Carta a los políticos profesionales

Tomás Gutier

CARTA A LOS POLÍTICOS PROFESIONALES.

 

            En España, para ser alcalde de una ciudad no se necesita nada, ni siquiera haber ganado las elecciones. Presentarse a los comicios y conseguir representación, es el único escollo con alguna dificultad. A continuación, algo de palabrería, mucha demagogia, manipular, comprar y vender voluntades… y ya se puede manejar el enorme presupuesto municipal sin cortapisa alguna. Sin embargo, para ser barrendero de esa misma ciudad es necesario pasar un exhaustivo examen.

            Luego, nos extraña leer en los periódicos que ciertos políticos, después de una gestión nefasta que ha dejado en bancarrota al país, a la autonomía o al municipio, se marchan a su casa con un patrimonio muy superior al que tenían cuando accedieron a la presidencia o la alcaldía, sin necesidad de dar cuenta de su gestión y sin obligación alguna por lo que han hecho o han dejado de hacer. Nadie ha exigido responsabilidades por el incumplimiento de muchos programas de gobierno que, en teoría, debieron llevarse a cabo.

            Y es que la democracia ha sido ingenua al creer que no se iban a aprovechar de ella. Por eso, nunca hemos establecido mecanismos de control, responsabilidades y obligaciones, de forma que, no sólo se ha deteriorado el noble ejercicio del servicio público en aras de un bien común, sino que la distancia entre los ciudadanos y sus representantes se ha vuelto insalvable. ¿O quizás perseguían eso?.

            ¿Quién tiene la culpa de esta situación?. Por supuesto, sin duda y aunque duela: el pueblo que lo consiente. ¿Por qué les damos casta blanca?. Los políticos corruptos únicamente se aprovechan de nuestra dejadez  de nuestra miseria. Esos que con su mafiosa forma de actuar han conseguido ocultar al honrado y trabajador representante público. Los que han hecho todo lo posible para que la ciudadanía desprecie la política como si no fuese cosa del pueblo, o la deje en las sucias manos de los negociantes de ilusiones, acosadas por los mercaderes de programas e ideologías.

            Los políticos nunca han traído cambios positivos, y cuando han realizado alguna modificación ha sido a favor de sus intereses y en contra de los ciudadanos que representan. Los cambios sociales profundos los han hecho el pueblo, una parte del pueblo. Esa minoría que ha cuestionado el status vigente y ha luchado hasta dar la vida por unos ideales, posibilitando los avances sociales, las garantías cívicas, la paz y la libertad.

            Porque se nos llena la boca cuando decimos que en este país vivimos bajo una Constitución que nos iguala a todos. ¿Nos iguala? ¿A todos? Hay un señor que ni siquiera tiene que responder ante la ley, está por encima de ella. Y otra ley nos permite acceder a una jubilación bajo ciertas condiciones, condiciones que son diferentes para los políticos. No es lo mismos ser enjuiciado en su quehacer ciudadano teniendo el título de político que no teniéndolo. Y se adquiere el derecho a una prestación por desempleo de manera distinta si se es político que si no se es. Sanidad publica, ¿los políticos esperan su turno en los hospitales públicos cuando han de ser operados?. Educación Pública, ¿los hijos de los políticos van a colegios públicos o privados? Ellos hacen las leyes, ellos dictan las normas. Les dejamos hacer sin control alguno, y por supuesto no son tontos, nadie escupe hacia arriba. Por eso, los políticos dictaminan que una familia puede vivir con menos de setecientos euros al mes mientras ellos cobran un sueldo diez, quince o veinte veces superior.

            En este país y hasta la muerte del dictador, las posiciones estaban meridianamente claras. Se distinguía plenamente al totalitario del demócrata y al dictador del liberal. La izquierda en su lado, la derecha en el suyo. Luego vinieron los políticos profesionales, aquellos que han hecho del poder una cuestión personal (quienes más nos liaron fueron los socialistas –cien años de honradez, decían- los demás ocupaban más o menos su lugar) y todo de alteró. Con un discurso demócrata, igualitario y “talantero”, se pudieron efectuar acciones antidemocráticas, hasta el extremo de alcanzar el terrorismo de Estado, mermar la libertad y cercenar los derechos cívicos.

            La partitocracia se adueñó de la política, vició el sistema de partidos y ya no existían los interese comunes sino los personales. Convirtió los tres poderes clásicos en uno solo. Y adormeció con nanas de solidaridad a la sociedad civil. O la secuestró para sus intereses de partido, al igual que hiciera con la misma libertad de expresión y con los medios de comunicación como otra exigencia imprescindible para una sociedad libre.

            Y ahí se encuentra el problema. No tenemos claro qué baremo deben cumplir nuestros representantes en los órganos legislativos. Les votamos porque nos caen mejor, porque nos engañan más o porque nos prometen con más gracia, y  luego, aquellos que hemos elegido nos desprecian. El político desea que le admiren, sin darse cuenta de que lo importante es que le respeten y le aprecien. En su mayor parte nos hacen aborrecer la política durante los cuatro años de legislatura, justo hasta el momento preciso, hasta que las técnicas de publicidad y la mercadotecnia nos convencen de votar a sus siglas antes de que ganen las otras. No nos dejan estudiar más opciones, confiar en otras personas, leer más programas… y por supuesto, descubrir entre ellos la necesidad de más presencia de Andalucía y de andaluces horados en las esferas de gestión política. Más importante aún que solucionar la crisis económica es la regeneración de la vida pública, como factor de confianza en quienes nos gobiernan.

            Pueden ustedes verlo, señores políticos, el mismo lío que nos hemos formado escribiendo esta carta lo tenemos a la hora de valorarles. Teóricamente se les nombra para defendernos, pero mal deberán hacerlo cuando vamos como vamos. Si un entrenador no consigue los objetivos propuestos deberá abandonar el club si un directivo no consigue los resultados prometidos deberá dejar su puesto en la empresa.. A los profesionales que no cumplen normas se les inhabilita. Es lo normal. Sin embargo ustedes se enrocan en el sillón y sólo lo abandonan cuando su partido les obliga.

            Ya sabemos que el pueblo os lo aguanta todo. Pero… ¿podrían tener un arranque de honradez y dignidad, dimitiendo por no cumplir con su trabajo y no hacer realidad lo prometido en su programa electoral?

 

Tomás Gutier.

Carta a los Partidos Políticos.

Tomás Gutier

CARTA  A LOS PARTIDOS POLITICOS.

 

Podrá parecer una insensatez al escribir una carta a una entidad, a algo que ni tiene corazón, ni razona, ni siente, ni padece. Pero, tal como están las cosas, se hace necesario dirigirnos también a esos monstruosos entes, devoradores de libertades, ilusiones, voluntades e iniciativas. Parecen tomar decisiones propias, decisiones que nos afectan como personas en lo individual y como ciudadanos en lo común, por eso, reclamamos de ellos un poco de atención ya que existen en función del votante. Máxime, cuando se dice que son la esencia del pluralismo político y paradójicamente, en muchos casos, actúan de la manera más dictatorial. Ya sea dentro de su organización como ante la sociedad misma, dan la espalda a las promesas que nos habían ofrecido para reclamar nuestra atención y voto. Y aunque sólo fuera por la importancia que le otorga la Constitución, tantas expectativas rotas bien merecen estas líneas.

            Cuando finalizó la dictadura franquista, se analizaron concienzudamente las causas que nos llevaron al tremendo desastre de la guerra civil en 1936, tras el golpe de estado anticonstitucional. Las grandes diferencias sociales, el odio interclasista, la sima entre obreros y empresarios, las conspiraciones militares, la endogamia del sistema… todas ellas, procuraron corregirse y matizarse para intentar un periodo de convivencia dilatado en el tiempo y continuando con normalidad.

            Aunque hubo una causa que, por negligencia o indolencia, vaya usted a saber, ni se corrigió, ni se intenta corregir. A lo peor fue por interés por decisión tomada a sabiendas de lo que se hacía. Pero la realidad es que la partitocracia, ese culto al sistema de partidos de forma enfrentada a la sociedad civil, esa sumisión exacerbada al dios partido, fue una de las causas, aunque no la única, que hicieron posible el enfrentamiento, a contra natura, en una contienda que, aún hoy, nos llena de vergüenza. Y esa vieja y deleznable partitocracia sigue vigente aún y con más vida que nunca, dando armas y argumentos al totalitarismo.

            Los partidos políticos no nacieron espontáneamente, surgieron de la necesidad organizativa de personas con una sensibilidad común que percibieron la posibilidad de unirse para tener más fuerza y poder difundir sus ideales. Para resistir así y transformar cuestiones que entendían necesario mejorar. El paso por las instituciones no era un fin, sino un instrumento más en el mecanismo social encaminado a cambiar las mentalidades y alcanzar lo que cada uno entendía como progreso y modernidad. El ejercicio del poder era sólo un medio para alcanzar ideales.

            Eso fue hace ya muchos años. Hoy podemos comprobar que han variado poco, aunque sustancialmente. A lo largo del siglo XX, en la medida que las aspiraciones de los movimientos sociales y obreros han ido consolidándose, a la vez que las instituciones se han afianzado y sus aparatos administrativos se han prodigado, torcieron sus ideales y su capacidad de servicio al bien público. Por ello, les acusamos de haber secuestrado a su conveniencia a una sociedad civil indefensa y hasta que su financiación deje de sustentarse en el sueldo de sus representantes públicos, los ciudadanos estamos condenados a subvencionarlos indirectamente.

            En teoría,  los partidos políticos deberían ser los principales mediadores entre la sociedad civil y el Estado. El filósofo italiano Giovanni Sartori los definió de manera precisa: “Los partidos son conductos de expresión, son un instrumento que representa al pueblo al expresar sus exigencias. Los partidos no se desarrollaron para comunicar al pueblo los deseos de las autoridades, sino para comunicar a las autoridades los deseos del pueblo”.

            Sin embargo, y para nuestra desgracia, la realidad contradice diariamente a esta perfecta teoría. Actualmente las organizaciones políticas se han convertido en una estructura cerrada y difícilmente movible, un coto hermético donde apenas queda representada la voz del ciudadano, primando el interés del colectivo ideológico y social –siempre circunstancial- que lo configura y, sobre todo, recibiendo la imposición de un cuadro dirigente o de un líder con sus propios intereses que se encuentran muy alejados no ya del pueblo, sino de sus mismas bases.

            Aún así, lo más preocupante resulta ser el papel de la Sociedad Civil, relegada a ejercitar un triste voto cada cuatro años para elegir el partido más afín a sus ideas (suponiendo que exista alguno). Las organizaciones políticas monopolizan, no ya sólo la forma de pensar, sino también la forma de actuar y sentir de la sociedad. El pueblo no tiene acceso directo al poder ejecutivo o legislativo (poderes que le dominarán totalmente y gobernarán su vida), si no es a través de un partido y de la supeditación a sus intereses, exigencias y disciplina.

            Frustración, melancolía, desánimo… la sociedad va decayendo, la apatía se apodera de los ciudadanos y únicamente quienes se atreven a gritar “no nos representan” guardan entre ellos el suficiente ánimo para pensar que “otra sociedad es posible”.

            Qué duda cabe que el sistema de partidos políticos forma parte del desarrollo democrático. Hablar de democracia y, por ende, de organizaciones políticas, es algo natural y lógico. Pero debe quedar muy claro que en absoluto tienen el monopolio. Política es el arte del bien común, dijo Platón. O como nos recordó Infante, los políticos deben ser similares a los educadores y las instituciones, escuelas en las que aprender. Por eso nos hemos dirigido a usted, señor partido, o lo que sea, para hacerle ver lo que usted no quiere ver para hacerle meditar. La partitocracia provoca un daño enorme a la sociedad que dice defender. El beneficio de unos pocos, muy pocos, nos destroza como personas, nos aburre en el presente y nos desengaña para el futuro.

            Y nos rebelamos al ver que vuestras posiciones particulares u orgánicas priman siempre sobre los intereses ciudadanos. Que habéis hecho del posibilismo pragmático una justificación a vuestros olvidos electorales y de vuestros afiliados una estructura militarizada donde “quien se mueve no sale en la foto”. Habéis convertido la diginidad de tener el carné de un partido político en una tarjeta Visa con crédito ilimitado. Sois muy culpables de la desmovilización, de la apatía que nos rodea  y, sobre todo y esto es lo más preocupante, de que muchos ciudadanos entiendan la corrupción como algo consustancial a lo que debe ser un generoso acto de servicio público. Y lo que es peor aún si cabe: habéis alentado a los corruptos, mezquinos y miserables a entrar en política para enriquecerse de manera rápida y sin problemas. El franquismo, el observar las actitudes franquistas e inhumanas de quienes se creían una “unidad de destino en lo universal” creó demócratas, ¿qué estáis haciendo ustedes?

            La partitocracia, en su sentido más perverso, destruye la convivencia, y mientras gritemos en las calles y plazas aún habrá solución, lo malo, lo peligroso, es que su actitud provoque conciliábulos de “salvapatrias”, seguros de que la democracia es la culpable de todos los males y convencidos de su misión divina.

¿Les suena?

 

Tomás Gutier.

Carta a nuestros representantes en las Cortes españolas y en el Parlamento de Andalucía.

Tomás Gutier

Llevamos ya muchas elecciones enviando casi cien andaluces a las Cortes españolas y votando a más de cien para el Parlamento de Andalucía. Y nuestra nación sigue la última de toda España. ¿ Para qué nos sirven?

¿Representan al pueblo andaluz o al partido que les colocó en el lugar adecuado para salir elegidos?. ¿A quién deben mostrar agradecimiento?.

Por eso, cuando llega el momento de decidir, no piensan en Andalucía sino en su propio interés y en el de la formación que les ordena lo que deben hacer. Ni cuenta la ideología, ni cuenta el sentimiento, ni la ética, ni la razón. Con las cosas de comer no se juega.

Y en una pared de un pueblo andaluz apareció esta pintada: «Votar no cambia nada. Si cambiara algo, estaría prohibido».

Esa es la percepción ciudadana: votar no sirve para nada, y en consecuencia, todos los políticos son iguales. Y confundiendo partidos políticos con democracia -igual que si confundiéramos a Dios con las religiones- hay quién pregona la inutilidad de vivir en un régimen democrático.

Y hablando de religiones, ¿se acuerdan ustedes de aquellas recolectas mediante huchas en el mes de octubre dedicadas a pedir limosnas para los negritos? Aunque sea moneda a moneda, en aquellas huchas con cabezas de barro, y durante decenios, habremos recogido dinero suficiente para arreglar algo, pues no, los negritos de ahora se tienen que jugar la vida en el estrecho para conseguir, siquiera, comer. Al menos quienes promovieron aquellas cuestaciones  han tenido la vergüenza de quitarlas, ya no se ve a los niños pidiendo por las calles. Y es que si algo no vale…

¿Cuántos años llevamos enviando parlamentarios a Bruselas, Madrid o Sevilla?. ¿Se ha hecho todo lo que se podía hacer?

Podríamos tener la tentación de pensar igual que la pintada: Votar no cambia nada», pero nos equivocaríamos, votar es lo único que cambia las cosas, pero es necesario que nosotros las cambiemos. Cambiar todo, las leyes, las formas, los parlamentos y, por supuesto, los parlamentarios. Que constantemente noten cómo se les mueve la silla.

Por eso, señores representantes del pueblo andaluz, nos hemos permitido enviarles esta carta. Ustedes son el símbolo de un pueblo altivo, serio, trabajador, con historia y con cultura. Un pueblo sometido y humillado pero nunca doblegado. Representan algo muy superior a sus partidos, siglas o líderes. Y deberían estar a la altura de las circunstancias. Tener la misma categoría que el pueblo representado. Porque un día, ese pueblo despertará, os pedirá cuentas, y, puede ser, que os encontréis como las huchas de la cuestación: obsoletos.

Carta al Pueblo Andaluz.

Tomás Gutier

 

                Quisiéramos  escribirle esta carta a una dama querida: Andalucía, pero nos han dicho que, aunque se le ve, no existe. Por ello, nos permitimos enviarla a alguien que, aunque no se le ve, parece que existe: el pueblo Andaluz.

                A ese pueblo capaz  de las mayores grandezas y las peores miserias. El pueblo pobre en tierra rica, o como dijo Blas Infante, más valorado por extranjeros que por algunos españoles. El pueblo que trabaja y acepta que le llamen holgazán. El pueblo que domina mientras se deja dominar. El pueblo que inventó la palabra baladí, porque siempre piensa que es mejor lo que viene de fuera. El pueblo de las tres religiones y una sola cultura. El pueblo que reza cantando mientras grita su desesperación. El pueblo que llora mientras canta. El pueblo que ha adorado a todos los dioses…..¿A quién reverenciáis ahora?.

                Ahora os equivocáis. Habéis pasado de crecer, y crear, grandes mitos, de hacer vuestro propio credo, a venerar un dios falso. Vuestro señorito andaluz no existe. En Andalucía nunca ha habido señoritos, es algo importado. Nos llegó junto a los “reconquistadores”, con la inquisición, el autoritarismo y la imposición. En Andalucía hay jornaleros, trabajadores de siempre, gente orgullosa de su labor y de su creatividad. Ese elemento altivo y arrogante, ese terrateniente que se vanagloria de vivir sin trabajar, nos vino de afuera, nos lo trajo una cultura impuesta a sangre y fuego de intolerancia. Y vosotros, que os lo creéis todo, lo habéis asumido. Y como ya nos veis al señorito a caballo, adoráis a otro que apareció tres décadas atrás con traje de pana y ahora lleva camisas de diseño. No escarmentáis.

                Deberíais conocer vuestra historia y descubrir que no siempre fuimos así. Constituimos una gran sociedad civil que intercambiaba entre sí y con otros pueblos el fruto de su trabajo y sus conocimientos. Un pueblo orgulloso que mandaba y dominaba sin dejarse avasallar por sus gobernantes. Pero nuestra forma de ser cambió con la conquista. Nos imbuyeron las costumbres de los invasores y de estar satisfechos con nuestro trabajo hemos pasado a pensar que lo mejor es no trabajar, como hace el señorito. Pero en realidad, no somos así, como tampoco  somos ese pueblo “universal” que proclaman, o, al menos, no esa  clase de “universalidad” que significa preocuparse por todo sin hacer nada por nadie. Ni siquiera por nosotros mismos. Ese sufrir por el  hambre en África mientras nuestro vecino pasa penalidades… sin solucionar ni lo uno ni lo otro.

                No somos como nos pintan. Tampoco somos seres indolentes, carentes de la menor sensibilidad ante el dolor, la pobreza en todos sus perfiles, la pena…, de lo contrario, nos acercaríamos a la muchedumbre como meros individuos movidos solo por instintos animales: como bestias. No, no lo somos, tenemos una gran sensibilidad ante las personas, capacidad de comunicación, agilidad mental y culto a la belleza por las cosas bien hechas. Eso sí: si un día nos descubrimos a nosotros mismos, quedaremos asombrados. Mientras tanto, dejamos que la anestesia nos invada. Sin darnos cuenta de que la política es algo demasiado importante como para dejarlo en manos de los partidos políticos.

                No hablamos ya de que Andalucía carezca de protagonismo –en la historia reciente nunca lo ha tenido-, es que ya no es ni espectadora. Andalucía duerme en su butaca y cuando escucha algún ruido, algún murmullo, se despierta y aplaude. Sin saber a quién, sin saber a qué. Aplaude, llora o ríe y de nuevo se sumerge en su sopor.

                Difícil está la cosa, si no reaccionamos cuando Blas Infante nos gritó: “He visto esta tierra entregada a los aventureros de la política, advenedizos que vinieron  de fuera y han convertido a sus pueblos en granjas explotadas por Madrid”, tampoco ahora despertaremos del letargo.

En la carta anterior, insensatamente y cometiendo un pecado, hemos retado y amenazado a España. De ti, pueblo Andaluz, depende que nos tomen en serio. ¿Estás ahí?

Tomás gutier-

Carta a España o las Españas.

Tomás Gutier

Nos dicen que usted es la madre patria. ¿Qué es eso? ¿Madre y padre a la vez?. Aunque da lo mismo, ya sea nuestra madre, o nuestro padre –o nuestras madres y nuestros padres, quien sabe-, nos quiere usted muy poco, o mejor dicho, y perdone, nada, a Andalucía no la quiere absolutamente nada.

            Ninguna madre, con un mínimo amor por su hijo, aunque sea el más endeble y feo de la familia, lo mantiene apartado y el último en todo. Sin embargo, usted lleva siglos despreciando a una de sus supuestas hijas. El mejor traje se lo da al primogénito, el mejor plato se lo da a la niña que se queja y gruñe, la mejor cama la cede a su niño preferido porque si no se enfada… Y a la niña andaluza, a la escuálida niña que ni siquiera protesta, le da las sobras y la deja siempre la última.

            No sé si conoce lo que un día escribió Blas Infante en un Manifiesto  publicado en la ciudad de Córdoba el año 1919. Le ruego que no se moleste por lo que viene a continuación, es el dolor de un andaluz convencido de la necesidad de luchar por unos ideales consciente del momento histórico que vivía y asumiendo responsabilidad ante su pueblo.

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