Carta al Pueblo Andaluz.

Tomás Gutier

 

                Quisiéramos  escribirle esta carta a una dama querida: Andalucía, pero nos han dicho que, aunque se le ve, no existe. Por ello, nos permitimos enviarla a alguien que, aunque no se le ve, parece que existe: el pueblo Andaluz.

                A ese pueblo capaz  de las mayores grandezas y las peores miserias. El pueblo pobre en tierra rica, o como dijo Blas Infante, más valorado por extranjeros que por algunos españoles. El pueblo que trabaja y acepta que le llamen holgazán. El pueblo que domina mientras se deja dominar. El pueblo que inventó la palabra baladí, porque siempre piensa que es mejor lo que viene de fuera. El pueblo de las tres religiones y una sola cultura. El pueblo que reza cantando mientras grita su desesperación. El pueblo que llora mientras canta. El pueblo que ha adorado a todos los dioses…..¿A quién reverenciáis ahora?.

                Ahora os equivocáis. Habéis pasado de crecer, y crear, grandes mitos, de hacer vuestro propio credo, a venerar un dios falso. Vuestro señorito andaluz no existe. En Andalucía nunca ha habido señoritos, es algo importado. Nos llegó junto a los “reconquistadores”, con la inquisición, el autoritarismo y la imposición. En Andalucía hay jornaleros, trabajadores de siempre, gente orgullosa de su labor y de su creatividad. Ese elemento altivo y arrogante, ese terrateniente que se vanagloria de vivir sin trabajar, nos vino de afuera, nos lo trajo una cultura impuesta a sangre y fuego de intolerancia. Y vosotros, que os lo creéis todo, lo habéis asumido. Y como ya nos veis al señorito a caballo, adoráis a otro que apareció tres décadas atrás con traje de pana y ahora lleva camisas de diseño. No escarmentáis.

                Deberíais conocer vuestra historia y descubrir que no siempre fuimos así. Constituimos una gran sociedad civil que intercambiaba entre sí y con otros pueblos el fruto de su trabajo y sus conocimientos. Un pueblo orgulloso que mandaba y dominaba sin dejarse avasallar por sus gobernantes. Pero nuestra forma de ser cambió con la conquista. Nos imbuyeron las costumbres de los invasores y de estar satisfechos con nuestro trabajo hemos pasado a pensar que lo mejor es no trabajar, como hace el señorito. Pero en realidad, no somos así, como tampoco  somos ese pueblo “universal” que proclaman, o, al menos, no esa  clase de “universalidad” que significa preocuparse por todo sin hacer nada por nadie. Ni siquiera por nosotros mismos. Ese sufrir por el  hambre en África mientras nuestro vecino pasa penalidades… sin solucionar ni lo uno ni lo otro.

                No somos como nos pintan. Tampoco somos seres indolentes, carentes de la menor sensibilidad ante el dolor, la pobreza en todos sus perfiles, la pena…, de lo contrario, nos acercaríamos a la muchedumbre como meros individuos movidos solo por instintos animales: como bestias. No, no lo somos, tenemos una gran sensibilidad ante las personas, capacidad de comunicación, agilidad mental y culto a la belleza por las cosas bien hechas. Eso sí: si un día nos descubrimos a nosotros mismos, quedaremos asombrados. Mientras tanto, dejamos que la anestesia nos invada. Sin darnos cuenta de que la política es algo demasiado importante como para dejarlo en manos de los partidos políticos.

                No hablamos ya de que Andalucía carezca de protagonismo –en la historia reciente nunca lo ha tenido-, es que ya no es ni espectadora. Andalucía duerme en su butaca y cuando escucha algún ruido, algún murmullo, se despierta y aplaude. Sin saber a quién, sin saber a qué. Aplaude, llora o ríe y de nuevo se sumerge en su sopor.

                Difícil está la cosa, si no reaccionamos cuando Blas Infante nos gritó: “He visto esta tierra entregada a los aventureros de la política, advenedizos que vinieron  de fuera y han convertido a sus pueblos en granjas explotadas por Madrid”, tampoco ahora despertaremos del letargo.

En la carta anterior, insensatamente y cometiendo un pecado, hemos retado y amenazado a España. De ti, pueblo Andaluz, depende que nos tomen en serio. ¿Estás ahí?

Tomás gutier-

¡ Malditos !. ¿Qué nos dais de comer ?

Marcos G. Sedano. Hijo de campesinos sin tierra de la Alpujarra, nació en Albondón (Granada), a unos pocos kilómetros del Mediterráneo, en el año 1959; Colaborador como articulista y tertuliano, así como analista, en radio, televisión, prensa y en web alternativas.

En su libro poemario Puerto Bayyana. Tres años de amor y de guerra, Marcos nos ofrece unos versos con sabor a pasado y a presente. La incesante búsqueda en el interior humano, su vinculación a la Mar y a la naturaleza, unidos al compromiso social, son las causas de estos poemas, que libres, pueden verse en el desierto de la ciudad, navegando en las arenas de las olas o tomando las calles en un mundo convulso.

 

 

¡ MALDITOS! ¿QUÉ NOS DAIS DE COMER?

Ellos solo piensan en la rentabilidad,

son las élites y sus regalos,

lo primero el beneficio

también lo segundo,

para los de abajo,

oncología.

Alguien reparte máscaras de tragedia.

La sala repleta es un mar de sufrimiento

de seres que se aferran a sus vidas

y la vida se ve salir por las ventanas

o camino al quirófano en camillas.

Sobre los asientos del plástico se piensa,

hay mucha quimio que digerir,

ríos de quimio.

llegados de una multinacional alemana.

El cuerpo   una vez mas es envenenado

y piensas en lo que habrás hecho

para merecer lo que tienes.

Pero son miles, cientos de miles,

millones de personas,

en ese instante gritas

¡MALDITOS! ¿QUÉ NOS DAIS DE COMER?

En esa batalla solo hay dos alternativas

vencer o morir,

y el amor es muy importante

en el resultado final.

Marcos G. Sedano-

 

 

El ‘SABER VIVIR’ andaluz: Una cultura para la vida

Manuel Delgado

Aunque todavía algunos recalcitrantes pongan en duda su existencia, y aunque otros adopten ahora posiciones revisionistas en cuanto a sus contenidos y significación, es hoy de aceptación generalizada que existe una cultura andaluza que nos diferencia de otros pueblos: que no somos simplemente una variante o apéndice de la cultura castellana.. Otra cosa es que muchos de los contenidos de nuestra cultura sean o no percibidos y valorados adecuadamente que un número muy alto de andaluces puedan estar alienados respecto a ella, o que algunas (o muchas) de sus expresiones nos sean presentadas como rémoras por algunos que se autodefinen como “modernos” o “progresistas”….

Sin duda, algo hemos avanzado desde los tiempos en que Blas Infante se vió obligado a fundamentar Andalucía como realidad histórica y cultural para demostrar que esta existe como pueblo (como nación en términos de la teoría política) [1], o desde  otras épocas, más cercanas, en que algunos intelectuales de izquierda no tuvieron inconveniente en titular algunas de sus reflexiones con la afirmación de que “Andalucía no existe”, en flagrante ejercicio de reduccionismo economicista [2]. Hoy, los negacionistas declarados ya no exhiben su ignorancia o su sectarismo de manera tan abierta: quienes tratan de impedir (hasta ahora con bastante éxito) que los andaluces poseamos la necesaria conciencia cultural y política de ser tales actúan de manera más sofisticada. Ya no niegan frontalmente la existencia de “rasgos culturales diferenciadores” en Andalucía sino que cuestionan su especificidad,  bien aduciendo que Andalucía respecto a otros territorios y poblaciones de la península y de Europa sólo ha tenido un problema de retraso en adquirir las características generales de ellos, habiéndose ya alcanzado una situación normalizada, bien argumentando la necesidad de suprimir o transformar la mayor parte de dichos rasgos al considerarlos negativos para la plena incorporación a la modernidad [3]….

Contrariamente a todas estas posiciones, defiendo que es reafirmándonos en nuestra identidad cultural y desplegando las potencialidades cohesionadoras y emancipatorias de la cultura andaluza como mejor podemos oponernos al avance totalitario y destructor de la globalización capitalista y del pensamiento único neoliberal y cooperar, desde Andalucía, al proyecto de construir un mundo diferente, más justo e igualitario: un mundo sin pensamiento único en el que quepan mil mundos….

En un pequeño libro de síntesis, publicado recientemente, del que somos coautores el profesor Manuel Delgado Cabeza y yo mismo [4], concluíamos, tras exponer las bases de la identidad histórica, la identidad cultural y la identidad política de Andalucía y la triste situación actual periférica y subalterna en lo económico y lo político, que la lógica cultural andaluza y los valores comunitaristas, igualitaristas, solidarios y creativos existentes  en sus valores profundos y en muchas de sus expresiones podrían ser las más eficaces herramientas para avanzar en la construcción de una sociedad estructuralmente diferente a la actual, basada en una economía y un ordenamiento social que estuvieran al servicio de la vida y no del beneficio de una minoría, subalterna de los poderes trasnacionales, a costa de nuestro patrimonio natural y cultural, de los lazos de sociabilidad existentes en nuestra sociedad y de la propia Andalucía como pueblo, sacrificados a los valores hoy sacralizados de la competitividad y de la productividad que están encaminados a la destrucción de cuanto está vivo en la naturaleza y en la cultura….

Es evidente que nos encontramos hoy en Andalucía y en el Estado Español en una profunda crisis que no es sólo económica y política, ni se limita a nuestro ámbito, sino que es parte de una crisis general sistémica a escala planetaria.  En lo que nos afecta más directamente, la “autonomía” creada supuestamente como resultado de la lucha del pueblo andaluz en la calle y en las urnas, desde el 4 de diciembre de 1977 al 28 de febrero de 1980, se ha demostrado una estafa a los objetivos de aquella lucha, que no eran otros que conseguir los instrumentos suficientes de autogobierrno para encarar los muy graves problemas de nuestro pueblo liberando a este de la dependencia económica,  la subalternidad política y la alienación cultural a las que había sido llevado como consecuencia de la organización territorial, económica y política que se nos impuso con la consolidación y desarrollo del sistema capitalista en el estado español a lo largo de los siglos XIX y XX. .  Ninguno de esos gravísimos problemas ha sido resuelto ni se ha dado avance alguno en la “confluencia” con otros territorios, Andalucía apenas si tiene relevancia política en el Estado y su cultura se ha deteriorado de forma importante por los embates tanto de la ideología del nacionalismo españolista (que la niega, descalifica, folkloriza o vampiriza) como de la ideología del globalismo neoliberal (con su pseudocosmopolitismo que aquí es más bien cosmopaletismo).  Desde las propias instituciones de la Junta de Andalucía se procedió a una dinamitación planificada de cuanto habría podido cooperar al avance de la conciencia sobre nuestra identidad cultural y  política: muy pocas veces se alude a Andalucía como pueblo o país, nunca como nación y sí de forma sistemática como región, nuestra historia y nuestra cultura continuó prácticamente fuera del curriculum escolar y universitario para que siguieran siendo  desconocidas por las nuevas generaciones, y los propios medios de información “autonómicos”, como la TV (que ni siquiera tiene en su nombre el de Andalucía) fue utilizada como instrumento de alienación cultural y de publicidad partidista por quienes la tienen a su servicio desde su creación. El diferencial con la media española de nuestra tasa de desempleo, la proporción de familias bajo el nivel de la pobreza y la nueva emigración ahora de jóvenes profesionales, la mayoría de ellos con alta cualificación, son tres indicadores que bastarían para desmentir de forma demoledora, e incluso para ridiculizar, las afirmaciones de que aquí se han producido cambios trascendentales desde principios de los años ochenta hasta hoy. Tenemos la misma, si no mayor, dependencia, subalternidad y alienación y un grado mucho más alto de destrucción de nuestro medio físico, social y cultural que al comienzo del periodo.

Antes de nada, hay que definir con precisión los dos grandes enemigos de Andalucía como pueblo: el nacionalismo de estado español y el capitalismo hoy en su fase de globalización neoliberal. Dos enemigos que están estrechamente aliados como interesados que están en servirse de Andalucía y en que esta continúe a su servicio: en que siga teniendo su función de fuente de materias primas y producciones sin valor añadido, de territorio  para hacer grandes negocios especulativos, de balneario y basurero de España y Europa, y de muro de contención y plataforma de agresión frente a los pueblos africanos y orientales. De ahí que en pocos lugares del mundo como en Andalucía sea más cierto que la lucha social y la lucha nacional son las dos caras inseparables de una misma lucha, de un mismo proyecto emancipatorio.

Para que aceptemos ejercer las funciones anteriores sin poner obstáculos se precisa la destrucción de gran parte de nuestra cultura, de nuestra visión del mundo, de nuestra autoestima, de nuestras tendencias comunitarias e igualitaristas. Que dejemos de ser como somos: que abandonemos el dar mayor énfasis al ser que al tener; que nos avergoncemos de nuestro gusto por las relaciones sociales -familiares, vecinales, de compañerismo, de paisanaje-  y por compartir con otros nuestras tristezas, alegrías y emociones, asumiendo la racionalidad capitalista de que ese es un tiempo improductivo; que dejemos de rebelarnos cuando alguien nos trata con altanería y aceptemos el “realismo” de que somos menos que quienes tienen poder, rehusando a las confrontaciones con estos tanto en el plano de lo real como de lo simbólico; que nos encerremos en el individualismo egoísta o en el familismo estrecho  y mafioso, menospreciando nuestra fuerte tendencia a la sociabilidad solidaria tanto en el  tiempo de trabajo (la unión y el cumplir como valores) como en el tiempo de fiesta y  el tiempo de ocio (que son dos tiempos diferentes pero en los que nos gusta estar juntos sin perder por ello nuestra individualidad).

La lógica cultural andaluza, que es el eje de nuestra identidad como pueblo, no es reductible a los valores de la competitividad y la productividad material contable que son los valores supremos de la lógica del capitalismo neoliberal. Son dos paradigmas incompatibles: uno está orientado hacia la vida, en sus múltiples facetas, y se concreta en lo que podríamos llamar el saber vivir andaluz, el otro tiene como único norte la acumulación de ganancias mediante la destrucción de la vida (social, cultural, natural) y de los valores y expresiones “no rentables”, ya que la vida se reduce a un medio para la consecución de la mayor ganancia. Frente a quienes ven solamente una confrontación política o económico-política en el mundo actual, hay que afirmar que se trata, sobre todo, de un choque de lógicas culturales, de valores, de visiones sobre cuáles son las metas de la existencia  individual y colectiva. Diciéndolo con palabras sencillas, estamos en una confrontación sobre por qué y para qué merece la pena vivir.

En esta confrontación, el saber vivir andaluz se sitúa en el mismo campo paradigmático que otras lógicas culturales de pueblos muy diferentes entre sí (desde los kechwas con su lógica del sumak kawsay y los aymaras con su sumak qamaña hasta diversas lógicas orientales y africanas) pero que tienen como elemento común la resistencia a entrar en el proceso de destrucción de la naturaleza y de las sociedades que implica la modernidad, el desarrollo y  la globalización tal como han sido definidos y operan dentro de la lógica del capitalismo eurocéntrico y androcéntrico.

No estamos solos, pues, en la batalla por no dejar de ser nosotros mismos. Antes al contrario, formamos parte del pluriverso de pueblos que valoran por encima de todo la vida social pero también la vida tal como la expresan todos los otros componentes de la naturaleza. Y la vida espiritual (no necesariamente equivalente a religiosa), tal como se refleja en nuestra obsesión por la belleza, sobre todo expresada en lo que no tiene dimensiones monumentales que aplasten lo humano: en un cante, en un gesto, en una maceta, en un fachada de cal cegadora, en unos ojos, en la sonrisa de un niño… Nuestra mayor fortaleza y nuestros más eficaces instrumentos están en nuestra cultura. Sólo a partir de esta, evitando caer en chovinismos o autocomplacencias pero rechazando también complejos y cosmopaletismos, podremos reconstruir Andalucía como pueblo y luchar por nuestra emancipación  social y nacional. Una lucha social desenraizada de nuestra identidad como pueblo o una lucha soberanista no dirigida a una transformación social radical serían no solamente un gravísimo error sino que llevarían a un fracaso seguro. Y nunca olvidemos –ya insistía en ello Blas Infante- que sin una cultura propia no existe un pueblo. Andalucía dejaría de existir si traicionáramos nuestra lógica cultural tal como quieren que hagamos los publicistas  del nacionalismo español y de la globalización mercantilista.

Manuel Delgado Cabeza.

[1] Blas Infante: Ideal Andaluz. Sevilla, 1915.

[2] Carlos Castilla del Pino: “Andalucía no existe”. La Ilustración Regional nº 4, (1974).

[3] Son exponentes de estas posiciones el documento elaborado en 2003 por diversos “expertos” universitarios y entregado al Parlamento Andaluz por el propio presidente entonces de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves, con el título de La Segunda Modernización de Andalucía, y recientes textos  publicados por el Centro de Estudios Andaluces (el think tank del PSOE) en su actual etapa, sobre todo del historiador Manuel González de Molina y del sociólogo Manuel Pérez Yruela. Es especialmente revelador el reciente texto de este último Un relato sobre identidad y vida buena en Andalucía. Una réplica al primero de los documentos citados puede verse en I. Moreno: “¿Del subdesarrollo a la postmodernidad? La sociedad andaluza y la llamada Segunda Modernización” en J. Hurtado (coord.) Sociología de 25 años de Autonomía. Sevilla, 2004….

[4] Isidoro Moreno y Manuel Delgado Cabeza, Andalucía: una cultura y una economía para la vida. Ed. Atrapasueños, Sevilla, 2013….

 

Fuente : Revista SecretoOlivo

Carta a España o las Españas.

Tomás Gutier

Nos dicen que usted es la madre patria. ¿Qué es eso? ¿Madre y padre a la vez?. Aunque da lo mismo, ya sea nuestra madre, o nuestro padre –o nuestras madres y nuestros padres, quien sabe-, nos quiere usted muy poco, o mejor dicho, y perdone, nada, a Andalucía no la quiere absolutamente nada.

            Ninguna madre, con un mínimo amor por su hijo, aunque sea el más endeble y feo de la familia, lo mantiene apartado y el último en todo. Sin embargo, usted lleva siglos despreciando a una de sus supuestas hijas. El mejor traje se lo da al primogénito, el mejor plato se lo da a la niña que se queja y gruñe, la mejor cama la cede a su niño preferido porque si no se enfada… Y a la niña andaluza, a la escuálida niña que ni siquiera protesta, le da las sobras y la deja siempre la última.

            No sé si conoce lo que un día escribió Blas Infante en un Manifiesto  publicado en la ciudad de Córdoba el año 1919. Le ruego que no se moleste por lo que viene a continuación, es el dolor de un andaluz convencido de la necesidad de luchar por unos ideales consciente del momento histórico que vivía y asumiendo responsabilidad ante su pueblo.

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Bienestar Social

No sé qué ocurre últimamente con determinadas palabras que parecen no significar nada. Mejor, significan aquello que el hablante cree que pueden significar, con lo cual vivimos en una confusión lingüística que hay que unir a otras confusiones en las que se desenvuelve este pesado existir público y privado. La situación de anomia, en su significado latino, trastorno que imposibilita a llamar a las cosas por su nombre, parece una de las banderas de nuestro presente.

¿Qué nos quieren decir algunos políticos parlantes cuando hablan de bienestar social?: ¿Toma la bolsa de imperecederos y corre?; si tienes un tumor con metástasis ¿te esperas que no hay personal?; tu derecho a disfrutar de los beneficios de la ley de dependencia, ¿te llegará «in articulo mortis» o como anexo al certificado de defunción? ¿Qué querrán decir?, ¿que los pobres no tienen arreglo?, ¿que con los que aquí teníamos bastante?, ¿que de los niños empobrecidos se encarguen sus padres porque «nosotros» no podemos hacerlo todo?. Entonces, si en cada campaña, ahora en cada pacto, hablan de bienestar social ¿qué puñetas están diciendo? ¿Saben de verdad la importancia que tienen los servicios sociales? ¿Saben que no son pobres todos los que allí van? ¿Saben el inmenso trabajo que realizan los profesionales de estos departamentos?. ¿Cuántas veces han ido a visitar los recursos?, ¿ninguna?. La pobreza echa para atrás a unos y a otros. Vivir a ras de suelo es una dura tarea para excluidos, sean de la clase social que fueren, sobre los que pesa el abandono más radical.

Cuando hablo de exclusión lo hago teniendo presente el ya envejecido concepto de expertos citados en su día por la Comisión Europea: «El hecho de que algunas personas, en determinados momentos, no participan en el intercambio económico y social, en la construcción en común de la sociedad, con lo que la ciudadanía – como concepto – se ve reducida». Hablo por tanto de luchar contra la pobreza no únicamente en términos de ingresos insuficientes, que también. La exclusión social es una noción dinámica que va más allá; es una realidad que comprende múltiples dimensiones y se manifiesta en ámbitos como el trabajo, la educación, la salud, la vivienda o la protección social, auténticos pilares de la dignidad, del bienestar social y democrático de Derecho.

Las políticas sociales, como tantas otras cosas, necesitan reformas profundas, nuevos modos de realizarlas además de la financiación adecuada, que, por cierto, no es «tirar el dinero». Es hacer creíble la tan pisoteada «justicia social».

José Chamizo.

Sentencia Blas Infante

Sentencia dictada en 1940 contra Blas Infante

 

En la ciudad de Sevilla a cuatro de mayo de mil novecientos cuarenta. Visto por el Tribunal Regional de Responsabilidades Políticas, el expediente número214 de su registro, contra DON BLAS INFANTE PÉREZ, hoy fallecido, que era de 51años, casado, Notario y vecino de Coria del Río.

RESULTANDO: Que DON BLAS INFANTE PÉREZ formó parte de una candidatura de tendencia revolucionaria en las elecciones de 1932; en los años sucesivos hasta1936 se significó como propagandista para la constitución de un partido andalucista o regionalista andaluz, y según la certificación del folio 46 falleció el 10 de agosto de1936 a consecuencia de la aplicación del Bando de Guerra. El Sr. Infante dejó cuatro hijos menores y una finca rústica con 138 pesetas de líquido imponible, donde existe una casa después con 30.000 pesetas de valor aproximado.

RESULTANDO: Que en la tramitación de este expediente se han observado las formalidades legales.

CONSIDERANDO: Que acreditando en las actuaciones la aplicación al inculpado DON BLAS INFANTE PÉREZ, del Bando de Guerra dictado por la Autoridad militar de la Región lo que supone en él una actitud de grave oposición y desobediencia al mando legítimo y de las disposiciones del mismo emanadas.

CONSIDERANDO; Que los hecho probados constituyen para Don Blas Infante Pérez, un caso de responsabilidad política de carácter grave previsto en el apartado L) del artº 4º de la Ley de 9 de febrero de 1939, que considera incursión en responsabilidad política y sujetos a la correspondiente sanción a los que se hubieran opuesto de manera activa al Movimiento Nacional.

CONSIDERANDO: Que no procede apreciar circunstancias modificativas de dicha responsabilidad. Vistos los artículos 8,10,12 y 13 con los demás de aplicación general.

FALLAMOS Que debemos condenar y condenamos a Don Blas Infante Pérez, como incurso en un caso de responsabilidad política de carácter grave a la sanción de 2.000 pesetas, librándose para notificar esta resolución a la Viuda del inculpado, por sí y en representación de sus hijos menores orden al Juez Instructor Provincial de Sevilla. Juzgándolo así por nuestra sentencia la pronunciamos, mandamos y firmamos, Rafael Alhiño.-Francisco Díaz Plás.-Francisco Summers.-rubricados.

Verdad y justicia para Blas Infante y Caparrós.

Blas Infante, cuyo aniversario de nacimiento se cumple el 5 de julio, tenía 51 años cuando fue asesinado en Sevilla la noche del 10 de agosto de 1936 en el kilómetro cuatro de la carretera de Carmona.

Manuel José García Caparrós tenía 18 años cuando lo mató una bala durante las históricas manifestaciones del 4 de diciembre de 1977. Ocurrió en Málaga, en los alrededores de la única Diputación andaluza en la que se había prohibido izar la verdiblanca. Sin duda, una provocación, como lo demuestra la imagen del joven Trinidad Berlanga escalando por su fachada con una arbonaida en las manos para intentar ponerla en el balcón. No lo dejaron. Guardias civiles y policías, junto a miembros armados de Fuerza Nueva,comenzaron poco después a disparar, parece que por orden directa del gobernador civil. Una bala hirió en el brazo al adolescente Miguel Jiménez Ruiz. Y otra, del calibre 9mm, como las que usaba la Policía Armada, acabó con la vida de Caparrós. Aunque se abrió una investigación, nunca hubo el menor interés en determinar los culpables: incluso el proyectil fue limpiado con acetona. Pocos días después, el 12 de diciembre de 1977, otra bala asesina acabó con el joven Javier Fernández Quesada a consecuencia de los disparos indiscriminados de la Guardia Civil en el campus de la Universidad de La Laguna. Ambas muertes provocaron que el 20 de diciembre de 1977 se abriera con urgencia en el Congreso una comisión de investigación, entonces llamadas «de Encuesta». La causa judicial sobre la muerte de García Caparrós fue archivada en 1985, al no haberse podido determinar los responsables penales. Inexplicablemente, la Comisión de Encuesta también se cerró sin responsables políticos. En ella declararon más personas que durante el proceso judicial. Ninguna mujer, por cierto. Algunas de las actas de aquellas sesiones son públicas. Pero no las del 13 de enero, 29 de junio y 9 de noviembre de 1978. ¿Por qué? ¿Qué esconden esas actas?.
Recientemente, la familia de García Caparrós solicitó al Congreso de los Diputados tener acceso a las mismas, para lo que hubiera bastado el acuerdo mayoritario de la Mesa, conforme al reglamento vigente. Sin embargo, en reunión celebrada hace pocos días, el 18 de mayo de 2017, la Mesa de la Cámara negó el derecho humano a conocer la verdad amparándose en el reglamento provisional y preconstitucional que regulaba aquellas comisiones, hoy inexistentes, el cual consideraba sus sesiones «secretas en todo caso».

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Castrileños en los campos nazis de exterminio

Angel del Rio Sánchez
Los campos de exterminio que los nazis alemanes pusieron en marcha durante la II Guerra Mundial (1939-45), habitualmente se asocian, en exclusividad, al Holocausto del pueblo judío. Pero la política genocida de los nazis-fascistas se dirigió, también, a otros muchos colectivos como el de gitanos, izquierdistas y opositores políticos, homosexuales, objetores de conciencia, discapacitados físicos y psíquicos…que, de igual modo, sufrieron persecución y exterminio. El asesinato masivo y planificado de millones de seres humanos a causa del fanatismo racista, se llevó a cabo en centenares de campos de concentración que se localizaban por todo el vasto territorio europeo del III Reich bajo el dominio de Hitler.
 Uno de los colectivos más desconocidos del genocidio nazi es el de los republicanos españoles que, en un número cercano a 9000 personas, sufrieron la deportación a esos campos del horror, mayoritariamente al de Mauthausen. Aproximadamente, sólo un tercio logró sobrevivir. El resto acabó convertido en cenizas en los hornos crematorios. Entre los 1500 andaluces, había cerca de 270 granadinos y, entre ellos, ocho castrileños.
Mientras en Europa y en el mundo entero las víctimas de la barbarie nazi-fascista son objeto de continuos homenajes con el fin de mantener viva la llama del deber de recordar (-para evitar que la historia se repita y para hacer justicia a las víctimas), en España ha habido un injusto silencio sobre estas personas que sólo en los últimos años se tiende a romper. Las cuatro décadas de dictadura de Franco y las tres de democracia (éstas de manera incomprensible), han minado la memoria de estos luchadores hasta el punto de hacerlos desconocidos en sus propios pueblos de origen. La mayoría de estos andaluces y españoles que salieron de sus pueblos en los convulsos años de la guerra civil (1936-39) para combatir al servicio de la República contra el ejército sublevado, han caído en el más ignominioso de los olvidos.
¿Saben, hoy, las gentes de Castril de los espantosos sufrimientos y tribulaciones de ocho hijos del pueblo en los campos nazi de exterminio?. Sirvan estas páginas en donde se reconstruye de manera escueta el periplo de estos jóvenes antifascistas castrileños, como un pequeño tributo a su memoria, para que sus nombres recuperados, no se pierdan nunca más por los sumideros de la historia.
Entre los ocho castrileños hay tres hermanos de la calle del Río apellidados Jiménez Ródenas. Estos son Bautista (1904), Balbino (1912) y Juan Antonio (1915). Además, Andrés Gonzáles Téllez (1904) de la calle del Hondo; Emilio Ortiz Ortiz (1921) de la calle de las Parras; José Florencio Ortega Rodríguez (1905) del Campo de Cebas;Torcuato Márquez Soria (1915) de los Cortijos del Nacimiento; y Miguel Granero López (1918) de Las Almontaras. Hasta el momento, se dispone de muy pocos datos de estos hombres que sirvan de apoyo para componer sus biografías. Por sus actas de nacimiento sabemos que todos son hijos de trabajadores del campo. Se sabe, además, que el mayor de los Jiménez Ródenas, Bautista, fue detenido en febrero de 1936 cuando se disponía a asistir en la aldea de Campocebas a un mitin ilegal que pretendía dar el médico socialista Juan Granero Liñán. Este suceso se produjo poco antes de las elecciones que darían como fuerza vencedora al izquierdista Frente Popular, tanto en España como en Castril, aupando a la alcaldía al propio Juan Granero. Desde entonces, Bautista, desempeñó el oficio de guarda municipal hasta su reclutamiento forzoso en el Ejército republicano.  Por las edades del resto, es fácil aventurar que todos ellos fueron llamados a filas (o se sumaron voluntariamente) durante el periodo de guerra para combatir en algún frente contra el ejército golpista de Franco. Desconocemos las compañías a las que pertenecieron, las funciones que desempeñaron y los frentes de guerra donde estuvieron, aunque se puede reconstruir el peregrinaje de estos castrileños, por ser similar al de la gran mayoría de los miles de antifascistas españoles que sufrieron la deportación. Sin duda, la guerra española les llevó, por distintos frentes, Andalucía, Madrid, Aragón…. hasta Cataluña, última etapa antes de partir camino del exilio. La toma de Cataluña por las tropas franquistas en el invierno de 1939 provoca un masivo éxodo de 500.000 republicanos hacia Francia. Una gran mayoría fueron internados en campos de reclusión en el Rosellón francés en penosas condiciones de vida: Barcarés, Saint Cyrien, Argelés son algunos de los nombres de estos ignominiosos recintos que  prolongaron su existencia hasta el otoño de 1939. Muchos republicanos deciden regresar a España esperando una benevolencia de los vencedores que nunca encontraron. Otros, optaron por seguir resistiendo, poniendo sus esperanzas en una pronta derrota del fascismo europeo que conllevara la caída del régimen de Franco. El Gobierno francés decide desalojar paulatinamente estos campos y reclutar a los ex combatientes republicanos en la Legión Extranjera y en las Compañías de Trabajadores Extranjeros. La finalidad era, dada la previsible entrada de Francia en la guerra europea, fortificar las líneas defensivas en la frontera alemana y aprovechar a un colectivo experimentado como era eel de los republicanos a los que se les suministró el uniforme del ejército francés y material de trabajo, pero no armas.
El 10 de mayo dde 1949 se inicia la ofensiva alemana y el 22 de junio Francia firma la rendición. En este tiempo, la mayoría de los republicanos que formaban parte de las Compañías fueron hechos prisioneros por los alemanes y conducidos a los Stalags o campos de prisioneros de guerra.
 En un principio se les respeta tal condición de prisionero conforme a la legislación internacional, pero a los pocos meses, son declarados “rotspanier” (rojo español)y deportados, sin conocimiento alguno del destino y en unas condiciones infrahumanas, hacinados en inmundos vagones de transporte de ganado y mercancías, al campo de exterminio de Mauthausen, ubicado en Austria, cerca de la ciudad de Linz a orillas del Danubio. El gobierno de Franco niega la condición de españoles a los republicanos e impide toda posibilidad de repatriación. Los nazis adjudican a los deportados españoles el triángulo azul que designa a los apátridas y que llevan cosido en el traje de rayas que será su única y, para algunos, definitiva vestimenta. Los prisioneros políticos llevaban un triángulo rojo, los judíos amarillo, los homosexuales rosa, los objetores de conciencia (testigos de Jehová). morado, los antisociales (vagabundos, alcohólicos, indigentes…) negro, los gitanos marrón (después será negro), los de delito común verde…

Los primeros castrileños en llegar a Mauthausen son Juan Antonio Jiménez Ródenas y Torcuato Márquez Soria que lo hacen un frío 25 de noviembre de 1940 desde el campo de prisioneros de Fallingbostel en la Baja Sajonia alemana. Le sigue, desde el mismo lugar, dos meses después, Miguel Granero López. Desde Tréveris son deportados el 3 de abril de 1941 los hermanos Bautista y Balbino Jiménez Ródenas. Y el 12 de septiembre se le une, finalmente, José Ortega Rodríguez. A todos ellos se les impone un número de identificación que sustituye el nombre y que debían aprender a pronunciarlo en un correcto alemán si querían evitar los humillantes correctivos (golpizas crueles y sádicas en público) por parte de los kapos (presos, por lo general criminales alemanes, que ejercían de jefes y practicaban una terrible violencia contra los demás prisioneros considerados como súbditos) y los oficiales de la temida SS.

 Mauthausen es un campo de no retorno, ideado para presos “irrecuperables”. A la macabrafunción exterminadora de opositores mediante la cámara de gas, las inyecciones letales y laaplicación sistemática de prácticas de tortura, se une la explotación de la mano de obrareclusa en las canteras de granito, la construcción de carreteras, en fábricas de armamento yautomoción, etc. El hacinamiento, el hambre extrema, las enfermedades, las vejaciones, lahumillación… eran componenda habitual en recintos diseñados para degradar la condiciónhumana hasta cotas inimaginables. Aún así, los republicanos españoles, unidos por sucondición de antifascistas, urdieron unos lazos de solidaridad y resistencia que posibilitaron lasupervivencia de aquellos que han vivido para contarlo.

 Sólo en Mauthausen murieron más de la mitad de los 200.000 reclusos procedentes de decenas de países. Entre ellos, unos 5000 españoles de los aproximadamente 7200. La mayoría murió en el campo anexo de Gusen, verdadero centro de aniquilamiento donde dejaron sus vidas Miguel Granero López un 13 de noviembre de 1941 cuando contaba con 22 años de edad; Juan Antonio Jiménez Ródenas, el 19 de noviembre de 1941 con 26 años; Balbino Jiménez Ródenas, el 2 de enero de 1942, con 29 años; y José Ortega Rodríguez, el 22 de febrero de 1942 con 36 años. Otros muchos, fueron gaseados en el tétrico Castillo de Hartheim, célebre centro de eliminación sistemática de discapacitados físicos e intelectuales,“no válidos” para el trabajo o “indignos de vivir”. Entre estos, se encuentra Torcuato Márquez Soria que muere el 28 de septiembre de 1941 con 26 años de edad en ese castillo del horror donde se utilizaron a las personas para sádicos e inhumanos experimentos médicos. Los cuerpos de todos estos republicanos fueron reducidos a cenizas en los hornos crematorios. Con esta medida, los nazis pretendían borrar toda huella de su bárbara actuación.

La odisea de Andrés González Téllez y Emilio Ortiz Ortiz varía con respecto a la de sus paisanos que acabaron en el campo de Mauthausen. Éstos fueron detenidos por los alemanes en una fecha más tardía, en 1943, por lo que cabe suponer que ambos participaron de manera clandestina en la resistencia francesa contra los nazis. Fueron trasladados al campo de prisioneros de Compiégne, cercano a París, para formar parte del transporte compuesto por 1.943 hombres (entre ellos más de 230 españoles) que llegó al campo de concentración de Buchenwald, en Alemania, el 19 de enero de 1944. De ahí fueron separados y trasladados a otros campos alemanes hasta que fueron liberados en los meses de marzo y abril de 1945.

El 5 de mayo de 1945 las tropas norteamericanas liberan el último campo nazi, el de Mauthausen, bajo una inmensa pancarta escrita en castellano con la siguiente leyenda: “Los antifascistas españoles saludan a las fuerzas libertadoras”. Entre los miles de reclusos liberados, convertidos en verdaderas piltrafas humanas por causa del trabajo extenuante y la desnutrición, hay un castrileño que ha logrado sobrevivir al infierno, no sabemos por cuanto tiempo: Bautista Jiménez Ródenas que cuenta con 40 años de edad. Para los cientos de supervivientes republicanos comienza un doloroso y largo exilio mientras en España la dictadura de Franco se perpetuaba.

Se desconoce por completo la etapa del exilio de los tres supervivientes castrileños. Sólo sabemos que Emilio Ortiz Ortiz falleció el 6 de diciembre de 1988 en la ciudad francesa de Burdeos. La inmensa mayoría de los españoles se establecieron en Francia, con el pensamiento y el deseo de regresar a una España democrática. Desde allí se organizan, crean y se agrupan en torno a asociaciones de ex deportados que tratan de llevar a la práctica el Juramento de los Supervivientes, realizado pocos días después de la liberación de Mauthausen, que apela al deber ético de recordar y que termina con estas palabras: “… No olvidaremos jamás los sangrientos sacrificios que los pueblos tuvieron que hacer para reconquistar la felicidad de todos. Recordando la sangre derramada y los millones de seres humanos sacrificados, asesinados, inmolados por el fascismo-nazi, juramos no abandonar jamás el camino que nos hemos trazado. (…) Nos dirigimos al mundo entero para decirle: Ayúdanos en nuestra tarea.”

Si los nazis intentaron suprimir todo rastro de su macabra obra para que en el futuro no se juzgase su política genocida, el recuerdo es, hoy día, la más clara victoria sobre los nazis de ayer y de hoy. La lucha contra el olvido implica recuperar todos los nombres.

Angel del Río.

Diez de agosto. Muerte de Blas Infante.

Tomás Gutier

DIEZ DE AGOSTO: MUERTE DE BLAS INFANTE

 

Aquel verano duró un largo invierno, como recuerda la historiadora Alicia Domínguez. Y no es solo que media España muriera durante tres años de la otra media, sino que la represión que siguió a la sublevación militar de 1936 llega hasta hoy mismo, cuando siguen empeñados en reprimirnos la memoria y el derecho, incluso, a recobrar los restos de sus víctimas.

Así que, cuando se cumplen ocho décadas también de  aquellas terribles cabañuelas de agosto en las que el fascismo español  pasó por las armas a Blas Infante, es hora de darle vida a su pensamiento antes de que simplemente sobreviva el de sus verdugos; una ideología basada en la fuerza y en la exclusión, con la  que entonces vencieron a los vencidos como canta Pedro Guerra y con la que hoy, tanto tiempo después, nos están ganando de nuevo la batalla del imaginario, en el mundo, en Europa, en España y en Andalucía.

Nadie asegura que Blas Infante tuviera carisma, pero tenía decencia. Era el hombre gris, el transeúnte, que un día decide convertirse en ciudadano y pelear por sus sueños, ya fuera camino de la tumba de Almutamid en el remoto Marruecos o en el ideal al que le puso el nombre de su tierra. Quizá por eso lo mataron. Porque era una persona sencilla, capaz de concebir utopías complejas. En la España de Queipo de Llano, de Francisco Franco, de los obispos con el brazo en alto y del nacionalsindicalismo de José Antonio Primo de Rivera, ser como era Blas Infante se había convertido en un delito.

Ellos basaron su poder en  la dialéctica de los puños y de las pistolas, alentaron las violaciones, los secuestros de niños, el paredón sumarísimo, el exilio y la cárcel. Blas Infante, sin embargo, construía sus ideas a partir de las emociones, pero sobre todo a a partir de la cultura. Y la cultura era, entonces, y lo sigue siendo hoy, tan peligrosa como la gente sencilla.

«Yo sé que el camino es largo y lleno de incomprensión y dificultades –escribió el que luego llamamos padre de la patria andaluza–, pero sabed que a cada hombre que le hagáis llegar a conocer la historia de Andalucía; la personalidad de sus gentes, la manera de ser y entender la vida y la forma, sobre todo, de expresarla y desarrollarla, será una piedra firme de ese edificio que entre todos los andaluces, sin política falsa, sino con actuación legítima del querer hacia el pueblo, tenemos que levantar limpiamente y hacerlo relucir, con los valores que son propios de nuestra cultura, para ejemplo de esta humanidad perdida, hoy, en el caos de su conformismo”.

Y añadió Blas Infante: “Será, será entonces, cuando todos los andaluces conozcan su verdadera historia,  cuando logremos llegar a obtener el poder necesario para exigir el respeto a nuestra personalidad, tan diferente de aquella que tratan de imponernos y, en cierta forma, la han hecho asimilar a nuestro desgraciado pueblo, indefenso y perdido, entre ambiciones de todo tipo, económicas, políticas y hasta culturales, tratando de matar previamente la nuestra…».

Cuando escribió el himno de Andalucía, Blas Infante lo terminó diciendo “Sean por Andalucía libre, Iberia y la humanidad”. Más allá de una idea de España, Blas Infante tenía una idea de la península ibérica en su conjunto, que se aproxima mucho a la creencia que luego sostuvo, durante media vida, José Saramago. En el tiempo crucial al que ahora nos enfrentamos, debemos tener también una clara idea sobre nuestra  tierra, porque Blas Infante la tuvo siempre y porque es bueno que el ser humano tenga la cabeza en los sueños pero los pies en el suelo. Los andaluces nos identificamos con España, con la Península, con una Unión Europea distinta a la de hoy, con la América hermana y, desde luego, con el mundo todo, con el universo de los siete mares y de los cuatro vientos. Pero debiéramos identificarnos, fundamentalmente, con Andalucía.

Durante años, con la bandera blanquiverde y las gafas de Blas Infante, peleamos por Andalucía y terminamos ganando la batalla de una mayor equidad –que no total– entre las autonomías españolas. Ahora, cuando muchas voces se limitan a españolizar el lenguaje andaluz, deberíamos andaluzarlo, quizá también para luchar de una manera más eficaz por la España que soñamos.

De nada nos vale la España de la bandera en los estancos y en los cuarteles, del tópico típico, sino defendemos la España de la justicia, de la integración que no desintegre, de las libertades sin mordazas, de la Educación sin reválidas franquistas. La  España de la tierra, pero también del aire y de las aguas sin contaminar. La España de la vida frente a la España del plasma y del silencio.

Para defender esa España, para defender una Europa que piense más en las personas que en los  bancos, más en los refugiados que llaman a sus puertas que en los oligarcas que evaden capitales, debiéramos defender Andalucía.

         Andalucía no puede ser una asignatura, ni una consigna en el Boletín Oficial. Andalucía es una emoción, es un suspiro, es una intuición repentina y una convicción  profunda. Y como casi todas las pasiones, esta no necesita un anillo con una fecha por dentro. Pero alcanza su mayor razón de ser, cuando el andaluz sabe transcender su ámbito territorial e indagar en su auténtica esencia. Es decir, cuando recordar fechas y emociones, supone también descubrir que lo andaluz se siente y no solo se adquiere con un certificado de residencia.

Somos universales. El andaluz es pura sensibilidad que subsiste en los aromas de los jardines, en los repliegues de la sensibilidad, en el natural humanismo y en la humanización de la naturaleza. Lo ha escrito Caballero Bonald: “Los sentidos del andaluz de hace cientos de años se habituaron a las mismas percepciones que hoy sigue encontrando en su entorno. Es el ámbito del limonero y la albahaca, del jazmín y de la dama de noche, de todos los sentidos que despierta esta mar cercana y lejana. Hemos de reconocer que somos diferentes, ni mejores ni peores, porque nuestra herencia cultural nos hace entender la existencia de otra manera. La identidad del pueblo andaluz es el resultado de un proceso milenario que ojalá no sea destruido por tanto economicismo, mercantilismo e ideologías de la avaricia.

Los andaluces somos universales en nuestro andalucismo porque somos mestizos, orgullosamente mestizos en nuestra historia. ¿Qué hacemos entonces poniéndole puertas al monte, hacinando a los que llegan a la Europa del bienestar huyendo de la guerra o del hambre?

         Andalucía ya no es lo que era, afortunadamente, aunque tampoco es todavía lo que queremos ser. Debemos ser conscientes de que no existe nada más ridículo que un orgullo desbocado que caiga en una fatua complacencia que es el germen de lo excluyente y del integrismo cateto. Muchas sociedades están acunando en este momento el huevo de la serpiente. Me refiero a esa epidemia de xenofobia construida sobre la base de la exaltación absoluta de señas particulares y el desprecio, la persecución o el silencio sobre las costumbres de la minoría. Una democracia, habrá que repetirla por enésima vez, no es solo la voluntad de la mayoría sino el absoluto respeto hacia lo minoritario. Siempre que lo mayoritario y minoritario no vulnere una norma superior que es lo que entendemos como Derechos Humanos

Andalucía tiene aún muchos problemas, a veces recuerdan los ocho dolores de los que hablaba Blas Infante y que no hace muchos años nos recordaba aquí Isidoro Moreno: Dolor de los pueblos de España esclavizados por el centralismo político ;El dolor de la servidumbre caciquil; El dolor de la esclavitud del pensamiento; El dolor de la ausencia de justicia para el pueblo ;El dolor de la esclavitud económica de los obreros; El dolor de la servidumbre cultural; El dolor de la esclavitud familiar; El dolor de la esclavitud de conciencia.  El estado español nos sigue debiendo buena parte de su historia y no somos capaces de que nos pague la factura. Seguimos a la cola de todos los índices de desarrollo, pero, al mismo tiempo somos unas de las comunidades más ricas del estado. Con los mayores índices de paro de la Comunidad Europea y carente de importantes infraestructuras, así como de recursos económicos propios. He ahí la paradoja. Pero parece que nadie se siente responsable. Falta un despertar reivindicativo y constante de nuestro pueblo.

Yo no concibo la idea de Andalucía sin la gente.  No creo en una Andalucía previa, ajena, como si fuera un ente inmutable. Para mí, Andalucía es  y será siempre un complicado resultado de sus moradores, de sus trayectorias vitales y de sus esperanzas. Huyo, por tanto, de una visión sacralizada e intocable; prefiero empaparme de la realidad que explica la esencia de esta tierra y que nos muestra día a día su pulso ideal. Nosotros no tenemos una identidad tan endeble que haya que protegerla continuamente de las identidades que siguen llamando a su puerta.

En estos años algunas personas han sabido tejer un concepto de identidad andaluza imprescindible en un mundo globalizado. Curiosamente, mientras más se habla de la dimensión mundial de las cosas más se aprecia como los focos de poder van amputando las señas culturales de pueblos y colectivos.

A nosotros y nosotras que estamos hoy aquí, nos interesa la Andalucía jornalera con la que tanto se identificó Blas Infante, aquel tremendo texto del ideal andaluz: “Yo tengo clavada en la conciencia desde mi infancia, la visión sombría del jornalero, yo lo he visto pasear su hambre por las calles del pueblo, confundiendo su agonía con la agonía triste de las tardes invernales”. O con aquel “Quejío” del que tanto nos ha enseñado Salvador Távora: “El jornalero, sin embargo, decía el Padre de la patria andaluza ni ríe cuando ríe, ni llora cuando llora: ya no sabe lo que es. El hambre lo ha venido a visitar”. Estas palabras  se pueden aplicar en este momento a otros colectivos sociales.  A nosotros y nosotras nos importa la Andalucía obrera o la que ha tenido que dejar de serlo para alistarse en el triste ejército de las colas del paro, la Andalucía de los jóvenes que vuelven a irse cambiando el canasto de mimbre por dos licenciaturas y tres masters, la Andalucía que vuelve a vivir de sus recursos en lugar de vivir de prestaciones. La Andalucía de las clases populares; la de los sin techo, la de los inmigrantes y refugiados, la de los enfermos mentales olvidados, la de los excluidos que llenan las cárceles con condenas desproporcionadas viendo lo que vemos con tanta corrupción.

Estoy seguro que esa Andalucía está siendo defendida de muy distinta forma desde muy distintos partidos. Sin embargo, más allá de las plataformas que hoy se constituyen, muchos andaluces echamos en falta que se hable más de la obra y del pensamiento de Blas Infante.

No soy quien para inventar lo que él  pensaría hoy, de un momento tan distinto pero en el fondo tan parecido al que le tocó vivir. Pensaría, creo, que la tierra debiera ser para quien la trabaja; que la lucha contra la pobreza es un deber ético; que Andalucía necesita a toda su gente luchando por conseguir más igualdad real; que no debiéramos olvidar  el  flamenco como expresión artística total cuyo nombre tal vez provenga de la expresión árabe “felah- mengu”, que significa  campesinos fugitivos, o “falah-menco” que significa campesinos expulsados . Y creería que sigue siendo válido lo que él denominaba “el nacionalismo humano”. No defendamos, por tanto, una España abstracta, quizá una, pero ni grande ni libre como la que echó la muerte a la calle ochenta años atrás. Defendamos la Andalucía nuestra de cada día, la Andalucía que es España siendo, sencillamente como Blas Infante, más Andalucía.

¡VIVA ANDALUCÍA LIBRE!

Tomás Gutier.

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