En las noticias, describir mejor que opinar. (Antonio Aguilera)

En demasiadas de sus noticias, los árboles se ponen delante del bosque. Las causas y condicionantes son muchos. La celeridad e inmediatez que la sociedad demanda. Los intereses económicos y políticos. La innegable subjetividad de la presencia de la mano humana. A veces cuesta, no sólo saber, sino deducir, lo que realmente ha pasado tras prestar toda la atención a la lectura, audio o reportaje.

Los sistemas y procedimientos informativos en unos años donde la tecnología y las percepciones evolucionan tan rápido, que están haciendo de esa, una profesión de alto riesgo. Están en grave riesgo de viabilidad canales y cadenas informativas que fueron ayer de masas. A la vez, los índices de audiencia de noticias y medios escritos caen a niveles muy pobres. A la capacidad de acceder a otras fuentes en otros momentos se suma una sombra que flota demasiadas veces en la moral de los periodistas, la merma de credibilidad y confianza.

De los casi 47 millones de españoles, 29 millones utilizan diariamente las redes sociales y pasan casi seis horas al día en Internet. El informativo más visto de televisión no supera los dos millones de televidentes. El programa informativo más oído en la radio tiene 2.640.000 oyentes. El periódico online más leído es deportivo y tiene 1.672.000 visitas diarias. El periódico generalista más leído apenas llega al millón de lectores diarios. Las redes sociales creciendo, los canales informativos, bajando.

Porque en la época de la hiperinformación, todos nos hemos convertido en expertos de mil temas. Esto hace que nuestra capacidad de escucha y empatía se reduzca y, de forma soberbia, ponemos en cuestión la veracidad de todo lo que quieren contarnos e informarnos.

Es necesario encontrar mecanismos que frenen lo que a término es una degradación de nuestra sociedad. Se evidenció hace pocas semanas cuando fue necesario poner un importante dique de contención a los bulos que se hacían superlativos en torno al coronavirus y que vuelve a tener otra forma de expresión con el movimiento negacionista de la enfermedad.

A toda esta cadena lleva contribuyendo desde hace años un abuso que es replicado hasta la saciedad, que se ha implantado como hábito pero que es de esos elementos nocivos que debemos retirar de la cesta del proceso informativo, como las manzanas podridas. Es el momento en que propios y extraños aprovechan que le ponen una “alcachofa” delante para soltar su píldora mitinera, olvidándose del hecho relevante que ha ocasionado la presencia de los medios de comunicación. Pregúntame lo que tu quieras que yo te responderé lo que me dé la gana.

¿Y si suprimiésemos esa parte de las noticias? ¿Y si dejase de ocupar espacio el spitch interesado y se hablase de verdad de lo noticiable? ¿Y si se les cercenara su minuto de oro a los que viven y alimentan sensacionalismos y enfrentamientos? Ya existen en los periódicos y páginas web los espacios de opinión (como este), ya funcionan los programas radiofónicos, televisivos y online de debate. Circunscribamos entonces los formatos y los objetivos y evitemos mezclarlo todo y ofrecerlo en un totum revolutum a la sociedad que acaba originando indigestión, confusión y desapego.

La medida resultaría tan sencilla como contundente. Eliminar las declaraciones de las noticias. Que en el momento en que se les pide a los ciudadanos que presten atención a los hechos predomine el verbo describir en vez del de opinar.

Se revelarían desde luego esa corte de diablillos de tercera división que han hecho de ello su oficio, en realidad portavoces de intereses particulares, pero resultaría un sano ejercicio que fortalecería el papel del periodismo, que defendería, a base de pequeños ladrillos la calidad de la democracia y la convivencia. Es por esto por lo que una de las primeras acciones de todos los regímenes totalitarios es apropiarse de los medios de comunicación, para convertirlos en altavoces de sus discursos, de sus intereses que tratan de convertirlos en dogmas.

La pureza, la objetividad total informativa es una utopía en el horizonte. Pero eso no es un defecto. Sigue siendo bueno que seamos humanos. Lo relevante es ser conscientes de nuestros defectos para intentar corregirlos. Uno de esos dolorosos defectos de hoy son los abusones de la alcachofa, es hora de arrinconarlos.

Apuntalar proyectos informativos solventes en los que puedan desarrollar su trabajo buenos profesionales sólo puede llevarse a cabo con la complicidad y colaboración de sus consumidores y usuarios, entendiendo que es una profesión que necesita ser adecuada y dignamente retribuida, que prestan un necesario servicio público. Aquí propongo una punta del hilo para empezar a hacer madeja: vacío a los voceros, a los charlatanes sectarios, a los vendedores de crecepelo, a los incitadores al odio, a los predicadores de pacotilla, a los que no demuestran el mínimo decoro y respeto por el periodismo, la audiencia y la democracia.

El charlatán apocalíptico. (Antonio Aguilera)

¡No podréis esconderos!, Ninguno! La madre Tierra está a punto de hablar, hace demasiado que no lo hace, cuando lo haga, no encontraréis rincón en el que esconderos.

Lleva demasiado tiempo tragando, lleva demasiado aguantando nuestras estupideces, viendo, silenciosa, cómo nos degradamos como especie y la degradamos a ella de manera global.

Cuando hable, cuando llegue el momento de su parto, no penséis que de sus entrañas saldrá un inofensivo ratón, ni un fiero león, ni siquiera un temible dragón escupefuego, ¡No!, ¡Cuando le llegue la hora de parir, de las entrañas de la Tierra saldrá lo inimaginable, su inconmensurable fuerza convertida en cataclismo que todo arrasará!

Ella hablará y entonces, todos vosotros, insensatos, callareis, ¡para siempre!

Hablad ahora, abuchead hasta hacer ahogar mis palabras, pero eso no os salvará. Cuando la Madre Tierra hable, reservad unos segundos para recordar a este loco iluminado que os avisó. Quedaos con mi cara, quedaos con mis palabras porque a ellas os agarraréis.

Necesitaréis reconciliaros con nuestra Madre antes que estalle su ira, no es demasiado tarde aún, empezad desde hoy. Escuchad lo que ocurre a vuestro alrededor, no lo menospreciéis.

Dejad de adorar al vellocino del dinero y el poder que os tiene ciegos. Creedme, la paciencia de la Madre Tierra se está agotando. Los terremotos de Japón, de Haití, de Nepal, la sequía del cuerno de Somalia, las inundaciones en Méjico o Chile son pequeños avisos….

No seguí oyendo a aquel charlatán que seguro estaba a punto de rememorar a NostraDamus. Seguí mi paseo, hacía mucho que no visitaba la ciudad y tuve la impresión de que permanecer escuchando aquello, iba a contaminar mi corta estancia. A pesar de tener el cajón en pendiente, guardaba bien el equilibrio, también la gracia de verlo caer había dejado de tener interés.

Asociaba la imagen de los charlatanes a esos que con chistera y chalequillo vendían crecepelo en las películas del oeste, a los supuestos predicadores que, biblia en mano, congregaban a los transeúntes en las calles de New Orleans, pero, ¿en Barcelona? ¿Un charlatán apocalíptico en las ramblas de Barcelona? Era lo último que me hubiese esperado.

Bajé hasta el muelle. Bordeé la enorme glorieta de Colón, cosa que me gusta, siempre me dio mucho reparo pasar bajo grandes estatuas. Seguido por el instinto, me arrimé al borde del muelle para mirar de cerca el trozo de Mediterráneo que la bocana del puerto deja llegar hasta allí.

El verde oscuro, opaco, me ensombreció la mente, y, como una arcada, apareció de nuevo el charlatán. La oscuridad de la mar era un mal presagio en cualquiera de los siete mares. Retrocedieron mis pies para apartar mi vista del filo del muelle. Me abordó el bochorno y mis poros volvieron a saber del verano mediterráneo.

El sofoco me llevó hasta el cajón de resonancia que era entonces mi pecho y las puntas de mis dedos recuperaron algo de tintineo. La tensión que había intentado dejar en la oficina, después en mi piso, después en el avión y en el hotel, no me había perdido los pasos, seguía inasequible al desaliento para mi desasosiego. Necesitaba más distancia física y temporal de los intensos últimos meses de aquel proyecto de investigación finalmente frustrado.

Buscar una cerveza en algún bareto cercano a Santa María del Mar, recorriendo sus frescas calles estrechas me reconciliaron con la vida. Comencé a andar antes de terminar de decidirlo. Entré en uno, sólo por el hecho que de que cayó simpático el plante del que, a modo de comité de bienvenida, fumaba un cigarrillo apoyado en el quicio de piedra. Era de esos tipos que dejan el brazo con la cerveza en la parte interior, como cordón umbilical, y el otro, con el cigarrillo en el exterior, pero consiguiendo que cada bocanada acabe siendo atrapada por la atmósfera del bar.

Mimeticé mi gusto con el de los parroquianos, vermut y anchoas, y como ellos, dejé un ojo en el ir y venir del camarero y el otro en el televisor, pensando entonces en el daño que ha hecho la caja tonta a las tertulias de barra.

Algo dentro de mí, me hizo renunciar a entrar en esa dinámica, fertilizante de la bobería y ausculté a mis lados buscando encontrar algún hilo entre las facciones de mis compañeros gimnastas del codo.

Despojado de su chaqueta y con medio metro menos de estatura, no lo reconocí al primer golpe. Él si que saciaba su sed con una buena jarra de cerveza. Silencioso, hacía un censo de las botellas de la estantería, parecía haberse dejado el oficio de charlatán en la puerta, sólo había arrastrado hacia el interior el sofoco, que, igual que a mi, se resistía a dejarlo solo.

  • Le he oído antes en la rambla- Me giré suavemente, intentando que mi tono fuera audible pero no entrometido.
  • Ah!, si, ¿qué le ha parecido?
  • Ha sido casi de pasada, sólo escuché algunas frases – No quería que la conversación derivase en el contenido de su exposición.
  • Entiendo, una pena, debería haberlo oído completo.
  • Ya, cierto, pero llevaba algo de prisa…
  • Todos la llevamos, ese es el problema. Y, ¿se solucionó?
  • ¿El qué?
  • No, como decía que llevaba prisa, supongo que tendría que resolver problemas.
  • Si, si, todo resuelto, gracias.
  • Alberto Samaniego, para lo que necesite.
  • Juan, Juan Silva, un placer.
  • Tenga, coja esta revista, es gratis, por si tiene un rato para leerla.

Me extendió un libreto, muy artesanal, fotocopiado, grapado por la esquina, con distintos tipos de letras, trozos manuscritos, lo hubiese rechazado en cualquier otra circunstancia.

  • Ahí podrá ver con atención lo que antes exponía. Al final viene nuestra página web y nuestro correo electrónico por si quiere ampliar información.

Crecía en mí la sensación de incomodidad, no había sido buena idea. Se me agotaba la conversación de cortesía y Alberto Samaniego parecía ser un tipo mucho más sensato, cabal e inteligente de lo que aparentaba subido en aquel cajón. Pagué las consumiciones tras vencer la natural resistencia de Alberto y salí con el libreto cogido con las pinzas de mis dedos, sin haberlo hecho aún mío.

Demasiada trastabillada la sobremesa, mejor hacer borrón y cuenta nueva con una ducha y siesta en el hotel. Entre una y otra se interpuso el libreto que cogí con la intención de hacerlo puente entre ambas, y se convirtió en muro.

Estaba bien escrito y sus diferentes partes tenían conexión y se hacían sinérgicas. No era una cuestión de marketing ideológico barato, gracias a mi trabajo estaba entrenado para no dejarme embaucar con esas cosas, no, el argumento tenía sentido.

El libreto explicaba cómo el avance tecnológico de los últimos cincuenta años ha cambiado de manera bestial el paisaje, la orografía, el uso que damos del planeta. Nunca se había acelerado tanto como hasta ahora el ritmo de extracción de materia orgánica, de minerales, de energía. Nunca había crecido la población a un ritmo tan exponencial como hasta ahora, ni tampoco habían desaparecido tantas especies en tan poco tiempo. El único episodio parecido en la historia terrestre había sido el meteorito que acabó con los dinosaurios. Ahora otro meteorito parecía haber estallado, pero desde dentro y a lo largo de cincuenta años.

En la página web aparecía una dirección. Consulté en el teléfono el google maps, estaba cerca. Era un piso. Llamé al telefonillo. Reconocí la voz de Alberto. Sonrió al verme, puso a calentar agua para el té y nos dispusimos a charlar en un pequeño salón tomado por libros y pilares de apuntes.

A pesar de sus escasos cuarenta años, venía ya de vuelta de ser investigador, primero en el CSIC y luego en Massachusetts. Brillante, cultivado, comprometido, transgresor, un Galileo en la Barcelona del veintiuno.

Yo iba predispuesto, pero todas las reflexiones, dudas, preguntas, las resolvía y respondía con creces.  Me enganchó para la causa. No es que yo me fuese a poner a partir de entonces a lanzar proclamas desde lo alto de un cajón en la calle Sol, nada de eso, pero me convertí en un activista de la vida desde entonces.

No porque creyese que el mundo fuese a acabarse, en eso estábamos de acuerdo Alberto y yo desde el principio. Siempre que, de forma histórica la humanidad se había puesto al borde del abismo, se había producido un hecho trascendental que colocaba más lejos el abismo. En el siglo veintiuno eso no iba a ser diferente, pero también era cierto que, en todos esos momentos históricos tuvieron que aparecer moscas cojoneras que hicieron de pepito grillo.

Alberto nunca me convenció de yo iba a estar entre los afortunados que presenciaran el fin del mundo. Lo que de verdad hizo que me implicara, que diese la vuelta al calcetín de mi vida fue que, en aquella conversación, se clarificó en mi pensamiento la distancia que existe dentro de la mente humana entre lo que deseamos y lo que hacemos, entre los sueños y la razón.

Supe aquel día que era cierto, el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando piensa. Alberto vivía su sueño y yo, aquella mañana de verano, me había paseado por Barcelona como un mendigo.

Antonio Aguilera

La lista

En algunos corrillos de funcionarios existe cierta pugna por ponerle nombre a las cosas. A los proyectos, a los programas informáticos, a las leyes. He conocido diversos casos en los que se modifica el nombre de la ley con el objetivo de lograr unas musicales, simbólicas o graciosas siglas. No quiero decir que los profesionales banalicen sobre el contenido de la norma y se dediquen a estos superfluos pasatiempos, es sólo que, para la mayor parte de ellos, las nuevas leyes son simplemente textos que hay que tramitar, revisar, someter a exposición pública, votación, publicación en BOJA, entrada en vigor, revisión, derogación. Uno tras otro.

Para la otra inmensa mayoría, para los ciudadanos y las instituciones, esos textos se hacen de obligado cumplimiento y suelen cambiar sus vidas, sus derechos y obligaciones. También hay leyes que se aprueban sin mayores efectos, todo sea dicho, es la consecuencia de valorar la acción parlamentaria por las páginas de BOJA publicadas.

El gobierno andaluz ha comenzado la tramitación de la Ley de Impulso para la Sostenibilidad del Territorio de Andalucía, a la cual ya han bautizado como la LISTA. Lo mismo el acrónimo le viene como anillo al dedo pues viene a regular un aspecto esencial, el uso del suelo en Andalucía, esto es, una de las cuestiones de mayor repercusión estratégica para la vida de todos. Hay que ser especialmente listo para tratar aspectos tan relevantes de nuestra convivencia.

El portavoz rápidamente se ha apresurado a aventurar sus bondades, que si simplificación, que si agilidad, que si modernidad. Están encantados de conocerse. Para evitar que se embarre, la van a llevar por la vía de urgencia, la más rápida que existe, lo mismo esperan tenerla en vigor mientras la opinión pública y las empresas siguen atascadas en la recuperación tras el Covid-19. Sólo esta circunstancia dice mucho del talante del gobierno. Meter el acelerador y asegurarse que esté todo hecho antes que acabe la legislatura. Tanta prisa sólo tiene un motivo, intereses económicos.

La LISTA va a tener un potente impacto en centenares de municipios en cuyos términos hay tantas importantes decisiones por tomar. El uso o abuso de las normas en los próximos meses va a ser determinante y va a condicionar el resto del futuro. No será fácil equilibrar las fuerzas. Por eso es necesario, antes de echar a andar, pertrecharse de información y criterios de valoración.

Recordar que muchos municipios de la franja mediterránea lloran hoy su excesivo hormigón. Aprender que el turismo masivo sujeto a precios no mejora la renta media de los residentes en el destino turístico. Saber que en el vehículo de la destrucción no hay marcha atrás. Tener presente que aún son muchos los que siguen en prisión y embargados por sus tropelías. Identificar, cuidar y poner en valor los rasgos diferenciales es lo que proyecta el progreso del municipio.

El urbanismo es una mancha de aceite en el forro de la chaqueta. Cuando se hace visible es demasiado tarde para pararlo. Por eso, el freno a la LISTA hay que ponerlo ahora, sentando las bases de un modelo de ciudad, de municipio, de destino turístico que se haga sólido y perdurable, del que nos sintamos orgullosos.

Las opciones políticas no sólo tienen que poner a trabajar a los técnicos para estudiar la ley, que también; lo más importante es que concreten y comuniquen el modelo al que aspiran, que la compartan, que dialoguen y negocien; que lleguen a acuerdos. Porque el modelo urbanístico va más allá de una legislatura o un acuerdo puntual de gobierno, es un proyecto de largo recorrido que requiere una mínima estabilidad, pero cuya debilidad va a ser también el lastre de cualquier alcalde. Aunque sólo sea por egoísmo inteligente, es el momento de decir que modelo de pueblo, de ciudad queremos.

Antonio Aguilera.

Hacia una verdadera Transición Ecológica.

«Francisco Casero Rodríguez, Antonio Aguilera Nieves».

Hacer virtud de los problemas. Extraer las lecturas positivas de los momentos difíciles. Aprovechar las situaciones difíciles para transformar las complicaciones en oportunidades. El freno de las actividades industriales, comerciales, turísticas motivadas por la crisis del coronavirus está mostrando beneficios en términos de reconciliación de la humanidad con la Tierra, a la que tanto estamos castigando sin tregua desde hace años y que tiene como crucial consecuencia el calentamiento global, situación que hace que los científicos estén bautizando a esta nueva era como Antropoceno. Hemos pasado de ser una más entre los millones de especies del planeta a ser la que conduce los designios del resto. Pero lamentablemente, este liderazgo lo estamos ejerciendo mal, estamos provocando la sexta extinción mundial. Según algunos científicos hay una probable relación entre la pandemia y la reducción acelerada de la diversidad biológica, tanto en cuanto a número de especies como a la desaparición de ecosistemas completos.

Las políticas que reivindican otra manera de hacer las cosas, las estrategias que consideran las implicaciones de nuestros actos hoy en la vida de las Generaciones Futuras no han sido consideradas lo suficiente en su importancia por los máximos dirigentes mundiales. La prueba está en la falta de contundencia y unanimidad en las sucesivas cumbres del clima. El anunciado Pacto Verde Europeo tiene que ser una alianza sólida sobre la que construir, tiene que consolidarse. Nosotros, como Fundación Savia nos hemos incorporado a la misma.

No podemos optar por soluciones simplistas, cortoplacistas, como está ocurriendo en algunas comunidades autónomas con la reducción de las exigencias ambientales, urbanísticas o industriales. Tenemos que trabajar en soluciones duraderas, quizás más complejas de abordar, pero las únicas con las que de verdad asumimos la responsabilidad que hoy nos toca. Por eso, esta anómala situación que a todos nos gustaría que fuese lo más breve posible, tiene que ser también una oportunidad para repensar muchos aspectos de nuestro modelo social, económico y ambiental.

En estas semanas se ha evidenciado la relevancia del mundo rural como factor fundamental de un desarrollo equilibrado. Se ha comprobado la necesidad de dotar de infraestructuras de telecomunicaciones en especial a la población más alejada de las ciudades y centros administrativos, pues el acceso a las mismas se ha destacado en esta crisis como un elemento de nivelación de competitividad, de oportunidades para darse a conocer. Hemos comprobado la importancia fundamental del sector agrícola, ganadero, con sus transformaciones correspondientes, como sector estratégico de abastecimiento. Del sector forestal, como lucha en la desertificación, suministrador de material como biomasa, generador de mano de obra. Estamos viendo cómo, la producción ecológica, de proximidad, las huertas, los canales de comercialización dan alimentos seguros, empleo, clima, seguridad, salud.

Esta ralentización de la actividad económica global, esta menor presión de la actividad humana en los ecosistemas está teniendo frutos en la biodiversidad. La Naturaleza es enérgica, bondadosa, generosa. El estado de alarma ha coincidido en nuestro territorio con la primavera, el ciclo del año donde la mayor parte de las especies animales crían, donde las plantas crecen y florecen, cuando se produce una verdadera explosión en las poblaciones de invertebrados.

Tenemos ante nosotros la gran oportunidad de aprovechar esta fuente de vida que la naturaleza nos ofrece y acompasar nuestros pasos, nuestras actuaciones para no cercenarla como hemos hecho demasiadas, demasiadas veces, sino para acompañarla, potenciarla. De forma complementaria y paralela estaríamos abordando de lleno uno de los más graves problemas estructurales a los que nos estamos enfrentando, la despoblación rural. Porque las políticas ambientales, el calentamiento global, el reto demográfico, la transición agroalimentaria deben ser abordados conjuntamente.

La Fundación Savia ha trasladado un informe a los gobiernos del estado y autonómicos con propuestas de defensa y puesta en valor de  la ganadería extensiva y de montaña, control de la actividad cinegética, sector apícola, protección de los sistemas agrarios de alto valor natural, ecosistemas de campiña, producción ecológica, reducción del uso de agroquímicos, protección del suelo fértil, agua, custodia del territorio, política forestal, recuperación de humedales, ecosistemas marinos, crecimiento urbano, producción y transformación alimentaria, movilidad. transporte de mercancías, economía circular o transición energética entre otras.

Porque es el momento de decidir el camino que queremos tomar. Valorar si las grandes extensiones de monocultivos y la productividad deben primar sobre la seguridad, la gobernanza y la sostenibilidad. Si superamos de una vez por todas la dependencia de los combustibles fósiles. Si la dependencia de ciertos territorios del turismo masivo era una receta adecuada. Si la huida hacia delante del hacinamiento y marginalidad urbana es la vida que habíamos soñado.

Los grandes retos sociales, económicos y ambientales a los que nos enfrentamos, son el calentamiento global, despoblamiento rural, la soberanía alimentaria, la pérdida de biodiversidad, la protección de los colectivos vulnerables. Tienen que ser abordados conjuntamente con criterios de justicia social y con una verdadera participación de los agentes sociales. Es inaplazable abrir un espacio de amplia concertación y participación social que posibilite que todos podamos ser parte activa de la solución.

Tiene que ser hoy el gran momento que estábamos esperando todos a los que nos duele el expolio y la sangría de la Tierra. Puede ser una magnífica oportunidad para asumir nuestra responsabilidad con la Tierra, nuestra fuente de vida, y nuestro mejor legado para las Generaciones Futuras.

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