Mis silencios de vida I. Julio Jiménez Cordobés

Desarrollo un trabajo sobre el silencio filosófico, su definición, comprensión, análisis y conclusiones. Durante mi dilatada vida he tenido distintas vivencias, unas positivas, otras no tanto, sobre la soledad, la calma y el mutismo de la nada. Se me ha ocurrido que la mejor forma de expresar el significado de este término es comenzar a narrar mis experiencias personales, mis silencios de vida.

Los primeros años de mi existencia los pasé en mi casa de La Luisiana en la campiña Sevillana. Éramos unos privilegiados por vivir en una residencia con dos plantas, en la parte baja, hacíamos “la vida”, es decir, donde pasábamos la mayor parte del día. Al entrar en la vivienda se disponen distintas estancias:  el zaguán, donde se recibe a los que llaman a la puerta, la salita de estar, con un sillón y un gran sofá de escay rojo, mi madre los cubría con una gran sábana en verano porque cuando el sol empezaba a apretar, te sentabas y notabas cómo te ibas pegando, a veces, entre tu piel y el sofá se interponía una capa de sudor liberada por tu cuerpo al contacto con el escay. En frente, un gran mueble con una televisión en color marca Telefunken. A continuación, estaba el salón, con un gran “mueble bar”, es curioso el nombre, porque de bar, solo tenía una puerta con apertura hacia abajo, sostenida por dos varillas de metal, en su interior, botellas de anís Marie Brizard, Ginebra, Cointreau, Licor 43, granadina, etc., algunas copas y diminutos vasos.  Ocupando todo el salón una gran mesa con seis enormes sillas a su alrededor. Al fondo, una escalera daba acceso a un baño y a la planta superior donde estaban los dormitorios, junto a éstos, una puerta daba acceso a la azotea. A continuación del salón existía un dormitorio, la cocina, un patio con todo tipo de macetas de geranios, gitanillas, helechos, cintas etc. En verano, lo cubría un toldo enorme, su sombra aliviaba de las altas temperaturas. Finalmente, una minúscula cochera, ¡qué difícil era aparcar el Seat 600 en ese reducido espacio! ¡Peor fue, estacionar el siguiente coche comprado por mi padre, el Seat 127!

Cuando era pequeño recuerdo el miedo a la soledad, la ausencia de sonidos, la oscuridad de la noche. No lo soportaba, me producía ansiedad, muchas veces introducía la cabeza debajo de las sábanas, dormía totalmente cubierto, ajeno del exterior.

Los fines de semana, mi padre descansaba de las 12 horas diarias de trabajo en la fábrica de Aceite y jabones “Díaz Geli”, me levantaba muy temprano para meterme en la cama con él, disfrutaba de sus relatos, me hacía sentirme seguro, protegido. Se reía de mi con el cuento del haba:  – ¿Quieres que te cuente el cuento del haba que nunca se acaba? – Yo le contestaba: Siiiiiiiii, y me volvía a decir: – Pero si yo no te digo que sí, ni que no, ¿sino que si quieres que te cuente el cuento del haba que nunca se acaba? –

Al final, siempre terminaba contando la historia de Garbancito en diferentes versiones, unas veces garbancito vivía en un bosque, sus padres eran leñadores, otras, en la campiña, sus padres campesinos, en algunas ocasiones, se perdía entre la espesura de los árboles, otras, en el vientre de una vaca.  A mí me daba igual el cuento, lo importante, era estar en la cama junto a mi padre, sin miedos, feliz, disfrutando de su compañía.

Ante la ausencia forzada por el trabajo de mi progenitor, mi abuelo “Manué” ejercía de padre. Fue todo un personaje. Participó en la guerra civil en el bando nacional, lo hirieron en la mano, perdió varios dedos, lo llamaban “Manué el mutilao”. Volvió de la contienda con una paga por mutilado de guerra, con otra de sargento y con un puesto de trabajo como conserje en el ayuntamiento de mi pueblo. Él no entendía de política, vivía en una casa en el campo junto con su mujer, sus más de seis hijos, dedicándose a la agricultura, la ganadería y al comercio de los productos de su propiedad. Cuando llegaron los golpistas del 36 le dijeron: – O te unes a nosotros, o te matamos -. No lo dudó, se hizo “del bando nacional”, tuvo suerte, mucha suerte.

Unos años más tarde acompañaba a mi abuelo “Manué” por los cortijos cercanos al municipio, donde él compraba huevos, pavos, gallinas para después venderlas en Sevilla. Andábamos entre olivos, palmas, zarzas y campos de labor, el silencio se imponía a la algarabía de los vecinos de La Luisiana. Me gustaban esos paseos tan largos, escuchar sólo las pisadas al hundirse en la tierra labrada, disfrutaba cuando el sonido de los aguiluchos, perdices y jilgueros rompían la serenidad, esto es, la calma de la campiña. Los olores a hinojos, lirios, margaritas y todo tipo de flores me hacían detenerme, sentarme apoyado en un gran olivo para disfrutar del escenario. Mi acompañante, siempre se enfadaba, pero al final, hacíamos un descanso acomodándose a mi lado. Recuerdo una vez, en una de estas paradas, se subió a un olivo para coger aceitunas, me asusté, y le dije; – ¡Abuelo!, o te bajas rápido o te rompo todos los huevos del cubo -. El pobre hombre, se lanzó al suelo desde lo alto del centenario olivo para proteger tan preciada mercancía. En Sevilla le llamaban “Manué el huevero”. En estos momentos de sosiego mi abuelo cogía un huevo, le hacia un agujero en la parte superior e inferior, me lo daba, aspiraba, y, ¡todo para dentro!

Avanzaba en edad, mi independencia se hacía mayor. La plaza de la iglesia era uno de los lugares donde los niños del momento jugábamos y donde empezábamos los primeros escarceos amorosos de la infancia. Por aquel entonces, yo fui monaguillo. Descubrí un nuevo silencio que me marcó de forma positiva. Entraba en la iglesia, un espacio con unos olores especiales, una calma y paz peculiar invitando a la reflexión. Todas las prisas junto con las preocupaciones del momento se quedaban fuera. Dentro del templo de la Purísima Concepción me encontraba a mí mismo, disfrutaba solo con estar sentado en uno de sus bancos, pensando, reflexionando, escuchando la nada, a veces el chiscar de las velas. Era el lugar perfecto para dar un beso a mi primer amor de infancia. Y así fue, detrás de la gran pila bautismal, donde hoy está nuestra “borriquita”, Mi amiga de juegos y yo, nos besamos por primera vez, teniendo por testigo al “Santísimo Cristo de la Piedad” ¡No se pudo elegir mejor escenario!

Los veranos constituían una de mis épocas favoritas donde descubrí el silencio de las noches estrelladas. Para combatir el sofocante calor, al atardecer, me subía a la azotea para refrescarla con agua, Preparaba un dormitorio improvisado, colchón, sábanas y mantas. Cuando la noche cerraba el día, mis sentidos se disponían a disfrutar del espectáculo. Buscaba la constelación de la “Osa Mayor”, siete estrellas forman un “carro”, le llamábamos el carro mayor, o la estrella polar, la más brillante de todas, formando parte de la constelación de la “Osa menor” o “carro menor”. Entre constelaciones, estrellas, el fresco de la noche y la luz tenue de la luna, me pasaba horas soñando despierto, mis ilusiones, mis amores de infancia, así me quedaba dormido hasta el alba, las primeras luces del amanecer me despertaban y me hacía volver a mi dormitorio.

¡Ya no me daba miedo la noche, ni me creaba inseguridad!

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