciático lleno de dificultades hacia la búsqueda de la luz interior, siempre presente, aunque no nos demos cuenta. Deseo no acabar como ellos, imbuidos por la ambición del poder, alejados de la virtud de la sabiduría. Todo ser humano realiza un camino iniciático en su vida. No importa el final, lo fundamental es cómo lo hayas vivido. Rudyard Kipling solía decir: “El saber soportar las falsas injurias de los necios para deleitar a los tontos y mantener el silencio que refuerza nuestras verdaderas acciones, ennoblece nuestra condición de hombre”.

 El resto de la jornada hasta mi albergue de descanso en la ciudad de Real de la Jara en el límite de la vecina Extremadura, lo realizo con tranquilidad, disfrutando de mis pensamientos, sin prisas por llegar, el tiempo se había parado para mí. El medio natural es mi acompañante. Me siento feliz, desintoxicado, sin ataduras, encontrándome conmigo mismo.

Durante cinco etapas por la Comunidad Extremeña. Ciudades milenarias como Mérida, Cáceres, me dan la bienvenida. Campos de vides, paisajes de centenarias encinas me reciben con los brazos abiertos, ¡qué gran pueblo!, hospitalidad, buena comida, personas de honor, muy distinto al estereotipo que D. Francisco Gregorio Salas, poeta y eclesiástico, realiza de sus paisanos al definirlos como “indios de la nación por su pereza” (décima recogida en sus Epigramas), ¡vaya forma de echar tierra a la nobleza de un pueblo! La amplia llanura da lugar a la sierra de Gredos en Baños de Montemayor, a las puertas de Castilla y León, muy cerca de Béjar en la vecina Salamanca.

Una nueva virtud aparece en mi travesía, el compañerismo, la fraternidad o la solidaridad, compartir mis sensaciones con otros compañeros de viaje. Peregrinos en búsqueda de sentido en sus vidas o simplemente superar una meta personal, dispuestos a escuchar y a ser escuchados. Durante mi paso por la provincia de Badajoz conocí a Stéfano, italiano de Milán. En soledad caminaba desde Zafra en dirección a Salamanca. Compartimos experiencias en una tarde de convivencia, o los hermanos Eduardo y Juan Manuel, salieron de Córdoba, nos encontramos por tierras de Cáceres, disfrutamos juntos hasta Salamanca. Convivir con extraños como si los conocieras de toda la vida, estar siempre dispuesto a auxiliar a quien esté en apuros. Lo importantes es dar nuestra mejor versión de lealtad y hermandad hacia los demás. Estar siempre dispuesto a ayudar, atender, oír a quien lo necesite.

Siguiendo por la vía de la plata, llegamos a las ruinas de la ciudad romana “Caparra”, pasamos por una de sus puertas, en el centro se levanta majestuoso el “arco de Caparra” dando paso al foro, templos y termas. Nos acercamos a Castilla y León. Después de coronar el puerto de Béjar volvemos a la llanura, atravesaremos fincas de ganado hasta llegar a Salamanca. Pero antes, hacemos noche en uno de los albergues más emblemáticos situado en Fuenterroble de Salvatierra. El padre Blas nos recibe para darnos la bienvenida. Él es quien ha construido tan emblemático lugar, de la misma forma, durante todo el trayecto hasta la capital Salmantina ha dispuesto pequeños refugios para los peregrinos, instalando una gran cruz en la cima del pico de “las dueñas”. Los viajeros suelen traer una piedra de sus lugares de origen para depositarla al pie de tan solemne cruz, convirtiendo al camino en un lugar tan espiritual como místico.

Desde Salvatierra pasando por la vieja ciudad universitaria fuente de inspiración para Antonio Nebrija, Fray Luis de León o Miguel de Unamuno nos adentramos en tierras de vinos. Justo aquí me separo de mis acompañantes, ellos, deciden continuar hasta Zamora por carretera. No quiero dejar las veredas, deseo continuar la magia, el misterio, vibrar con la naturaleza, con su espiritualidad que me lleva directo a mi interior a través de la práctica del silencio. Pensar, despejar mis ideas, planificar mi vida. Contemplar el transcurrir de mis años, calmar los ánimos, reconducirme hacia la templanza, el sosiego, el aplomo.

Cae la tarde, decido pasar mi última noche de esta aventura en Villanueva de Campeán, muy cerca de la ciudad Zamorana. Al alba, con bastante frío, inicio la marcha hasta llegar a mi destino final, Zamora. La prostatitis se ha agudizado. Me alquilaré un coche para volver sobre mis pasos.

Esta escapada ha sido perfecta para pensar en mis metas olvidadas. La ausencia de ruidos me ha ayudado a reflexionar, sobre lo que soy, el estilo de vida que quiero llevar y lo que quiero hacer por los demás.

¡Peregrino!, ¡cuando llegues a escuchar el silencio del camino habrás aprendido el idioma de tu alma!

 

Julio Jiménez Cordobés. Aprendiz Masón.

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