Hoy es el día de mañana

Hoy ya es el día de mañana. Tanto esperar el futuro y ha aparecido, de pronto, en forma de bichito o virus que ha puesto de manifiesto lo peor de nuestras expectativas. Debe ser una consecuencia de la modernidad mal entendida, o mejor, de la decadencia de los humanoides empeñados en ser más que dios, más que la naturaleza, más que el aire.
 
Nos dijeron que seríamos felices si consumíamos cada día más, y como imbéciles aceptamos las reglas del macabro juego del capitalismo, de todos los capitalismos y sus extrañas formas y maneras.
 
 Nos repitieron hasta la saciedad que lo importante en esta vida éramos cada uno de nosotros sin tener en cuenta al vecino. “Tú eres lo único importante” gritaban sus portavoces, y los creímos. 
Conseguirás la eternidad. Hemos vencido a la muerte, pregonaban sus profetas. Las células madres serán la nueva panacea. “Ya no habrá ni luto ni llanto ni dolor porque… “este mundo es totalmente nuevo.
 
En la vida es importante ganar dinero sin preguntar su procedencia, ni el daño que puedas hacer, que se “jodan” los que tienen remordimientos. El dinero es buena vida, poder, grandes coches, y sexo, mucho sexo. Afirmaban sus agentes comerciales.
 
Los sentimientos son una chorrada de los antiguos, preconizaban algunos de sus filósofos, hay que creer solo en lo que se ve y en los ceros de tu cuenta corriente. Ante eso, todo es secundario. 
 
Los ancianos/as deben estar en centros adecuados para no interferir en la vida familiar, teniendo en cuenta que las viviendas-colmenas son las que nos dan más beneficios, repetían sin cesar en cuñas publicitarias pagadas a diferentes medios de comunicación. Lo decían más finamente sus asesores en materia social, pero el mensaje era el mismo, pese a las imágenes y a la música con la que lo vendían. La estafa siempre la garantizaba una entidad financiera.
 
Las guarderías para bebes y niños/as deben estar abiertas a las cinco de la mañana o a la seis lo más tardar, para que sus padres vayan a producir cuánto antes. Es evidente nuestra preocupación por la infancia, escribía un sicólogo a sueldo de las empresas propietarias del recurso.
Y así sucesivamente…
 
¿Y ahora qué? ¿Seguimos por donde íbamos o hacemos cambios profundos? ¿Somos capaces de crear un futuro diferente o nos gusta el que nos habían programado?
 
José Chamizo.-
 
 
 
 
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