IdIA

LA MUJER EN LA ZONA NACIONAL.

VÍCTIMAS Y HEROÍNAS: LA MUJER EN LA GUERRA CIVIL.

Artículo de:  Angeles González Fernández. Libro: «Andalucía y la guerra civil». Diputación de Sevilla. Universidad de Sevilla.

 

A diferencia del bando republicano, en la zona nacional la propaganda y movilización de las mujeres recayó básicamente en Sección Femenina que, nada más comenzada la guerra, organizó talleres, lavanderías, servicios de enfermeras y realizó colectas y visitas al frente para elevar la moral de los combatientes. Sus funciones quedaron consagradas en el otoño de 1936 tras la integración de su estructura de Auxilio de Invierno, organización que había sido creada por la viuda de Onésimo Redondo y que más tarde pasó a denominarse Auxilio Social, y –sobre todo- tras el decreto de abril de 1937 que unía a falangistas y carlistas en un único partido, de modo que el servicio de enfermeras organizado por éstos últimos pasó a depender de Auxilio Social, es decir, de Sección femenina.

Naturalmente la afiliación a Sección Femenina creció de manera espectacular en las zonas que pasaban a estar controladas por los nacionalistas. Así, por ejemplo, tras la ocupación de Málaga, el 7 de febrero de 1937, el número de adhesiones se multiplicó en pocos días (a lo largo de los meses de febrero y marzo ingresaron en la organización algo más de 1.000 mujeres) y al finalizar la guerra la organización integraba directamente a 580.000 mujeres a las que había que añadir las movilizadas en las distintas secciones, de modo que en conjunto contaba con cerca de un millón de afiliadas.

A partir del decreto de unificación, las actividades de Auxilio Social se multiplicaron de modo espectacular mediante la creación de distintas secciones, como Auxilio Social al Enfermo, Fomento del Trabajo Familiar, Defensa de la Vejez, Obra del Hogar Nacional-Sindicalista y, especialmente, Obra Nacional-Sindicalista de Protección a la Madre y al Niño, cuyas funciones se dirigieron tanto a intentar resolver los problemas planteados por los refugiados y huérfanos como a la preparación de la mujer para la nueva sociedad, en la que su cometido esencial consistiría en el retorno al hogar.

Así pues, la mujer heroica  no era la miliciana, frívola y coqueta, nueva Eva que llevaba a los hombres a sus perdición, ni aquella que reivindicaba la equiparación de los sexos ni por supuesto, la militante o simpatizante de organizaciones de izquierda, que fue catalogada por expertos psiquiatras como enferma mental para explicar así su “comportamiento aberrante” sino la Madre. Ese era el destino sublime de la mujer, a la que correspondía garantizar el futuro y la fortaleza de la raza y, por tanto, la reconquista del Imperio:

“Necesitamos madres fuertes y prolíferas, que nos den hijos sanos y abundantes con que llevar a cabo los deseos de imperio de la juventud que ha muerto en la guerra (…) La España Una, Grande y Libre, sólo será posible con hombres fuertes y numerosos, y para esto es preciso seguir atendiendo a la infancia a través de sus varios periodos, desde que se conciben hasta la madurez”.

La consideración de la maternidad como un servicio a la patria, una misión tan importante como la de los combatientes que arriesgaban sus vidas en el frente, hacía necesario proteger a la mujer madre, tanto como a los hijos, que deberían estar bajo la tutela de las instituciones creadas por el Nuevo Estado. En otras palabras, a Sección Femenina y a sus entidades subsidiarias correspondía la tarea de formar mujeres sanas y fuertes, procreadoras de hijos sanos mediante la educación física, el deporte y una cuidadosa higiene corporal, objetivos que, en la práctica, dieron lugar a la creación del Instituto de Maternología y Puericultura, la  organización de clases de cocina decoración, gimnasia e higiene, actividades que, -por otra parte- suscitaron la oposición de algunos destacados miembros de la jerarquía eclesiástica por considerarlas atentatorias contra el pudor. Por último, ya en octubre de 1937, se estableció el “Servicio Social” como “deber nacional” de las mujeres españolas durante un periodo de seis meses y sin remuneración alguna; su prestación no tenía carácter obligatorio, pero en la práctica era requisito imprescindible a la hora de conseguir un trabajo en la función pública, iniciar cualquier tipo de estudios, obtener el pasaporte o el carnet de conducir.

No obstante, la exaltación de la maternidad y del hogar como funciones femeninas contradecía abiertamente los llamamientos realizados a la mujer desde el comienzo de la guerra para que contribuyera de manera decidida al esfuerzo bélico. La armonización del prototipo de la mujer activa, eficaz, que trabajaba fuera del hogar al servicio de la causa, con el ideal femenino tradicional correspondió igualmente a Sección Femenina mediante la aplicación de un sistema bastante simple, que consistió en el trasvase de la obediencia y sumisión debida al cabeza de familia hacia la estructura jerárquica de la organización.  De esta manera, Sección Femenina persuadía a las mujeres sobre la importancia de su contribución a la victoria, al mismo tiempo que les inculcaba la renuncia a la actividad extradoméstica y a los derechos adquiridos durante la República en nombre de un interés superior. Por lo tanto, la movilización femenina tenía un carácter meramente circunstancial, impuesta por las necesidades de la contienda