Tomás Gutier

La cuestión Catalana vista desde lejos.

Tomás Gutier

¿Qué podemos hacer los andaluces para ayudar a la oligarquía catalana en su intento de independencia? Me temo que poco, mejor dicho, nada. Y no es porque no lo intentemos, ya varios líderes de opinión han escrito sesudos artículos de apoyo. Pero es que los andaluces no contamos, en esta cuestión somos invisibles. Y no es algo de ahora, hace ya varios años, un andaluz le preguntaba a un dirigente de la extinta CIU por qué no invitaban a Andalucía en sus reuniones con vascos y gallegos (la conocida Galeusca) y el político catalán le contestó: “porque no nos hace falta, ya tenemos camareros”.

Desde la distancia se ven las cosas borrosas, lo que quita solidez al análisis, pero eso no impide un examen sosegado. Según mi leal saber y entender, estamos ante un divorcio entre dos ricachones, pongamos un banquero corrumpente y un empresario corrumpidero, y ninguno de los dos pone nada de su parte para intentar solucionar el problema. ¿Dónde está el andaluz? Pues…, aunque esté feo señalar, pero el andaluz es el gato de la familia. Podrá decir miau, pero nadie le hará caso. Y al final se quedará con aquel que le toque la casa en el reparto. El gato es así de adaptable y acomodaticio.

Uno de los dos ricachos se quiere separar porque, según dice, paga más impuestos que nadie, el otro le roba y, para colmo, tiene que alimentar al gato que es un flojo y no hace nada positivo. Fijaros bien, en el libro donde se escriba la historia una vez consumada la secesión, quedará para siempre la sentencia: “Nos fuimos porque estábamos hartos de alimentar al gato”. Y eso, comprendan mi protesta, los andaluces no debemos permitirlo. Porque todos los días se levantan de la cama millones de andaluces para ganarse el pan con el sudor de su trabajo. Y a mí, quiero dejar constancia, en los muchos lustros que llevo pisando esta tierra nadie me ha regalado nada y menos los ricachos que están a mil kilómetros.

Aunque les parezca exagerado, todo esto viene de ochocientos años atrás. Concretamente del verano de 1212, cuando leoneses, castellanos, catalanes, vascos, aragoneses, y resto de la zona norte peninsular, se unieron para invadir Andalucía. Y fundaron esta España. Nuestros antepasados, al igual que nosotros ahora, no tuvieron ni arte ni parte, solo pusieron dolor y sangre. No participamos para nada en la unión, si ahora la quieren destruir, tampoco podremos hacer nada.

Pero, fíjense, será por culpa de la empatía a la que somos tan aficionados por estos pagos, pero yo comprendo a los políticos españoles y catalanes. Los primeros no quieren quedar ante la historia como los dirigentes que permitieron la rotura de uno de los Estados más viejo de Europa. Los segundos quieren quedar ante la historia como los dirigentes que crearon un país. No es lo mismo ser presidente de una autonomía que de un estado. Revista a los ejércitos, discursos ante la ONU, tratamiento de Jefe de Estado y, sobre todo, control del poder judicial para que el famoso 3%, y lo que cuela, pueda desarrollarse sin problema alguno. Que un juez resabiado tiene más peligro que el yanqui rubio que vigila el imperio.

Antes de seguir, dejemos tres cosas muy claras. En una pancarta suministrada al pueblo por las organizaciones subvencionadas desde el poder político catalán, se podía leer: “Votar para ser libres”. Uf, difícil. Mezclar voto y libertad parece puñetero. La libertad es otra cosa. Pregunten a los andaluces, cuarenta años votando y cada vez con la libertad más reducida.

Y otra obviedad que es preciso recalcar. Debido al efecto sede, Cataluña es el segundo mayor recaudador de impuestos de España, recaudador, que no pagador, los impuestos se pagan en todo el territorio. Si analizamos bien la cuestión, Cataluña nunca se podrá separar de España, aunque lo contrario es posible. Porque si encendemos la luz y la compañía eléctrica suministradora paga sus  impuestos en Cataluña, si compramos alimentos y lo mismo de lo mismo, si nos recetan unas medicinas y el laboratorio está en Cataluña, si nuestro coche es catalán, si abrimos una cuenta en uno de los mayores bancos de Andalucía y su sede central está en Barcelona, etc., etc., el tema parece claro: Cataluña es la dueña de España. Su PIB, su Renta per cápita, su progreso y demás valores que miden el bienestar y el desarrollo son superiores a la media y no digamos nada si los comparamos con el sur.

Aunque, claro, si no están conformes sobre cómo se encuentran las cosas actualmente, también es algo solucionable: cambiamos de lugar la sede social de las mayores empresas españolas y Cataluña pasará a ser tan pobre y tan poco pagadora de impuestos como Andalucía.

Además, está más que verificado que los razonamientos étnicos, culturales, históricos y demás consideraciones para demostrar lo indemostrable, se basan en falsedades. Pero no se puede negar una verdad: Nadie puede obligar a nadie a ser tu amigo. Si alguien dice me voy, no lo puedes retener. Y ante ese razonamiento no existe opción posible. Por lo tanto, si hay que cambiar la Constitución, cambiémosla. Si hay que hacer un referéndum en todo el Estado, sin miedo, explicándole bien las cosas a la gente, los políticos catalanes podrían llevarse una agradable sorpresa y conseguir lo que no esperaban. Y si hay que poner fronteras, qué remedio, pongámoslas. Aunque ajustando cuentas ¿Eh? Que nadie se vaya de rositas.

De todas maneras, y perdonen de nuevo por llevar la contraria a las mentes sesudas, yo no termino de creerme esta argucia. Los promotores del despropósito saben que sin permiso de Alemania y EE.UU. no tienen nada que hacer. Además, ¿por qué malograr un esfuerzo centenario? Los poderes catalanes llevan siglos laborando para lograr dominar el poder económico en España. Ahora conseguimos que el gobierno central obligue a comprar telas catalanas, luego nos quedamos con la principal fábrica de coches, después se cierra Hitasa, las empresas de distribución extranjeras instalan su sede social en Cataluña, los bancos catalanes se hacen los dueños del cotarro… como dice la canción: des-pa-ci-to. O como dice el adagio: sin prisa, pero sin pausa.

Siglo tras siglo, generación tras generación, luchando para conseguir hacerse los dueños de España y, ahora que lo han conseguido, lo echan todo por la borda. Un día se levantarán y ni pertenecerán a la Unión Europea, ni tendrán moneda, ni Estado Central a quien culpar de todos los males, ni mercado donde ofrecer las mercaderías. Ocuparán en el mundo más o menos el mismo lugar que Andorra, por poné un poné. Parece demasiado duro, demasiado castigo para quienes están acostumbrados a ser los poderosos del barrio.

Tantas familias durante tantos años luchando por un objetivo y, cuando se ha conseguido, una sola generación lo echa todo a perder. Disculpen que sea tan incrédulo, pero no termino de tragármelo. Aquí hay algo que se me escapa, ni el hierático Rajoy ni el dicharachero Puigdemont, me parecen fiables. Como andaluz, como gato escaldado, huyo hasta del agua fría. Porque en la discusión, cuando se enfaden más aún de lo que lo están ahora mismo, alguien acabará dando una patada al gato.

Por eso, quisiera decir a los andaluces que pueden gritar cuanto quieran, pero nadie les va a oír… y mucho menos escuchar. El potaje se está cociendo por otros pagos y no nos van a llegar ni los restos. El gato, ya lo he dicho algo más arriba, no cuenta. Una vez consigan sus objetivos, si te vi de ti no me acuerdo.

Ya lo apuntó Julio Anguita hace bastante tiempo, esto es un choque de trenes. Y lo peor será cuando los daños colaterales alcancen a los pobres que llevan cientos de años esperando junto a la vía para subirse, aunque el joío tren nunca se para.

¿Qué podemos hacer mientras se libra la batalla? Hasta ahora hemos seguido la máxima pitagórica: “Cuando tu patria sea injusta, cual una madrastra, adopta para con ella el partido del silencio”, podríamos cambiarla por el apotegma contenido en nuestro himno: “Andaluces, levantaos, pedid tierra y libertad”. Porque si no, ¿para qué lo cantamos?

No sé si lo he conseguido, pero pretendía hablar sobre Andalucía. ¿El referéndum? Vista la deriva de los acontecimientos, me aterra que los políticos consigan crear una sociedad dividida y enfrentada, los antecedentes históricos presagian terribles consecuencias. Edificar sobre la crispación, el engaño, el egoísmo y el desprecio, es un mal inicio. Ahí tenéis el ejemplo de España, la construisteis sobre la mentira y el interés y ved cómo se encuentra ahora.                                                                                                                                                                                                                                 Tomás Gutier

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