Irracionalidad humana (Manuel Barea Rodríguez)

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Estepona 27.09.20 

 Autor: Manuel Barea Rodríguez.

 Cuán a menudo podemos ver cuán incoherentes son los hombres, en general, y por lo tanto irracionales. 

 Buscan la paz, pero promueven guerras. Quieren la abundancia y el equilibrio de la naturaleza, pero no la respetan. Cantan y exaltan la vida en el planeta Tierra, mientras destruyen gradualmente su biodiversidad. Predican la unidad, la concordia y la igualdad entre pueblos y naciones, pero en detrimento de estas intenciones faltan el respeto a los derechos humanos, fomentan la industria militar con el pretexto de defender la paz, pero, incluso en su vida cotidiana, actúan en sentido contrario a lo que aplican a otros. 

 Es el hombre animal, en su irracionalidad y en sus paradojas. Predican una cosa y hacen otra. Dicen que quieren apagar el fuego de la discordia, la incomprensión y la injusticia, pero no pueden vivir bien con su entorno ni con los más cercanos.

 Preguntémonos cuál ha sido nuestro papel en este contexto. ¿Estamos promoviendo la paz a nuestro alrededor? ¿Estamos defendiendo el medio ambiente donde vivimos? O, incluso con nuestra inercia, ¿estamos añadiendo más leña al fuego de la locura humana? 

 ¿Qué tal si este domingo respondemos estas preguntas con mucha sinceridad? ¿No es justo hacer bien nuestra parte? Es el mínimo, porque, después de todo, ¡somos el Universo! 

 ¡Un abrazo! 

 Manuel Barea Rodríguez

En las noticias, describir mejor que opinar. (Antonio Aguilera)

En demasiadas de sus noticias, los árboles se ponen delante del bosque. Las causas y condicionantes son muchos. La celeridad e inmediatez que la sociedad demanda. Los intereses económicos y políticos. La innegable subjetividad de la presencia de la mano humana. A veces cuesta, no sólo saber, sino deducir, lo que realmente ha pasado tras prestar toda la atención a la lectura, audio o reportaje.

Los sistemas y procedimientos informativos en unos años donde la tecnología y las percepciones evolucionan tan rápido, que están haciendo de esa, una profesión de alto riesgo. Están en grave riesgo de viabilidad canales y cadenas informativas que fueron ayer de masas. A la vez, los índices de audiencia de noticias y medios escritos caen a niveles muy pobres. A la capacidad de acceder a otras fuentes en otros momentos se suma una sombra que flota demasiadas veces en la moral de los periodistas, la merma de credibilidad y confianza.

De los casi 47 millones de españoles, 29 millones utilizan diariamente las redes sociales y pasan casi seis horas al día en Internet. El informativo más visto de televisión no supera los dos millones de televidentes. El programa informativo más oído en la radio tiene 2.640.000 oyentes. El periódico online más leído es deportivo y tiene 1.672.000 visitas diarias. El periódico generalista más leído apenas llega al millón de lectores diarios. Las redes sociales creciendo, los canales informativos, bajando.

Porque en la época de la hiperinformación, todos nos hemos convertido en expertos de mil temas. Esto hace que nuestra capacidad de escucha y empatía se reduzca y, de forma soberbia, ponemos en cuestión la veracidad de todo lo que quieren contarnos e informarnos.

Es necesario encontrar mecanismos que frenen lo que a término es una degradación de nuestra sociedad. Se evidenció hace pocas semanas cuando fue necesario poner un importante dique de contención a los bulos que se hacían superlativos en torno al coronavirus y que vuelve a tener otra forma de expresión con el movimiento negacionista de la enfermedad.

A toda esta cadena lleva contribuyendo desde hace años un abuso que es replicado hasta la saciedad, que se ha implantado como hábito pero que es de esos elementos nocivos que debemos retirar de la cesta del proceso informativo, como las manzanas podridas. Es el momento en que propios y extraños aprovechan que le ponen una “alcachofa” delante para soltar su píldora mitinera, olvidándose del hecho relevante que ha ocasionado la presencia de los medios de comunicación. Pregúntame lo que tu quieras que yo te responderé lo que me dé la gana.

¿Y si suprimiésemos esa parte de las noticias? ¿Y si dejase de ocupar espacio el spitch interesado y se hablase de verdad de lo noticiable? ¿Y si se les cercenara su minuto de oro a los que viven y alimentan sensacionalismos y enfrentamientos? Ya existen en los periódicos y páginas web los espacios de opinión (como este), ya funcionan los programas radiofónicos, televisivos y online de debate. Circunscribamos entonces los formatos y los objetivos y evitemos mezclarlo todo y ofrecerlo en un totum revolutum a la sociedad que acaba originando indigestión, confusión y desapego.

La medida resultaría tan sencilla como contundente. Eliminar las declaraciones de las noticias. Que en el momento en que se les pide a los ciudadanos que presten atención a los hechos predomine el verbo describir en vez del de opinar.

Se revelarían desde luego esa corte de diablillos de tercera división que han hecho de ello su oficio, en realidad portavoces de intereses particulares, pero resultaría un sano ejercicio que fortalecería el papel del periodismo, que defendería, a base de pequeños ladrillos la calidad de la democracia y la convivencia. Es por esto por lo que una de las primeras acciones de todos los regímenes totalitarios es apropiarse de los medios de comunicación, para convertirlos en altavoces de sus discursos, de sus intereses que tratan de convertirlos en dogmas.

La pureza, la objetividad total informativa es una utopía en el horizonte. Pero eso no es un defecto. Sigue siendo bueno que seamos humanos. Lo relevante es ser conscientes de nuestros defectos para intentar corregirlos. Uno de esos dolorosos defectos de hoy son los abusones de la alcachofa, es hora de arrinconarlos.

Apuntalar proyectos informativos solventes en los que puedan desarrollar su trabajo buenos profesionales sólo puede llevarse a cabo con la complicidad y colaboración de sus consumidores y usuarios, entendiendo que es una profesión que necesita ser adecuada y dignamente retribuida, que prestan un necesario servicio público. Aquí propongo una punta del hilo para empezar a hacer madeja: vacío a los voceros, a los charlatanes sectarios, a los vendedores de crecepelo, a los incitadores al odio, a los predicadores de pacotilla, a los que no demuestran el mínimo decoro y respeto por el periodismo, la audiencia y la democracia.

El fiasco del ingreso mínimo vital. (Isidoro Moreno)

Cuando en mayo, se aprobó el llamado Ingreso Mínimo Vital (IMV), el autodenominado «Gobierno de progreso» lo presentó como una conquista histórica. Fuimos muy criticados quienes señalamos sus graves limitaciones, tanto en cuanto a su presupuesto (notoriamente inferior al que figuraba en los respectivos programas con los que PSOE y Podemos se habían presentado a las elecciones) como respecto a sus objetivos, centrados solo en la «pobreza extrema» sin tener para nada en cuenta la pobreza ordinaria (!), y en relación con los requisitos para recibirlo, que estimábamos iban a dificultar mucho que la prestación llegara a una gran parte de la población, ya de por sí muy restringida, a la que se dirigía: unos 850.000 hogares o «unidades de convivencia».

Pues bien, a tres meses de su aprobación y dos meses y medio de abrirse el plazo de recepción de solicitudes, el Instituto Nacional de la Seguridad Social ha reconocido que, a fecha 7 de agosto, solo se habían aprobado 4.000 de las 714.000 presentadas. O sea, un 0,6%. Ridículo. Y dramáticamente exasperante para los cientos de miles de familias que siguen sin contar con ningún tipo de ingresos.

Más que hacer la crónica de este desastre anunciado, convendría centrarnos en las dos más importantes razones por las que se ha dado este magro, y más que previsible, resultado. Por una parte, la incapacidad del aparato burocrático que debe tramitar las solicitudes. Por otra, la casi insuperable dificultad de la mayor parte de la población contemplada para presentar todos los documentos exigidos y realizar adecuadamente dichas solicitudes.

En pocas semanas, se presentaron más de 700.000 solicitudes que colapsaron las oficinas de la Seguridad Social. No se planificó adecuadamente la gestión de las peticiones por lo que el ritmo de su tramitación es muy lento. Desesperadamente lento para quienes esperaban, porque así les fue prometido de labios de los actuales gobernantes, que muy pronto iban a recibir la prestación que los sacara de la extrema pobreza (para dejarlos instalado, eso sí, en la pobreza no tan extrema). Junto a las 4.000 solicitudes aprobadas, otras casi 29.000 sí fueron tramitadas siendo rechazadas, la mayoría de ellas por estar incompletas o con defectos formales. O sea, que, durante los dos primeros meses de la gestión, fueron evaluadas menos del 5% de las solicitudes recibidas. Y, de estas, positivamente una de cada ocho. La crudeza de estos números habla por sí misma. Y ello apenas se maquilla con el reconocimiento, de oficio, del derecho al IMV de quienes ya cobraban una prestación por hijos a su cargo, unas 75.000 familias, que en la mayoría de los casos van a seguir cobrando igual que antes, aunque ahora con el rótulo de IMV.

Pero es que, incluso si no se hubiera dado la imperdonable falta de medidas para reforzar el personal administrativo necesario, muy probablemente el porcentaje de prestaciones aprobadas sobre el de denegadas habría cambiado muy poco. La razón no es otra que la dificultad difícilmente superable de una gran parte, si no la mayoría, de los solicitantes para aportar la documentación requerida y hacerlo, además, por vía digital. ¿Saben los legisladores, y en primer lugar los miembros de este Gobierno, de qué están hablando cuando se refieren a pobreza extrema y a exclusión social? ¿Piensan que en todos los hogares en esta trágica situación -tan generalizada en tantos barrios de las grandes ciudades y pueblos andaluces- existe el aparataje y los conocimientos necesarios para elaborar de forma adecuada una solicitud como la que se exige?

Irremediablemente, deberá abrirse un nuevo plazo de presentación de solicitudes y subsanación de errores porque los tres meses en principio contemplados van a resultar totalmente insuficientes, tanto más cuanto que el silencio administrativo significa denegación. Y mientras todo este ocurre, ¿cómo sobreviven los dos millones y medio de personas cuya situación habría de remediar, al menos en lo más elemental, el IMV? Si la opción hubiera sido una Renta Básica Universal e Incondicional y no un subsidio condicionado sobraría gran parte del aparato burocrático. Quienes más lo necesitan hubieran podido cobrarla desde el primer día. Y quienes no la necesitamos devolveríamos lo recibido en nuestra próxima Declaración de la Renta. Esto no es una quimera sino algo económica y técnicamente factible. Otra cosa es la voluntad política. Que, a día de hoy, no existe. Con el resultado dramático que vemos.

Isidoro Moreno Navarro.



El charlatán apocalíptico. (Antonio Aguilera)

¡No podréis esconderos!, Ninguno! La madre Tierra está a punto de hablar, hace demasiado que no lo hace, cuando lo haga, no encontraréis rincón en el que esconderos.

Lleva demasiado tiempo tragando, lleva demasiado aguantando nuestras estupideces, viendo, silenciosa, cómo nos degradamos como especie y la degradamos a ella de manera global.

Cuando hable, cuando llegue el momento de su parto, no penséis que de sus entrañas saldrá un inofensivo ratón, ni un fiero león, ni siquiera un temible dragón escupefuego, ¡No!, ¡Cuando le llegue la hora de parir, de las entrañas de la Tierra saldrá lo inimaginable, su inconmensurable fuerza convertida en cataclismo que todo arrasará!

Ella hablará y entonces, todos vosotros, insensatos, callareis, ¡para siempre!

Hablad ahora, abuchead hasta hacer ahogar mis palabras, pero eso no os salvará. Cuando la Madre Tierra hable, reservad unos segundos para recordar a este loco iluminado que os avisó. Quedaos con mi cara, quedaos con mis palabras porque a ellas os agarraréis.

Necesitaréis reconciliaros con nuestra Madre antes que estalle su ira, no es demasiado tarde aún, empezad desde hoy. Escuchad lo que ocurre a vuestro alrededor, no lo menospreciéis.

Dejad de adorar al vellocino del dinero y el poder que os tiene ciegos. Creedme, la paciencia de la Madre Tierra se está agotando. Los terremotos de Japón, de Haití, de Nepal, la sequía del cuerno de Somalia, las inundaciones en Méjico o Chile son pequeños avisos….

No seguí oyendo a aquel charlatán que seguro estaba a punto de rememorar a NostraDamus. Seguí mi paseo, hacía mucho que no visitaba la ciudad y tuve la impresión de que permanecer escuchando aquello, iba a contaminar mi corta estancia. A pesar de tener el cajón en pendiente, guardaba bien el equilibrio, también la gracia de verlo caer había dejado de tener interés.

Asociaba la imagen de los charlatanes a esos que con chistera y chalequillo vendían crecepelo en las películas del oeste, a los supuestos predicadores que, biblia en mano, congregaban a los transeúntes en las calles de New Orleans, pero, ¿en Barcelona? ¿Un charlatán apocalíptico en las ramblas de Barcelona? Era lo último que me hubiese esperado.

Bajé hasta el muelle. Bordeé la enorme glorieta de Colón, cosa que me gusta, siempre me dio mucho reparo pasar bajo grandes estatuas. Seguido por el instinto, me arrimé al borde del muelle para mirar de cerca el trozo de Mediterráneo que la bocana del puerto deja llegar hasta allí.

El verde oscuro, opaco, me ensombreció la mente, y, como una arcada, apareció de nuevo el charlatán. La oscuridad de la mar era un mal presagio en cualquiera de los siete mares. Retrocedieron mis pies para apartar mi vista del filo del muelle. Me abordó el bochorno y mis poros volvieron a saber del verano mediterráneo.

El sofoco me llevó hasta el cajón de resonancia que era entonces mi pecho y las puntas de mis dedos recuperaron algo de tintineo. La tensión que había intentado dejar en la oficina, después en mi piso, después en el avión y en el hotel, no me había perdido los pasos, seguía inasequible al desaliento para mi desasosiego. Necesitaba más distancia física y temporal de los intensos últimos meses de aquel proyecto de investigación finalmente frustrado.

Buscar una cerveza en algún bareto cercano a Santa María del Mar, recorriendo sus frescas calles estrechas me reconciliaron con la vida. Comencé a andar antes de terminar de decidirlo. Entré en uno, sólo por el hecho que de que cayó simpático el plante del que, a modo de comité de bienvenida, fumaba un cigarrillo apoyado en el quicio de piedra. Era de esos tipos que dejan el brazo con la cerveza en la parte interior, como cordón umbilical, y el otro, con el cigarrillo en el exterior, pero consiguiendo que cada bocanada acabe siendo atrapada por la atmósfera del bar.

Mimeticé mi gusto con el de los parroquianos, vermut y anchoas, y como ellos, dejé un ojo en el ir y venir del camarero y el otro en el televisor, pensando entonces en el daño que ha hecho la caja tonta a las tertulias de barra.

Algo dentro de mí, me hizo renunciar a entrar en esa dinámica, fertilizante de la bobería y ausculté a mis lados buscando encontrar algún hilo entre las facciones de mis compañeros gimnastas del codo.

Despojado de su chaqueta y con medio metro menos de estatura, no lo reconocí al primer golpe. Él si que saciaba su sed con una buena jarra de cerveza. Silencioso, hacía un censo de las botellas de la estantería, parecía haberse dejado el oficio de charlatán en la puerta, sólo había arrastrado hacia el interior el sofoco, que, igual que a mi, se resistía a dejarlo solo.

  • Le he oído antes en la rambla- Me giré suavemente, intentando que mi tono fuera audible pero no entrometido.
  • Ah!, si, ¿qué le ha parecido?
  • Ha sido casi de pasada, sólo escuché algunas frases – No quería que la conversación derivase en el contenido de su exposición.
  • Entiendo, una pena, debería haberlo oído completo.
  • Ya, cierto, pero llevaba algo de prisa…
  • Todos la llevamos, ese es el problema. Y, ¿se solucionó?
  • ¿El qué?
  • No, como decía que llevaba prisa, supongo que tendría que resolver problemas.
  • Si, si, todo resuelto, gracias.
  • Alberto Samaniego, para lo que necesite.
  • Juan, Juan Silva, un placer.
  • Tenga, coja esta revista, es gratis, por si tiene un rato para leerla.

Me extendió un libreto, muy artesanal, fotocopiado, grapado por la esquina, con distintos tipos de letras, trozos manuscritos, lo hubiese rechazado en cualquier otra circunstancia.

  • Ahí podrá ver con atención lo que antes exponía. Al final viene nuestra página web y nuestro correo electrónico por si quiere ampliar información.

Crecía en mí la sensación de incomodidad, no había sido buena idea. Se me agotaba la conversación de cortesía y Alberto Samaniego parecía ser un tipo mucho más sensato, cabal e inteligente de lo que aparentaba subido en aquel cajón. Pagué las consumiciones tras vencer la natural resistencia de Alberto y salí con el libreto cogido con las pinzas de mis dedos, sin haberlo hecho aún mío.

Demasiada trastabillada la sobremesa, mejor hacer borrón y cuenta nueva con una ducha y siesta en el hotel. Entre una y otra se interpuso el libreto que cogí con la intención de hacerlo puente entre ambas, y se convirtió en muro.

Estaba bien escrito y sus diferentes partes tenían conexión y se hacían sinérgicas. No era una cuestión de marketing ideológico barato, gracias a mi trabajo estaba entrenado para no dejarme embaucar con esas cosas, no, el argumento tenía sentido.

El libreto explicaba cómo el avance tecnológico de los últimos cincuenta años ha cambiado de manera bestial el paisaje, la orografía, el uso que damos del planeta. Nunca se había acelerado tanto como hasta ahora el ritmo de extracción de materia orgánica, de minerales, de energía. Nunca había crecido la población a un ritmo tan exponencial como hasta ahora, ni tampoco habían desaparecido tantas especies en tan poco tiempo. El único episodio parecido en la historia terrestre había sido el meteorito que acabó con los dinosaurios. Ahora otro meteorito parecía haber estallado, pero desde dentro y a lo largo de cincuenta años.

En la página web aparecía una dirección. Consulté en el teléfono el google maps, estaba cerca. Era un piso. Llamé al telefonillo. Reconocí la voz de Alberto. Sonrió al verme, puso a calentar agua para el té y nos dispusimos a charlar en un pequeño salón tomado por libros y pilares de apuntes.

A pesar de sus escasos cuarenta años, venía ya de vuelta de ser investigador, primero en el CSIC y luego en Massachusetts. Brillante, cultivado, comprometido, transgresor, un Galileo en la Barcelona del veintiuno.

Yo iba predispuesto, pero todas las reflexiones, dudas, preguntas, las resolvía y respondía con creces.  Me enganchó para la causa. No es que yo me fuese a poner a partir de entonces a lanzar proclamas desde lo alto de un cajón en la calle Sol, nada de eso, pero me convertí en un activista de la vida desde entonces.

No porque creyese que el mundo fuese a acabarse, en eso estábamos de acuerdo Alberto y yo desde el principio. Siempre que, de forma histórica la humanidad se había puesto al borde del abismo, se había producido un hecho trascendental que colocaba más lejos el abismo. En el siglo veintiuno eso no iba a ser diferente, pero también era cierto que, en todos esos momentos históricos tuvieron que aparecer moscas cojoneras que hicieron de pepito grillo.

Alberto nunca me convenció de yo iba a estar entre los afortunados que presenciaran el fin del mundo. Lo que de verdad hizo que me implicara, que diese la vuelta al calcetín de mi vida fue que, en aquella conversación, se clarificó en mi pensamiento la distancia que existe dentro de la mente humana entre lo que deseamos y lo que hacemos, entre los sueños y la razón.

Supe aquel día que era cierto, el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando piensa. Alberto vivía su sueño y yo, aquella mañana de verano, me había paseado por Barcelona como un mendigo.

Antonio Aguilera

La mujer en el bando nacional. (Andalucía y la guerra civil)

A diferencia del bando republicano, en la zona nacional la propaganda y movilización de las mujeres recayó básicamente en Sección Femenina que, nada más comenzada la guerra, organizó talleres, lavanderías, servicios de enfermeras y realizó colectas y visitas al frente para elevar la moral de los combatientes. Sus funciones quedaron consagradas en el otoño de 1936 tras la integración de su estructura de Auxilio de Invierno, organización que había sido creada por la viuda de Onésimo Redondo y que más tarde pasó a denominarse Auxilio Social, y –sobre todo- tras el decreto de abril de 1937 que unía a falangistas y carlistas en un único partido, de modo que el servicio de enfermeras organizado por éstos últimos pasó a depender de Auxilio Social, es decir, de Sección femenina.

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Estructuras electoreras caciquiles. (Julio Jiménez Cordobés)

No te dejes engañar por las Estructuras electoreras caciquiles:
 
(Artículo de Julio Jiménez Cordobés)
 
“…El dueño de estas organizaciones, es el cacique. A un conjunto articulado de organizaciones electoreras, se nombra partido. Quien no se somete a la disciplina de uno de estos partidos, está, en general, incapacitado de hecho para ostentar las representaciones populares.
El partido es una maquinaria electorera dueña del derecho electoral, activo y pasivo. Los candidatos habrán de ser alguaciles de los jefes de esas organizaciones.

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Sobre la Vieja y la Nueva Normalidad. (Juan Manuel Barrios)

Sobre la Vieja y la Nueva Normalidad

Desde los cuadros de organizaciones políticas que se autoubican en el centroizquierda del arco partidario, desde los medios de comunicación que las apoyan y los/las tecnócratas que les asisten, se ha gestado su penúltimo gran servicio a la causa del Neoliberalismo progresista: el novedoso mantra de la Nueva Normalidad.

Se trata de una hábil, y sutil, estrategia para canalizar, y controlar, las previsibles reivindicaciones de la ciudadanía a favor de los cambios y transformaciones estructurales que necesita nuestra civilización en los ámbitos cultural, social, ambiental y económico. Cambios y transformaciones que se han visibilizado, en lo que el ruido y el humo político y mediático han permitido, en su amplitud y necesidad. Para el que quiera ver. Hemos tenido que afrontar una crisis sanitaria pandémica que ha mostrado dramáticamente las debilidades de nuestro sistema de salud pública y de nuestra red asistencial a los sectores más vulnerables. Veníamos de un intenso periodo de enormes ajustes y recortes de nuestro Estado del Bienestar. Recuerda lo llamaban Austeridad. Habíamos debilitado los servicios públicos transformándolos en “negocios”. Le llamaban privatización. Era por la eficiencia y la eficacia. Para minimizar, en lo posible, la catástrofe humana no hemos tenido más remedio que afrontarla con una paralización de la actividad social y económica, que tendrán repercusiones importantes en estos ámbitos, sobre la base de una larga depresión permanente, social y económica, de nuestras colectividades por el saqueo de lo colectivo y comunitario, por la transferencia de rentas y patrimonios de quienes menos tienen a quien más (transferencia inversa de rentas) en un proceso de concentración, de injusticia fiscal, progresivo y continuado. Recordáis la metáfora de la rana introducida en la olla que calentamos, poco a poco. Y todo en medio de un contexto de emergencia  ambiental, que frecuentemente se olvida, de forma interesada, y que va a tener, en un corto espacio temporal, en apenas treinta años, efectos y consecuencias catastróficas de muchísima mayor intensidad y gravedad que la actual crisis epidémica.

Se trata de focalizar los deseos y las ansias de la ciudadanía; de dar, de una vez, solución a sus problemas cada vez más insoportables (desigualdad, desempleo, precariedad, deudas, desahucios, desinformación y desarraigo) y satisfacción a sus necesidades que se hacen endémicas; hacia otros problemas mucho más epiteliales y coyunturales y mayormente inducidos (consumismo) con grandes dosis de artificialidad. Son tácticas del proceso de mediatización que padecemos y que también describió Noam Chomsky en su ensayo Ilusionistas.     

Se trata de distraer y confundir a la opinión pública, con la soflama disruptiva de esta Nueva Normalidad que conlleva la intencionalidad de fijar objetivos, retos y meras cortoplacistas y congruentes con los intereses del actual status quo que aspira, a pesar de sus dramáticos y nefastos efectos socioeconómicos y medioambientales, a prolongar, cuanto más tiempo mejor, su vigencia operativa y funcional.

Hablar de nueva normalidad además significa una referencia relacional a una Vieja Normalidad. Y en este sentido implica aceptar, apriorísticamente, como “normales”, aunque viejas, algunas cuestiones imposibles de ser aceptadas como tales:

¿Es normal que un 1% de la población humana detente el 95% de las rentas y patrimonios?. 70 millones de seres humanos disfrutan de una riqueza superior, prácticamente, en 100 veces de la que disponen 6.930 millones de seres humanos para su supervivencia. La mayor desigualdad de la historia de la Humanidad según los estudios empíricos de Thomas Piketty.

¿Es normal que haya 4.000 millones de seres humanos, más de la mitad de la Humanidad, que malvivan en entornos de hambrunas, miserias, insalubridad, ignorancia, explotación y marginalidad?. ¿Es normal que cientos de millones de niños y niñas, de nuestro planeta, vivan en la pobreza y sufran malnutrición en pleno siglo XXI?. ¿Es normal que hagamos, más bien, nada para evitar que en los próximos 2 años mueran 240 millones de de personas por causa de la hambruna que se está gestando?.

¿Es normal que hoy 1.000 millones de seres humanos sufran la indignidad de tener que abandonar su hogar por razones de violencia, de supervivencia, de persecución xenofóbica, de falta de condiciones de vida, de falta de futuro, de seguridad; y en estas condiciones límites reciban la invisibilidad, la insensibilidad, la insolidaridad, el desprecio y  la indiferencia de otras colectividades humanas que oponen muros, barreras y campos de refugiados a su movimiento migratorio?. ¡O pagan estados sicarios para su confinamiento en condiciones indignas contra el derecho internacional o, todavía peor, los dejan morir en el Mediterráneo o en el Atlántico o en desiertos norteamericanos!. Países que, en muchísimas ocasiones, están en la génesis de sus sufrimientos y conflictos: tráfico de armas, saqueos de sus recursos naturales y la extracción y el comercio, mafioso y criminal, de sus riquezas y patrimonios.

¿Pude hablarse de normalidad, vieja o nueva, a una situación, que padece la mayoría de nuestra conciudadanía, en la que se han hecho, causalmente, endémicas las siete plagas bíblicas de nuestros tiempos globalizados: la desigualdad (caminar hacía un sociedad dual); el desempleo o, su alternativa única, el precariado; los desahucios (la vivienda como negocio despiadado y miserable que pisotea derechos); las deudas (nueva esclavitud) cómo única vía para obtener bienes y enseres del común de los mortales; el deterioro continuado del Estado del Bienestar (lo siguen llamando austeridad y es la ruptura unilateral del pacto social de la postguerra de 1950); la degradación del Estado Social de Derecho, de los derechos y libertades de la ciudadanía que estamos tardando ya 5.000 años, en medio ir conformando, la Humanidad en el plano individual, pero mucho más intensamente en lo colectivo; y la profundización en el desarraigo que produce, en nuestras sociedades, la desinformación y manipulación mediática, la pérdida de identidad, de su paisaje vital, de cohesión social y territorial, de autoestima colectiva, de impotencia social ante la injusticia social y la desigualdad de oportunidades y, lo peor de todo, de perspectivas de un futuro mejor para él y los suyos, para su descendencia?. Plagas que asolan la raíz de nuestra propia dignidad cómo seres humanos.

¿Se puede hablar de normalidad, vieja o nueva, cuando dejamos en el silencio, la invisibilidad y la inacción el abordar los profundos cambios y transformaciones que necesita nuestra civilización para ganar el futuro?.

Es criminal que en esta encrucijada civilizatoria, los mezquinos intereses de siempre, nos conduzcan hacía el desastre. Financiarización (poder económico), mediatización (poder mediático) y tecnocratización  (poder tecnológico) son sus estrategias. Romper el Estado (debilitar lo colectivo), implantar la plutocracia (negar la igualdad) y la gobernanza canalla (gobernar contra la ciudadanía) sus instrumentos. ¡Me niego a considerar esto normalidad, ni vieja ni nueva!. Hay que negarse a aceptar que lo único, a que tengamos derecho a normalizar, sea a abrazar y besar a los seres queridos, a tomar copas con amistades y vecindad, a salir a cenar a restaurantes y bares, a ver futbol, baloncesto y tenis, a salir a pasear o ir de excursión al campo o la playa. A comprar en centros comerciales. Y a volver al precariado. ¿Esta es la nueva normalidad, con condiciones y limitaciones añadidas, que nos prometen?. ¡Siguen considerándonos idiotas!. ¿Lo somos?. Ni Orwell lo hubiera imaginado tal cual, ni Kubrick lo hubiera expresado mejor.   

El pasado día 6 de Mayo, apareció publicado en la Tribuna de Opinión de Le Monde, un artículo denominado «No a un regreso a la normalidad» suscrito por 200 representantes cualificados de la intelectualidad mundial. Un documento que ha transitado con muchísima más pena que gloria por el debate político y por los medios de comunicación en el mundo. También aquí. Interesa poco, en este sistema de fabricación de la opinión pública, este ejercicio de responsabilidad, reflexión cívica colectiva, concienciación ciudadana y radicalidad crítica por cuanto que atiende e interesa a la raíz de los problemas y busca  enfocarnos sobre las cuestiones esenciales que abordar, sobre los retos, cada día más, inaplazables de nuestra generación y su descendencia.

En este Manifiesto abordan y concluyen muy sintéticamente  tres cuestione esenciales que comparto absolutamente:

Uno) La pandemia de la covid-19 es una tragedia.  Que tiene la virtud de invitarnos a que nos centremos en las cuestiones  esenciales. La actual catástrofe ecológica forma parte de una METACRISIS civilizatoria: ya nadie, mínimamente riguroso, en la comunidad científica duda de la extinción masiva de la vida en la Tierra y todos los indicadores anuncian una amenaza directa para nuestras existencias. Sus consecuencias serán colosales, desmedidas. Tendrá la dimensión de un colapso global. Mucho más allá de las de una pandemia por grave que esta sea. La contaminación, el calentamiento global, la pérdida de biodiversidad y la  destrucción de los espacios naturales  conducen al mundo a un punto de ruptura. Acción para amortiguarlo y adaptarnos a las nuevas condiciones climáticas de la Biosfera, ya.

Dos) El problema es sistémico. El Sistema Neoliberal, progresista o simplemente capitalista, es el problema. Ajustarlo es, ya, del todo insuficiente, si es que en algún momento lo pudo ser. El libre albedrio de unas élites extractivas insaciables en su codicia no puede ser la mano invisible que muevan las interacciones y transacciones entre humanos. La extracción ilimitada de recursos naturales, la generación continuada de residuos y contaminación están en la génesis misma de la emergencia climática. El crecimiento infinito y el     consumismo nos ha llevado a negar la propia vida: la de las plantas, la de los animales y la de un gran número de humanos. Estamos traspasando los límites que una Biosfera finita nos impone. El modelo productivo que sustenta es insostenible. La toma de decisiones en manos del capital un desastre de dimensiones catastróficas. Acción para aplicar principios y estrategias de Economía Ecológica y sustituir el Sistema Neoliberal por su alternativa Social y Sostenible, ya.

Tres) La solución está en la ciudadanía. Solo la implicación, el compromiso y la participación de la sociedad civil pueden hacer posible este cambio y transformación radical, de nuestra civilización, que se requiere, a todos los niveles de su estructura. Reconstruir un Estado Social de los Derechos y Libertades, individuales y colectivas, fuerte y justo. Consolidar una Democracia Real.  Implantar una Gobernanza Social. Sustituir el actual Sistema Económico. Anteponer el Interés General y el Bien Común. Toda esta tarea ingente es imposible sin el compromiso masivo ciudadano y exige audacia y coraje colectivo. Es una cuestión de supervivencia, tanto como de dignidad y de coherencia ética y estética de la Humanidad. Acción ciudadana para el cambio y transformación radical de nuestra civilización, ya.

Hoy, la cuestión sobre la mesa, bajo ningún concepto, puede ser: ¿Cuando llegara la Nueva Normalidad?. Esto es meramente un espejismo. La cuestión esencial es: ¿Cuando empezamos a desarrollar los actos imprescindibles para impulsar el cambio profundo que requiere nuestra sociedad?.

Mi esperanza tiene que estar en la Humanidad. En que nunca pueden hacernos perder la fe en la especie humana como individuos y como colectivo. No nos queda otra. Aquí en La Tierra tiene que primar la máxima: Mientras allá vida, hay esperanza. Pero eso sí, no lo demoremos mucho. A riesgo de que cuando queramos, ya no podamos. Ya sea tarde. ¡Ánimo Humanidad!.

Juan Manuel Barrios Blázquez.

En Chiclana de la Frontera a 1 de Junio de 2020.

¿Sabes por qué se llama «Arbonaida» la bandera de Andalucía?

¿Sabes por qué se llama «arbonaida» La bandera de Andalucía?

Las banderas son trapos inocentes que no tienen la culpa de los mensajes de odio y exclusión que algunos les imputan. Yo creo en las banderas que simbolizan mis valores éticos y mi identidad incluyente: blanca, morada, arcoiris… Y la verde y blanca de Andalucía: la arbonaida.

«Arbonaida» es una palabra andaluza que proviene del árabe andalusí «albulaida» البُلَيْدة diminutivo de «balad» que significa mi tierra, mi país. Así pues, sería como «mi patria o mi matria chica» simbolizada en la bandera. La mutación de la «l» por la «r» es propia del andaluz.

La palabra «albulayda» no existe en el árabe clásico pero obedece a la fórmula de sus diminutivos, propia de las lenguas no escritas como el dariya marroquí, hermana de nuestra algarabía, donde se mantiene como un evidente reflejo de su influencia andalusí. Incluso hay un pueblo fundado por andalusíes en Argelia que se llama «albulayda» por la bandera que llevaban y la nostalgia de su pérdida.

La primera Mezquita que se fundó en Al Ándalus fue la de Algeciras llamada de las «arbonaidas» por la diversidad de banderas de los pueblos que penetraron en la península. Por la misma razón, se llamó de las «arbonaidas» el patio del Alcázar en Sevilla o la puerta de Granada.

Igual que el término «cora» proviene de la raíz «qarya» o pueblo, que se mantiene en los Alcores o la Alcarria, muchas de las coras andalusíes tomaron por nombre variaciones de «balad» o país, cada una con su «arbonaida» o bandera de colores mayoritariamente blanco y verde.

Así pues, igual que Ikurriña o Senyera significan bandera en euskera o catalá, «arbonaida» es bandera en andaluz y la bandera histórica de Andalucía, hermana de sus pueblos hermanos, que no sirve para vendar los ojos o el corazón, sino para arropar a quien tenga más frío que tú.

Antonio Manuel

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