Tomás Gutier

Carta a los Partidos Políticos.

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Tomás Gutier

CARTA  A LOS PARTIDOS POLITICOS.

 

Podrá parecer una insensatez al escribir una carta a una entidad, a algo que ni tiene corazón, ni razona, ni siente, ni padece. Pero, tal como están las cosas, se hace necesario dirigirnos también a esos monstruosos entes, devoradores de libertades, ilusiones, voluntades e iniciativas. Parecen tomar decisiones propias, decisiones que nos afectan como personas en lo individual y como ciudadanos en lo común, por eso, reclamamos de ellos un poco de atención ya que existen en función del votante. Máxime, cuando se dice que son la esencia del pluralismo político y paradójicamente, en muchos casos, actúan de la manera más dictatorial. Ya sea dentro de su organización como ante la sociedad misma, dan la espalda a las promesas que nos habían ofrecido para reclamar nuestra atención y voto. Y aunque sólo fuera por la importancia que le otorga la Constitución, tantas expectativas rotas bien merecen estas líneas.

            Cuando finalizó la dictadura franquista, se analizaron concienzudamente las causas que nos llevaron al tremendo desastre de la guerra civil en 1936, tras el golpe de estado anticonstitucional. Las grandes diferencias sociales, el odio interclasista, la sima entre obreros y empresarios, las conspiraciones militares, la endogamia del sistema… todas ellas, procuraron corregirse y matizarse para intentar un periodo de convivencia dilatado en el tiempo y continuando con normalidad.

            Aunque hubo una causa que, por negligencia o indolencia, vaya usted a saber, ni se corrigió, ni se intenta corregir. A lo peor fue por interés por decisión tomada a sabiendas de lo que se hacía. Pero la realidad es que la partitocracia, ese culto al sistema de partidos de forma enfrentada a la sociedad civil, esa sumisión exacerbada al dios partido, fue una de las causas, aunque no la única, que hicieron posible el enfrentamiento, a contra natura, en una contienda que, aún hoy, nos llena de vergüenza. Y esa vieja y deleznable partitocracia sigue vigente aún y con más vida que nunca, dando armas y argumentos al totalitarismo.

            Los partidos políticos no nacieron espontáneamente, surgieron de la necesidad organizativa de personas con una sensibilidad común que percibieron la posibilidad de unirse para tener más fuerza y poder difundir sus ideales. Para resistir así y transformar cuestiones que entendían necesario mejorar. El paso por las instituciones no era un fin, sino un instrumento más en el mecanismo social encaminado a cambiar las mentalidades y alcanzar lo que cada uno entendía como progreso y modernidad. El ejercicio del poder era sólo un medio para alcanzar ideales.

            Eso fue hace ya muchos años. Hoy podemos comprobar que han variado poco, aunque sustancialmente. A lo largo del siglo XX, en la medida que las aspiraciones de los movimientos sociales y obreros han ido consolidándose, a la vez que las instituciones se han afianzado y sus aparatos administrativos se han prodigado, torcieron sus ideales y su capacidad de servicio al bien público. Por ello, les acusamos de haber secuestrado a su conveniencia a una sociedad civil indefensa y hasta que su financiación deje de sustentarse en el sueldo de sus representantes públicos, los ciudadanos estamos condenados a subvencionarlos indirectamente.

            En teoría,  los partidos políticos deberían ser los principales mediadores entre la sociedad civil y el Estado. El filósofo italiano Giovanni Sartori los definió de manera precisa: “Los partidos son conductos de expresión, son un instrumento que representa al pueblo al expresar sus exigencias. Los partidos no se desarrollaron para comunicar al pueblo los deseos de las autoridades, sino para comunicar a las autoridades los deseos del pueblo”.

            Sin embargo, y para nuestra desgracia, la realidad contradice diariamente a esta perfecta teoría. Actualmente las organizaciones políticas se han convertido en una estructura cerrada y difícilmente movible, un coto hermético donde apenas queda representada la voz del ciudadano, primando el interés del colectivo ideológico y social –siempre circunstancial- que lo configura y, sobre todo, recibiendo la imposición de un cuadro dirigente o de un líder con sus propios intereses que se encuentran muy alejados no ya del pueblo, sino de sus mismas bases.

            Aún así, lo más preocupante resulta ser el papel de la Sociedad Civil, relegada a ejercitar un triste voto cada cuatro años para elegir el partido más afín a sus ideas (suponiendo que exista alguno). Las organizaciones políticas monopolizan, no ya sólo la forma de pensar, sino también la forma de actuar y sentir de la sociedad. El pueblo no tiene acceso directo al poder ejecutivo o legislativo (poderes que le dominarán totalmente y gobernarán su vida), si no es a través de un partido y de la supeditación a sus intereses, exigencias y disciplina.

            Frustración, melancolía, desánimo… la sociedad va decayendo, la apatía se apodera de los ciudadanos y únicamente quienes se atreven a gritar “no nos representan” guardan entre ellos el suficiente ánimo para pensar que “otra sociedad es posible”.

            Qué duda cabe que el sistema de partidos políticos forma parte del desarrollo democrático. Hablar de democracia y, por ende, de organizaciones políticas, es algo natural y lógico. Pero debe quedar muy claro que en absoluto tienen el monopolio. Política es el arte del bien común, dijo Platón. O como nos recordó Infante, los políticos deben ser similares a los educadores y las instituciones, escuelas en las que aprender. Por eso nos hemos dirigido a usted, señor partido, o lo que sea, para hacerle ver lo que usted no quiere ver para hacerle meditar. La partitocracia provoca un daño enorme a la sociedad que dice defender. El beneficio de unos pocos, muy pocos, nos destroza como personas, nos aburre en el presente y nos desengaña para el futuro.

            Y nos rebelamos al ver que vuestras posiciones particulares u orgánicas priman siempre sobre los intereses ciudadanos. Que habéis hecho del posibilismo pragmático una justificación a vuestros olvidos electorales y de vuestros afiliados una estructura militarizada donde “quien se mueve no sale en la foto”. Habéis convertido la diginidad de tener el carné de un partido político en una tarjeta Visa con crédito ilimitado. Sois muy culpables de la desmovilización, de la apatía que nos rodea  y, sobre todo y esto es lo más preocupante, de que muchos ciudadanos entiendan la corrupción como algo consustancial a lo que debe ser un generoso acto de servicio público. Y lo que es peor aún si cabe: habéis alentado a los corruptos, mezquinos y miserables a entrar en política para enriquecerse de manera rápida y sin problemas. El franquismo, el observar las actitudes franquistas e inhumanas de quienes se creían una “unidad de destino en lo universal” creó demócratas, ¿qué estáis haciendo ustedes?

            La partitocracia, en su sentido más perverso, destruye la convivencia, y mientras gritemos en las calles y plazas aún habrá solución, lo malo, lo peligroso, es que su actitud provoque conciliábulos de “salvapatrias”, seguros de que la democracia es la culpable de todos los males y convencidos de su misión divina.

¿Les suena?

 

Tomás Gutier.

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